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(Yo empezaría por Cuentos maduros…)

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portada CdZ

Por fin doy a luz a mi primera novela.

Quienes leen mis libros o me escuchan perorar sobre mi investigación, a menudo acaban diciéndome que debería escribir una novela. Pues bien, aquí está.

Espero que os guste.

 

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En La odisea, Homero nos cuenta las aventuras y desventuras de Ulises (Odiseo en su versión original griega), desde que se va a la guerra de Troya hasta que vuelve al cabo de veinte años a su Ítaca natal.

Que una de las primeras obras de la literatura sea para muchos la mejor no deja de ser paradójico: ¿habremos progresado algo los humanos en los últimos tres mil años?

Como todas las obras maestras, La odisea se ofrece a múltiples interpretaciones. En este artículo, yo voy a profundizar en su significado espiritual: La odisea es el mapa que nos lleva de vuelta a nuestra verdadera naturaleza.

ulysses-penelope1Esto es lo que representan los protagonistas:

Ulises: el anhelo espiritual por reencontrarnos.

Penélope (la fiel esposa): nuestra pureza inherente.

La diosa Atenea: nuestra sabiduría innata.

Los pretendientes de Penélope: el uso ordinario de los sentidos y los malos hábitos, siempre malgastando nuestra riqueza espiritual, constantemente soliviantando y acosando nuestra paz interior para satisfacer los apetitos sensuales.

Las aventuras marítimas de Ulises representan las pruebas que hemos de superar para lograr nuestro objetivo.

Todos debemos abandonar nuestra zona de confort, representada por la isla de la ninfa Calipso, para embarcarnos en el largo viaje de regreso a nuestro verdadero hogar a través de las aguas de la mente.

Debemos cegar el único ojo del gigante Polifemo —hijo del dios Poseidón— para escapar de la cueva en la que quiere devorarnos. ¿Debemos escapar de la visión dogmática de la religión que nos consume en su cueva?

Jean_Veber_-_Ulysses_and_Nausicaa,_1888La imagen de Ulises llegando agotado y desnudo a la isla de los feacios es una de las de mayor carga simbólica del libro. El hombre se echa en la tierra, se cubre de hojas y descansa en un sueño profundo. Nuestro antigua personalidad ha de morir para renacer renovados.

Ulises le narra al rey de los feacios los reveses y desventuras que lo han llevado hasta allí. Le habla de Eolo (control de la respiración); de los gigantes antropófagos Lestrigones (demonios interiores); de la hechicera Circe (la tentación de adquirir poderes sobrenaturales para beneficio propio); del descenso al Hades (descenso a lo más profundo de nuestra psique para hacer las paces con nuestros “muertos”); de las rocas Escila y Caribdis (las vértebras que protegen el canal central por el que asciende nuestra consciencia); de las sirenas (tentaciones que dispersan nuestra atención: por eso Ulises pide que lo aten al mástil, una poderosa imagen de la verticalidad del ascenso); de la isla del dios Helios (la gran luminosidad que se produce en la coronilla); etcétera.

Los feacios reconocen el linaje real de Ulises y le colman de tesoros antes de llevarlo de vuelta a su isla natal. Nuestra transformación interior es el mayor de los tesoros que podemos conseguir.

Ulises regresa a Ítaca disfrazado de vagabundo. No podemos restablecer nuestra autoridad sin estar preparados para ello. Debemos ser humildes y proceder con cautela.

La prueba en la que Ulises es el único capaz de disparar su arco es el punto álgido, simbólicamente hablando, del libro. Sentado, el héroe dispara una flecha que atraviesa doce hachas colocadas en hilera. En meditación, disparamos la energía que atraviesa los centros de consciencia (chakras) que se alinean en la columna vertebral.

080623-science-odysseus-hmed-2p.grid-6x2Con la ayuda de su hijo Telémaco (fruto de la unión entre el anhelo espiritual y la pureza interior) y un leal pastor de cerdos (control de los apetitos), Ulises masacra a los pretendientes y a las sirvientas corruptas de su casa y revela su identidad a Penélope. Con natural autocontrol y sin traza de impurezas, reconectamos con nuestra verdadera naturaleza y recuperamos el dominio de nuestro cuerpo y mente.

Ulises y Penélope se acuestan juntos. La transformación espiritual es irreversible.

La odisea concluye con el reencuentro entre Ulises y su padre Laertes, quienes, con la ayuda de Atenea, derrotan a los familiares de los pretendientes que vuelven para vengarse. La muerte del padre del cabecilla de los pretendientes representa el fin definitivo de nuestros malos hábitos, cortados de raíz.

Al fin sellan la paz. Ha llegado el momento de servir a la familia y a la sociedad, de poner nuestra sabiduría al servicio de los demás. El objetivo último de la vida no es rehuirla sino integrarnos en ella plenamente, de modo altruista y generoso.

Si esta interpretación te ha parecido interesante, te animo a leer alguno de los libros que aparecen en el margen superior izquierdo, en los que interpreto los mitos más antiguos de la humanidad. Los he escrito, no solo porque me gusta la historia, sino porque en ellos aparecen ya las claves de cómo vivir en el presente: porque la aventura de la vida es atemporal.

moanaAcabo de salir de los Estudios Pixar en California, donde he tenido el honor de ser invitado al preestreno de Moana, la última película de Disney.

Siento algo parecido a cuando por primera vez vi El viaje de Chihiro, otra gran película de animación sobre la que en su día escribí el post más visitado con diferencia de este blog.

Chihiro debe romper el maleficio que ha convertido a sus padres en cerdos, y Moana debe romper el maleficio que amenaza la vida en la isla de sus padres.

En la película de Miyazaki, para derrotar a la maquiavélica Yubaba, Chihiro contará con la ayuda de Haku, un joven capaz de transformarse en dragón; en la película de Disney, para derrotar al monstruo de lava, Moana contará con la ayuda de Maui, un semidios capaz de transformarse en todo tipo de animales.

La niña protagonista de ambas películas representa el anhelo inherente a todos nosotros por reconectar con nuestra verdadera naturaleza, para lo cual debemos emprender “el viaje del héroe”, el más importante ahora y siempre: el viaje a nuestro interior.

La abuela de Moana (sabiduría ancestral) es quien la anima a zarpar más allá del arrecife, hacia lo desconocido, en contra de la opinión de su padre (miedo). Para este viaje a través del océano de la mente, contaremos con la ayuda de nuestra propia capacidad de transformación (Maui), nuestra innata “divinidad” o fuerza espiritual.

Dos son los principales obstáculos de este viaje: nuestros pensamientos-emociones y nuestro ego. En Moana los pensamientos-emociones aparecen como una banda de cocos llamados Kakamora que a primera vista parecen inofensivos, incluso monos, pero que en realidad son violentos y peligrosos. Todavía más evidente es la representación del ego como el gigantesco cangrejo Tamatoa que vive en las profundidades del mar, henchido de vanidad (es un coleccionista de objetos brillantes) y arrogancia (la entrada a su mundo es una isla “estirada hacia arriba”).

La hermana gemela de Yubaba, quien representa su opuesto, la sabiduría, aparece cuando Chihiro le devuelve el talismán que le había robado Haku; y el monstruo de lava se transforma en una diosa dadora de vida cuando Moana le devuelve el talismán que le había robado Maui.

No creo arruinarles la película si adelanto que tiene un final feliz. Moana supera los peligros con la ayuda de Maui, supera también en solitario las dudas sobre su capacidad (la noche oscura del alma) y revela la gloriosa diosa dadora de vida que el monstruo de lava lleva dentro. Cuando transcendemos pensamientos y emociones y reducimos el ego a un ente inofensivo, reconectamos con nuestra verdadera  naturaleza. Entonces, de la fuente que todos llevamos dentro vuelve a brotar vida en vez de muerte, amor en vez de odio.

mela_coverEn Marineros de piedra expliqué que los constructores de megalitos del occidente europeo fueron los legendarios atlantes.

En Viaje cero describí cómo llevaron la civilización a todos los rincones del mundo.

En este libro, Madrid es la Atlántida, vuelvo al origen de la investigación, al centro de Iberia, para explicar cómo, sobre el mismo suelo en el que hoy en día se levanta la capital del Reino de España, hace más de cinco mil años ya se levantaba la capital de los atlantes, la misteriosa y hasta ahora elusiva Atlántida.

¿Por qué pondría el verbo del título en presente?

61cd18c76nl-_sx331_bo1204203200_Acabo de publicar la traducción del libro cuya lectura más me ha influenciado. Como ya hiciese antes con el Sutra Surangama, he comenzado cada día de los últimos tres años traduciendo un par de párrafos de este maravilloso texto.

Conocido también por otros nombres, como Sutra del Sexto Patriarca, Sutra de Hui Neng, Sutra del Estrado, Sutra de la Plataforma o Sutra del Altar, este sutra recoge las enseñanzas de un iletrado llamado Huineng que vivió en China entre los siglos VII y VIII.

Sus palabras nos hablan de nuestra maravillosa naturaleza, la naturaleza esencial e innata que no necesita profundos estudios ni arduas prácticas para manifestarse en todo momento en todo su esplendor. Lo único que se requiere es un cambio de perspectiva, radical pero accesible a cualquiera, sobre la manera de ver el mundo y lo que somos.

Huineng interpela a esa naturaleza en la que no cabe un “ego egoísta”, en la que dejamos de entendernos como entidades recortadas del tejido del universo.

El Camino consiste en un modo de ver, percibir y sentir que es el más natural, el que menos esfuerzo requiere, pues se transita cuando uno no busca nada ni se apega a nada, un Camino carente de forma o definición específica.

Te sorprenderá (también el precio).

61018000Jesús nació el 25 de julio del año 7 a.C.

Dame cinco minutos y te lo explico.

Ayer me llamó mi madre a voces para que fuese a ver un programa de la tele en el que unos señores muy serios afirmaban haber dado con la verdadera fecha del nacimiento de Jesús. Contemplé aquello estupefacto. ¡No tenían ni idea!

En el desayuno de esta mañana le dije a mi madre que Jesús nació un 25, pero no de diciembre sino de julio, y tampoco del año 0 sino del año 7 antes de Cristo (entiéndase, antes del año cero del actual calendario). Luego le expuse mis razonamientos, muy sencillos cuando conocemos tres claves simbólicas, y hasta creo que la convencí, porque dejó de masticar.

Las tres claves son las siguientes:

1) Los tres reyes magos son tres luminarias, porque las luminarias siempre vienen de Oriente, es decir, se mueven por el cielo de este a oeste.

2) Los regalos que portan (oro, incienso y mirra) nos revelan qué luminarias son (de las siete posibles: el Sol, la Luna y los cinco planetas visibles). La asociación entre el oro y el Sol no necesita mayor explicación. La mirra era una sustancia utilizada para embalsamar a los muertos, por lo que ha de representar a lo complementario de la vida, del día y del Sol; es decir, la mirra simboliza la muerte, la noche y la Luna (el rey negro Baltasar). ¿Y el incienso? Mercurio, además de planeta, es un metal líquido -fluye como el incienso- capaz de amalgamar oro y plata (Sol y Luna). Así que ya hemos identificado a los tres reyes magos de Oriente: el Sol, la Luna y “amalgamando a ambos” Mercurio.

3) El nacimiento de Jesús tiene lugar en un pesebre, entre un buey y una mula. ¿Hay algo parecido en el cielo? ¡Y tanto! Existe un cúmulo estelar visible a simple vista en la constelación de Cáncer llamado el Pesebre, tal cual, situado además entre dos estrellas llamadas Asno del Norte y Asno del Sur. Así que ahora sabemos dónde situar a los tres reyes magos: en las inmediaciones de Cáncer.

Como vas a ver en la siguiente imagen del cielo de Belén, estas tres claves bastan para poder precisar la fecha del nacimiento de Jesús: el 25 de Julio del año 7 a.C.

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bookcoverimage_viaje-ceroHace cinco mil años comprendíamos el propósito de la vida mejor que hoy en día. Entonces estudiamos el cielo y la tierra, cruzamos mares y océanos y, para asimilar tanto conocimiento, desarrollamos unas matemáticas sencillas con las que estimar nuestra localización física sobre un planeta esférico, pero sobre todo nuestra posición espiritual como seres humanos en el ciclo de la vida y la muerte.

Los mitos, tan denostados como fuente de conocimientos objetivos, nos hablan de una época dorada en la que las ciudades se construían en las costas y sin muros. El desarrollo de la metalurgia —particularmente la del hierro—, lejos de traer progreso, trajo guerras, ignorancia y el abandono progresivo de los viajes transoceánicos. Pero esa es otra historia, de hecho esa es la Historia, y Viaje Cero trata de lo que sucedió antes, en la pre-Historia.

Comienzo Viaje Cero con un capítulo introductorio que resume los principales descubrimientos recogidos en Marineros de piedra (mi primer libro). A continuación aporto las pruebas de la presencia de marineros ibéricos por todo el orbe, y cómo fueron ellos quienes dieron origen a las que todavía se consideran como las primeras civilizaciones: en Mesopotamia, Egipto, América, India o las islas del Pacífico.

A un jurado de artistas cordobeses les ha gustado el cuento que les envié a concurso.

La pena fue que no pude ir a recoger el premio. En mi lugar fueron mis padres (salen en la foto de la noticia).

Un abrazo para la asociación cultural Abades ACA.

¡Feliz equinoccio de primavera!

La asociación Sol Cultural de Santander me ha concedido el primer premio por el microrrelato ¿Cuánto por una cabeza?

Algunos de los anteriormente premiados los acabo de reunir en la colección Laureles a gogó.

¡Feliz solsticio de invierno!

LG cubierta2012 fue el año en el que quise probarme como cuentista. Hasta entonces había escrito, aparte de una veintena de artículos científicos y hasta religiosos, un libro de historia en el que demostraba la existencia de la Atlántida. Pues bien, si difícil fue descubrir la Atlántida, casi lo fue más escribir cuentos.

Tras Marineros de piedra —así titulé el histórico libro— mis palabras buscaban ir más allá de la mera transmisión de información, buscaban provocar, arrancar una reflexión, una sonrisa, un bufido, lo que fuese… «girar la ruleta de las emociones». Pero en mi esfuerzo centrípeto por aproximarme a la literatura resultó que salí absurdamente centrifugado a pesar de haber recibido laureles a gogó. (Por cierto, una expresión tan fascinante que se ha colado en el título principal, quizá porque me recuerda a las gogós que bailan sensualmente subidas a cualquier cosa, o por su similitud con gagá, o porque parezca exclamar en inglés —aunque venga del francés— aquello que inmortalizó La Faraona en la boda de su hija: «¡Si me queréis, irse!»).

Así es, todos los relatos recogidos en este recopilatorio recibieron algún tipo de distinción: unos recibieron laureles y otros los rozaron con las yemas de sus títulos antes de que fueran a parar a las cabezas de otros.

Los 25 cuentos aquí presentes han sido todos seleccionados por diferentes jurados, lo que significa que personas lo suficientemente interesadas en la literatura como para organizar concursos se han tomado la molestia de leer un montón de cuentos antes de decidir que el tuyo es el mejor o está entre los mejores. ¿Que qué parámetros evalúan? Muy sencillo, sólo uno: me gusta o no. Intentar ir más allá de esta perogrullada es tarea imposible —ni siquiera críticos y entendidos tienen la última palabra al respecto— porque, como ya nos lo advierte el refrán, sobre gustos no hay nada escrito.

Photo by AFP/Getty Images

Photo by AFP/Getty Images

Al igual que ya ocurriese en Darjeeling, el monasterio de Rumtek se preparaba para una celebración especial denominada Kalachakra (rueda del tiempo), centrada en la correspondencia entre los ciclos cósmicos y los humanos, entre lo externo y lo interno.

Un mandala de finas arenas coloreadas orientado con los cuatro puntos cardinales presidía el templo. Los cánticos de los monjes se alternaban con música “extraterrestre” salida de trompetas, caracolas, tambores, platillos y pequeñas campanas.

De vez en cuando había interludios en los que todos recibíamos una taza de té de leche de yak, dulce por las mañanas y salado por las tardes.

A los niños (vestidos con hábitos monásticos) las horas de ceremonia se les hacían pesadísimas, y no era infrecuente verlos tirándose arroz, jugando con sus hábitos o simplemente muertos de aburrimiento.

Uno de ellos, ya no tan niño, se acercó un día y nos dijo en un inglés rudimentario: “Mañana la ceremonia empieza una hora antes”. Cuando nos plantamos a las puertas del monasterio a las cuatro de la mañana, hasta los guardias estaban dormidos. Más tarde, al recriminarle al niño la broma, éste se moría de la risa. Pronto todo el mundo sabía que los niños nos habían gastado la broma del la “rueda del tiempo” y se partían de risa al vernos.

Aparte de la cuestionable gracia del asunto, los tibetanos son la gente más risueña que he conocido, lo que no debe ser confundido con el sentido del humor, y para muestra un botón.

rumtek-monastery (photo by Wanphai Nongrum)

rumtek-monastery (photo by Wanphai Nongrum)

Las señas de identidad de Sikkim están asociadas a la figura del místico Padmasambhava, más conocido como Guru Rimpoche (literalmente “Apreciado Maestro”). Este extraordinario personaje propagó por toda la región himalaíca la versión más esotérica del budismo, allá por el siglo VIII, curiosamente coetáneo del gran místico japonés Kobo Daishi.

Al igual que Kobo Daishi en Japón, Guru Rimpoche es reverenciado en Sikkim como un gran santo. La presencia de monasterios budistas en esta región —reforzada recientemente por el trágico éxodo de tibetanos— viene por lo tanto de muy antiguo. Uno de dichos monasterios es Rumtek, a pocos kilómetros de Gangtok (la capital de Sikkim), y residencia oficial del “otro” Karmapa. Lamentablemente, a este Karmapa no lo pudimos conocer por encontrarse de viaje.

Los guardias armados apostados en torretas, y el letrero con la prohibición de acceder al templo portando armas de fuego, nos resultaron sumamente inapropiados para un monasterio. Sin embargo, la confluencia de la tensión entre los gobiernos indio y chino sobre asuntos relativos a asilos políticos, aunada a la del cisma producido por la aparición de dos candidaturas a Karmapa, en cuya controversia subyacen feas implicaciones económicas y políticas, explican las medidas de seguridad.

Una vez superada la primera impresión, Rumtek resulta acogedor, y los numerosos niños monje correteando por sus amplios patios y terrazas consiguen que uno se olvide enseguida de los turbios asuntos de los adultos.

Uno de los niños poseía un rasgo facial considerado muy auspicioso, que hasta entonces yo interpretaba metafóricamente: un largo penacho blanco natural en el entrecejo. Lástima de cámara de fotos, pensé.

Marineros de piedra: El origen celeste y atlántico de la Civilización ha sido el primer libro que he publicado. En sus ocho meses de existencia, he vendido y distribuido unos 600 ejemplares de la versión en inglés y unos 100 de la española, lo que no está nada mal para ser un libro autopublicado.

Por otra parte, el libro ha recibido hasta la fecha más de 100 comentarios en Goodreads, con una muy buena calificación media, casi cuatro estrellas (exáctamente 3,95 al día de hoy).

Algunos expertos, como Neil Wiseman (prestigioso crítico de The Megalithic Portal), o escritores como Gavin Menzies (autor de 1421 y The Lost Empire of Atlantis), la doctora Anna Ntinti (historiadora especializada en Platón), o el doctor Reinoud de Jonge (experto en el arte megalítico), entre muchos otros, han escrito excelentes críticas sobre mi libro.

Todo esto está muy bien… pero no es suficiente. Durante estos meses, los detalles a ser modificados se fueron acumulado, hasta que finalmente me decidí a producir una nueva edición. La principal razón fue revisar completamente el texto de la versión en inglés, tarea en la que han colaborado numerosas personas, aunque debo señalar a una en especial, a mi amiga galesa Gill… Diolch yn fawr!

Aprovechando esa intervención editorial, decidí introducir varias modificaciones con el fin de facilitar su lectura. Por ejemplo, trasladé las notas al pie al final de cada capítulo, mejoré la calidad del papel y del tipo de letra, y aumenté considerablemente el número de páginas para dar cabida a figuras y fotos de mayor tamaño y calidad. Además, inversamente proporcional al aumento de calidad, ¡le he bajado el precio!

Ahora sólo espero que lo disfrutéis… y que continuéis dándome vuestra opinión. ¡Muchas gracias!

P.D. Al hacer clic en la portada del libro (esquina superior izquierda) podéis ver los detalles en Amazon.es (también disponible en la mayoría de sus filiales internacionales).

Hoy me gustaría anunciar la publicación de uno de los textos budistas más importantes: El Sutra Surangama.

Traducido directamente del chino al español.

Que este trabajo sea en beneficio de todos los seres.

sikkim-tourist-places-gangtok-marketTras el multitudinario recibimiento de los niños de Gangtok, mi amigo continuó ascendiendo hacia lo alto de la ciudad. En cambio yo preferí quedarme apostado en un repecho, como un francotirador a la espera de la comitiva presidencial.

Cuando la cruz de la mirilla de mi corazón se centró sobre la limusina, apreté el gatillo. Una bala invisible impactó de lleno en su objetivo, sólo que, en lugar de plomo mortal, el proyectil se componía a partes iguales de compasión y justicia.

Unos días más tade, el presidente de la India se reuniría con el de China para declarar abierta la frontera de Sikkim, ¡cerrada desde hacía más de cuarenta años! Curiosa coincidencia.

Romanticismos aparte, dicho gesto político era la triste rúbrica con la que reconocían un Tíbet chino y un Sikkim indio.

 

Una seria avería en la moto trastocó los planes en lo concerniente al modo de transporte.  La dejamos en un taller de Kalimpong, y abordamos uno de los jeeps que cubren el trayecto a Gangtok, la capital de Sikkim.

La estrechez de la carretera, los precipicios, y la velocidad del jeep son factores cada uno de ellos —cuánto más los tres juntos— lo suficientemente temibles como para causar en el débil de espíritu cierta congoja. Pero lo peor es que pueden impedirle a uno el disfrute de la belleza natural del sureste de Sikkim, una curiosa mezcla entre exótica jungla bengalí y rugosa topografía himalaíca.

Gangtok posee esa indefinible atmósfera de todas las capitales de provincias del mundo, a las que se acude para mercadear y hacer pequeñas gestiones.

Coincidiendo con nuestra llegada se produjo también la del primer ministro de la India (A.B. Vajpayee, el 13 de abril del 2003), quien visitaba oficialmente Sikkim por primera vez, todo un acontecimiento para el cual las calles estaban engalanadas con flores y banderas. A la mañana siguiente, al salir del hostal para visitar la ciudad, nos encontramos con todos los niños de las escuelas, banderitas en mano, flanqueando la única calle principal que ascendía hacia la zona alta de la ciudad.

Al ver a los dos “grandullones” occidentales, unos pocos niños —los más sandungueros— comenzaron a saludarnos gritando: “¡Namaste, namaste!”. Lo que comenzó siendo una gracia de unos pocos niños aburridos por la espera, acabó transformado en el ensayo general del que sería el recibimiento del primer ministro, con el griterío propio de miles de niños deseosos de estrecharnos la mano. Cuando nos desviamos de la ruta que conducía al palacio presidencial, los dos estábamos conmovidos.

La decisión de sacar a los niños de las escuelas para dar un caluroso recibimiento al mandatario de una nación era una evidente maniobra política. Los sikkineses fueron los últimos en unirse a la India, incapaces de continuar manteniendo su neutralidad entre los dos abusones del “barrio”: India y China, echándose un pulso con sus codos sobre Sikkim.

17th_1Nos adentramos en moto en el misterioso reino de Sikkim, entre nombres de lo más evocador: Tíbet, India, Nepal, Bhután.

Paramos en Kalimpong, una ciudad situada a una cota inferior que Darjeeling, con una de las mejores climatologías de la región.

Allí conocimos a un francés dicharachero y bon vivant, retirado de la “civilización” para vivir como un marqués por el mismo precio que en Francia sobreviviría como un don nadie (dixit).

A través de él conocimos a una señora tibetana que nos invitó a un té en su casa, decorada con el barroquismo de un Gompa. Se consideraba seguidora del Karmapa, el líder de una de las cuatro escuelas principales del budismo tibetano, la Karma Kagyu.

Antes de morir, el Karmapa da pistas para que el niño en el que se va a reencarnar sea encontrado de nuevo. Sucede igual con los Dalais Lamas, si bien el linaje de los Karmapas es incluso más antiguo.

Desgraciadamente, la escuela Karma Kagyu se encuentra sumida en una sórdida controversia, pues hay dos monjes que afirman ser el decimoséptimo Karmapa. Uno de ellos reside en un templo de Kalimpong, y allí nos dirigimos, con la esperanza de conocerlo.

Compramos los imprescindibles katas, unos fulares de raso blanco o marfileño que se suelen ofrecer como muestra de respeto y solicitamos audiencia. Un monje tibetano con modales occidentales nos informó de que el Karmapa nos recibiría enseguida.

Al poco fuimos conducidos hasta una sala donde tuvimos la oportunidad de conocer y charlar cordialmente con Trinley Thaye Dorje, un encantador joven de unos veinte años, con buen dominio del inglés y no falto de carisma. Fuese el verdadero Karmapa o no, durante esos minutos me pareció irrelevante.

Dali Gompa es uno de los templos más grandes de Darjeeling, por ser el “cuartel general” de la rama budista del Dragón (Drukpa Kagyu en tibetano). Resultó que el día de nuestra llegada se habían congregado en él numerosos monjes para participar en un gran ceremonial de una semana de duración. Pregunté si podía participar y alojarme en el monasterio, y los monjes accedieron con la típica amabilidad y hospitalidad tibetanas. Cuando se lo comenté a mi amigo el motero, decidió participar también.

Así fue como pasamos toda esa semana alojados en el monasterio, meditando en un rincón del templo mientras los monjes  entonaban sus salmodias, cambiaban los gorros en función del texto que recitaban, y creaban una música extrañísima con sus voces e instrumentos.

Un grato descubrimiento sobre los monasterios tibetanos fue el hecho de que, durante las celebraciones especiales como esa, la comida que sirven es siempre vegetariana: arroz con vegetales, fruta y té.

A la conclusión de la semana de ceremoniales, cientos de personas acudieron desde todos los rincones de aquellas montañas para recibir las bendiciones de tan auspiciosa ocasión. Y nosotros, como ellos, también nos atamos al cuello un cordelito rojo bendecido.

Nos despedimos y regresamos al centro de Darjeeling entre la admiración de los niños-monje, más interesados en ver y tocar la motaza de mi amigo que en recibir otra bendición más.

Nos sentamos en una terraza para sorber una taza del famoso té local, cultivado en las laderas de aquellas montañas, y para planear la siguiente aventura.

—¿Qué sabes de Sikkim? —preguntó mi amigo.

—No mucho —contesté.

Antes de acabar el té ya habíamos decidido que nos internaríamos en el misterioso reino de Sikkim.

Tras un reparador sueño, a la mañana siguiente salimos para desayunar y comprar algo de ropa con el que combatir la frescura propia de Darjeeling. En cuanto puse el pie en la calle, e inspiré las primeras bocanadas de aire fresco, recuperé toda mi vitalidad. Parecía casi un milagro. Toda la debilidad y ligera fiebre que me habían estado acompañando desde que puse mi zapatilla naranja en Delhi desapareció por completo, y con ello recuperé el apetito, y hasta la alegría.

Darjeeling fue elegido por los colonos ingleses como el lugar donde ponerse a resguardo del rigor de las planicies. Mi milagrosa recuperación daba testigo de lo acertado de su elección. Darjeeling es uno de esos enclaves colgados en una ladera de montaña, como un Cudillero o Lastres asturianos sólo que, en lugar de precipitarse sobre el mar, lo hace sobre el vacío. Las vistas son especialmente bellas, como la que se divisa desde la colina del Tigre. La pared blanca que en la distancia se eleva, o desciende del cielo, es el Kangchenjunga, la tercera montaña más alta del mundo (tras el Everest y el K2).

Sin embargo, por muy tentadora que fuese la opción de salir de excursión por las montañas, no estaba interesado en aventuras turísticas. Tampoco en socializar con los numerosos viajeros occidentales que acuden a Darjeeling atraídos por su belleza natural. En su lugar, me dediqué a visitar los numerosos templos tibetanos —conocidos como Gompas— allí asentados tras el exilio provocado por la invasión china del Tíbet.

En cuanto llegamos a Siliguri, descargamos la moto del tren y salimos raudos hacia Darjeeling.

Darjeeling es el lugar que eligieron los colonizadores británicos para escapar del sofocante bochorno de las planicies. Se encuentra a más de dos mil metros de altitud, y a unos ochenta km de Siliguri. La sinuosa carretera se disputa las laderas de las faldas del Himalaya con la vía del conocido como “tren de juguete”, apelativo bien merecido dadas sus dimensiones.

El progresivo descenso de la temperatura conforme ascendíamos trajo consigo un problema imprevisto: yo no tenía ropa suficiente (me la habían robado en el tren, como cuento en el post anterior) y mi amigo tampoco disponía de mucha más. Paramos para abrigarnos, y mi lote consistió en un par de calcetines y un jersey. Cuando además se ocultó el sol, el frío resultaba casi insoportable.

Cerré los ojos, me relajé y entré en un estado en el que mi cuerpo se inclinaba sin esfuerzo con cada curva. La sensación de frío, aunque intensa, ya no me producía sufrimiento. Tras incontables virajes alcanzamos Darjeeling.

Desmontamos en la primera pensión que vimos, y pedimos con urgencia una habitación con ducha caliente, que resultaron ser dos cubos de agua humeante, suficientes para recobrar los signos vitales.

Se hizo de noche y me adormilé. Pero no todos los viajeros del tren dormían.

Con el ajetreo propio de llegar a una estación me desperté, y antes incluso de llevar mi mano al lugar donde había colocado mi mochila sabía que palparía tan sólo su ausencia. Salí corriendo hasta el andén por si veía a alguien escapar con ella, y hasta me acerqué a un policía para contarle lo sucedido. El gigantesco ser uniformado se limitó a contemplarme con cara de “¿de qué nido te has caído?”.

Regresé a mi asiento calmado, y hasta sonreí al imaginarme la cara del ladronzuelo al abrir la mochila: unos cuantos niquis teñidos del Holi, las dichosas zapatillas naranjas, y una pelliza sintética azul eléctrico.

Aunque inintencionadamente, mi plan original se hacía realidad. Ahora viajaría por la India sólo con una riñonera, las chanclas y lo puesto.

A woman pastes cow dung cakes on a wall as her grandson Sanju peeps from a hole in Molaya villageEl viaje en tren hacia el norte, de Patna hacia Siliguri, a través de las planicies gangéticas, no ofrecía gran variedad de paisajes. Poblados paupérrimos con las típicas construcciones de ladrillo o adobe, y fachadas con cierto parecido a la de la Casa de las Conchas de Salamanca… solamente que por allí, en lugar de conchas, utilizan tortas de boñiga de vaca, así dispuestas para su secado y posterior uso como leña.

Las vacas producen leche, combustible, fuerza motriz, calor en invierno, y más vacas. Esa puede ser la razón por la que se consideran sagradas.

Desgraciadamente, como consecuencia del extraño mecanismo por el que la inteligencia humana se bloquea ante todo aquello que toca la religión —la que sea— los entornos urbanos de la India se ven llenos de estos pobres animales “sagrados”, famélicos y presentando un riesgo evidente para la salud pública.

Miré por la ventanilla y vi a unos mozalbetes metidos en una laguna hasta la cintura, fregando con mimo a una oronda vaca. La imagen rezumaba vida. La vaca sagrada, pensé.

intouchables_indeRegresamos a la estación de tren de Patna con ganas de salir de allí cuanto antes.

Al rato me di cuenta de que había perdido mi reloj, uno digital sin demasiado valor. Sin mucho más que hacer que esperar, me acerqué a preguntar en la ventanilla donde horas antes habíamos comprado los billetes.

—¿Éste? —preguntó el funcionario mientras me enseñaba mi reloj.

—¡Increíble! —grité lleno de asombro—. Yes, thank you very much!

Si hay un lugar en el mundo en el que uno no espera recuperar su reloj ese es la estación de tren de Patna.

Volví al lugar donde esperaba mi amigo, pero cuando me disponía a contarle la anecdota me di cuenta de que algo le contrariaba.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—¿Ves a ese viejo mendigo ahí sentado? —asentí—. Un tipo acaba de darle una patada en la cabeza.

Reparé en la sangre que caía por su sien.

—¿Por qué?

—Debe ser un paria, un intocable. Aquí su vida no vale nada. Seguramente tuvieron un contacto visual.

La pérdida de mi reloj no pudo haber sido más providencial, porque las escenas de crueldad me alteran sobremanera, en especial cuando las víctimas son los más desprotegidos: la naturaleza, los animales, los mendigos, los niños, los ancianos, las mujeres…

Muy en el fondo siento también pena por los perpetradores. Cuánta frustración e infelicidad debe contener el corazón de alguien capaz de dar una patada en la cabeza a un pobre desvalido. La sangre, aunque invisible, corre también por sus sienes.

Tras visitar las ruinas de Universidad de Nalanda regresamos de noche a Rajgir. El foco iluminaba la carretera, infinidad de insectos y descubría socavones en los que podía caber la moto entera.

Durante la cena, consistente en un par de chapattis y algo de arroz, el motero me dijo:

—Yo estoy de paso hacia las montañas del Himalaya, si quieres te llevo.

La sola imaginación de montañas y aire fresco insufló vida en mis venas. El calor de esos días del mes de mayo empezaba a resultar agobiante. Por otro lado, aunque la diarrea estaba bajo control, la falta de apetito y una persistente debilidad habían mermado mi energía vital por debajo del límite tolerable de peligrosidad. En mi rudimentario plan, la próxima parada era Kusinagara, la ciudad en la que Buda murió. Continuar mi peregrinaje por las abrasadoras planicies de Bihar investía a mi próximo destino de un tono demasiado ominoso.

—De acuerdo —contesté tras esa breve reflexión, y me confié a mi nuevo amigo, que tan providencialmente se había inmiscuido en mi viaje.

A la mañana siguiente partiríamos en moto hacia Patna, la capital de Bihar, desde donde cogeríamos un tren con destino a Siliguri, a las faldas del Himalaya oriental.

En Patna, facturamos con antelación la moto en la estación de tren, y matamos el tiempo que faltaba hasta la hora de la salida caminando por la ciudad. El bucólico paseo incluyó la visión de una persona bocabajo sobre el suelo, que bien podría llevar muerta allí varias horas ante la total indiferencia de los demás, una pelea tumultuosa en un autobús causada por un varón que se acercó demasiado —según otro varón— a su mujer, un perro agonizante al que las moscas estaban comiendo vivo y al que refrescamos con agua, y varios espectáculos igualmente cautivadores.

En la capital del estado más pobre de la India, la vida lo parece menos.

En palabras de Shiva Naipul, un escritor de paso por Patna en 1982:

“Patna es una ciudad sin el menor rastro de encanto, una venta gigantesca al lado de caminos polvorientos o enfangados, un montón de basura descamada de edificios que amenazan con desmoronarse pertenecientes a construcciones caóticas sobre un páramo de barro ceniciento, un enjambre de hombres famélicos y tullidos que bullen mascando opio”.

*El título de este post está tomado de un artículo de Amitava Kumar (en inglés), y del cual tomé también la cita anterior.

—¿Qué te parece si vamos a visitar Nalanda por la tarde? —dijo el motero melenudo y meditador.

—¿La universidad? —pregunté extrañado.

Yo no había hecho mis deberes antes de viajar a la India, y además había renunciado a la imprescindible “Biblia del viajero” (el Lonely Planet de turno), por lo que ignoraba que la famosa universidad estuviese tan cerca de Rajgir.

Nalanda está considerada como la primera universidad del mundo (algunos de sus edificios datan del reinado del emperador Ashoka, en el siglo III a. C.) , y en su apogeo llegó a contar con varios miles de estudiantes y profesores. Allí se estudiaban materias no sólo metafísicas, sino también filosofía, matemáticas, astronomía, alquimia y medicina.

—Sus ruinas se pueden visitar —contestó.

Apenas pude comer algo de chapatti (pan indio en forma de torta) y, a pesar de sentirme todavía débil a causa de la diarrea, no dejé pasar la oportunidad.

Los restos arqueológicos son abrumadores, y eso que sólo hay excavado un diez por ciento del recinto original. Ruinas de templos, estupas, aulas, librerías, dormitorios, patios, todo de ladrillo rojizo y dimensiones colosales, dejaban entrever la efervescencia intelectual y espiritual que en su día existió allí… hasta que una horda invasora la arrasó a finales del siglo XII. Cosas de humanos.

Rajgir Stupa on top of Vulture's Peak (photo by Anuradha Goyal)Aparcamos la moto en la base de la montaña del Pico del Buitre, justo a la entrada del teleférico que los japoneses construyeron para acceder más fácilmente a su cumbre.

Nosotros preferimos subir andando. En poco menos de una hora llegamos a la cueva y plataforma donde el Buda expuso el Sutra del Loto. Mi amigo encendió velas y quemó incienso antes de sentamos a meditar. Por fin, después de tantos días intentándolo, conseguía subir al Pico del Buitre.

Me preguntaba si mi ayuno involuntario (a causa de la diarrea) no estaría relacionado con la necesidad de acceder a estos lugares tan sagrados con el cuerpo purificado.

Continuamos ascendiendo hasta la mismísima cumbre donde también los japoneses construyeron una enorme estupa, y desde donde las vistas son magníficas.

“Yo me gano la vida construyendo estupas similares a esta en California”, me dijo el motero mientras la circunvalábamos tres veces hacia la derecha.

Curioso personaje.

Exangüe, caminé hasta uno de los establecimientos del barrio musulmán, siempre de trato exquisito, para ingerir un plato de arroz hervido.

De regreso al monasterio, un tipo grandón y melenudo se me acercó a bordo de una Harley Davidson (más adelante descubriría que en realidad era una Royal Enfield).

—Hola, ¿sabes de algún lugar donde poder pasar la noche por aquí? —me preguntó con tono más educado del que su aspecto sugería.

—Yo estoy alojado en ese monasterio birmano, que no está mal —contesté señalando hacia sus dependencias.

Al amanecer me levanté para meditar en la azotea. Nunca hubiese imaginado que el motero también meditase, pero allí estaba, sentado en medio loto sobre un aislante. Nos levantamos casi a la vez.

—Buenos días —saludé.

—¿Qué te pasa en la frente? —fue toda su respuesta.

Me llevé la mano allí y note una anormal irregularidad en la piel. Salí de inmediato hacia el espejo para descubrir la causa: chupópteros. La noche pasada, en mi agotamiento, me había quedado dormido con media cabeza fuera de la mosquitera, para fiesta y jolgorio de mis alados amigos. Entre “lavativas” y “sangrados” nunca antes en mi vida había estado tan puro como entonces.

—Voy a visitar el Pico del Buitre, ¿quieres venir conmigo? —me preguntó el motero, mientras untábamos unas tostadas en una cafetería.

—Llevo intentándolo varios días —dije sorprendido por la inesperada ayuda—. Nada me apetecería más.

A la tercera iría la vencida, y acabaría subiendo al Pico del Buitre en compañía del motero melenudo meditador, como veremos en el próximo artículo.

A la mañana siguiente abandoné el monasterio de Rajgir en el que me hospedaba resuelto a llegar al Pico del Buitre. Todavía a oscuras, intenté atajar a través de lo que parecía un simple solar cercado, cuya alambrada me produjo un leve arañazo en un tobillo al que no di mayor importancia.

Cuando, tras caminar casi todo el día por aquellos montes, por fin llegué a la base de mi deseado objetivo, un corpulento gendarme me impidió el paso.

—Peligroso, peligroso, demasiado tarde —decía mirándome desde sus casi dos metros de estatura—. Los montes están infectados de naxalitas. Vuelva otro día.

Los naxalitas son un grupo terrorista de inspiración maoísta. A mi me daban tanto miedo o más los bigotudos policías indios como los naxalitas, así que regresé caminando por la carretera de vuelta a Rajgir sin haber logrado mi objetivo por segundo día consecutivo.

Una familia montada en un carromato adornado con guirnaldas florales me ofreció asiento en su curioso medio de transporte. El conductor y guía nos iba explicando la historia de las milenarias ruinas que bordeaban la carretera, como el estanque en el que Buda solía bañarse, o la cárcel en la que un príncipe encerró a su padre para usurparle el trono.

Al alcanzar la ciudad y pasar por delante del solar que había atravesado esa mañana a oscuras no pude evitar un escalofrío al comprobar que se trataba de un cementerio.

Vulture Peak

Me desperté a media noche empapado en sudor y con retortijones. Sería el arañazo del cementerio, o los mosquitos rojo reventón que se habían colado por los bajos de la mosquitera y hacían la digestión posados en su interior, o el dulce mantequilloso que engullí en un puesto callejero la pasada noche, o todo ello junto, el caso es que se me presentó un cuadro diarreico espantoso. Por fin aparecía la famosa diarrea de la India, de la que no se libra casi ningún visitante.

Cada diez minutos y durante toda la noche me veía impelido a salir corriendo hasta el retrete, situado fuera de la habitación. Yacía sin más gasto energético que el de inclinarme para beber agua embotellada, reservando todas mis fuerzas para la carrera que sabía tendría que dar de un momento a otro. Decenas de purgas después, todo lo que salía de mi era agua teñida; estaba limpio como una patena.

¿Lo suficientemente puro como para por fin poder alcanzar el Pico del Buitre?

Con la finalización del Holi —iba a decir que la India se recobró del caos, pero lo adecuado sería decir que volvió a recobrar su maravilloso funcionamiento caótico— al fin pude abandonar Bodhigaya.

Mi siguiente destino fue la ciudad de Rajgir, a la que llegué a bordo de un autobús, en un asiento cuyas aristas metálicas me descalabraban las piernas con cada uno de los baches, tantos como granos de arena hay en el río Ganges.

Rajgir es lo que queda de la capital de un reino que por allí existió en los tiempos de Buda, escenario de muchas de las historias y leyendas a él atribuidas. La ciudad está enclavada en un valle rodeado por cinco collados, uno de los cuales, conocido como Pico del Buitre, posee una especial relevancia por ser el lugar en el que, durante los meses del monzón, Buda se retiraba para meditar y donde expuso algunas de sus enseñanzas más importantes, entre las que destaca el Sutra del Loto.

Me alojé en una habitación situada en la azotea de un monasterio birmano, y a la mañana siguiente, de madrugada, salí hacia uno de los cerros colindantes para sentarme a meditar durante el amanecer. Con la luz del día, las rutas se poblaron de peregrinos descalzos, la mayoría jainistas, a cuya procesión me uní contento.

Atardecía y, al intuir que no conseguiría llegar con luz suficiente hasta el Pico del Buitre como era mi intención, di media vuelta en dirección a la ciudad. Sería la primera de las varias veces que fracasé misteriosamente en mis intentos por alcanzar ese lugar sagrado, como veremos en los siguientes posts.

Una de las vistas más extrañas se produjo cuando me asomé a la boca de un pozo que se abría a unas termas naturales, donde una multitud —en realidad yo sólo veía sus cabezas— se apiñaban casi a oscuras en sus aguas sulfurosas. Parecía una viñeta de los infiernos de El Bosco… que los bañistas seguramente sentían como los cielos.

De vuelta en Bodhigaya, paramos a tomar un chai bajo el tendejón de una pareja de ancianos que ya no estaban para muchos “Holis”.

Estábamos empapados y teñidos de arriba abajo de mil colores.

Inesperadamente y proveniente de la nada, apareció caminando una mujer con cuerpo de modelo, melena rubia, vestido verde y, lo más sorprendente: impoluta, algo impensable durante el Holi. Se sentó con nosotros y pidió un chai. Mi amigo el motero y yo nos miramos con incredulidad. Algo en sus gestos resultaba extraño, como cuando al presentarse nos dimos la mano y realizó un gesto robótico.

—Soy de Canadá ¿y vosotros? —dijo.

Yo no tenía posibilidad alguna ante la competencia del azafato y su moto.

—Estoy escribiendo una tesis sobre la menstruación en el contexto religioso —añadió sin preámbulo y con mucha más naturalidad que daba la mano.

La escena surrealista que componíamos no tenía desperdicio: la pareja de viejecitos ajados sirviendo chais, el azafato y un servidor con pinta de mamarrachos, con las caras teñidas de verde y fucsia, y una moza despampanante hablando ex cátedra sobre el derecho de las mujeres con el periodo a participar en ceremonias religiosas… bajo un tejado de zinc en medio de la nada. Desapareció tal como apareció.

La vida tiene más de imaginación que de cartesiana razón, pensé, por mucho que nos hayamos empeñado en los últimos tres siglos en creer lo contrario.

—¿Me puedes enseñar a meditar? —me preguntó el azafato.

Quedé con él al día siguiente sobre el techo del monasterio donde me alojaba. Nos sentamos a meditar al amanecer, durante una media hora. Me agradeció profundamente mis enseñanzas, y yo a él que me hubiese llevado a ver la cueva de Buda.

Nos despedimos. Desde mi ventana le vi partir con su moto. Sentada a su grupa iba la chica del vestido verde.

Dungeshwari caveLa cueva donde Gotama vivió durante seis años como un eremita justo antes de convertirse en un buda se llama Mahakala o también Dungeshwari. Se halla a unos 12 km al noreste de Bodhigaya, a medio camino entre la base y la cima de una pared rocosa de un alargado macizo montañoso, en una pequeña plataforma con vistas al valle y al río que lo recorre por su centro. Es una cueva pequeña, con capacidad para dos o tres personas sentadas.

El azafato motero y yo entramos y nos sentamos en el suelo, en compañía del vigilante, un indio disfrazado de meditador con la única intención de sacarse unas rupias con la foto de los turistas. A los cinco minutos de pose forzada, salió refunfuñando.

—¿Quién fue Buda? —me preguntó el motero. Le contesté brevemente. Sus preguntas continuaron, y mis contestaciones se alargaron. El sol nos hirió los ojos al salir de la cueva… ¡tres horas más tarde!

mahakala-cave-exterior-gaya (photo by Lraileigh)

Unos monos negros de rabo larguísimo se habían congregado alrededor y nos miraban con curiosidad indisimulada. Regresamos a Bodhigaya de igual manera a como salimos, con la diferencia de que esta vez, en lugar de tratar de esquivar los coloridos disparos propios de la celebración del Holi, nos contagiamos de la fiesta y hasta disfrutamos de la experiencia.

India Holi Festival (photo by Kevin Frayes, AP)Salimos en moto de Bodhigaya a la mañana siguiente, ignorando por completo la peculiar manera en que los indios celebran el segundo día del Holi. Lo descubrimos de sopetón, tras un primer calderazo de agua teñida arrojado desde una ventana.

Los indios se dedican todo ese santo día a arrojarse aguas teñidas y a pintarrajearse las caras los unos a los otros. Dos españolitos en moto éramos el blanco soñado por todo aquel dotado de munición.

Calderazos,  bolazos de barro, moñigazos, sopapos y demás muestras de cordialidad entre gritos de algarabía de locales incrédulos ante su suerte, conformaron el motorizado rito iniciático con el que nos “purificamos” antes de alcanzar nuestro destino.

En recompensa al sacrificio, encontramos una laguna aparentemente limpia donde disfrutamos de un descolorizante baño. Antes de llegar a la cueva de Buda, nos desviamos para visitar otras cuevas, las de Barabar, las más antiguas excavadas en roca de la India, y eso son palabras mayores.

El reverbero del granito pulido invitaba a la introspección. Traté de imaginarme a todos los que en los más de dos mil años de su existencia habían entrado allí para desconectar de lo visible, el ruido, la existencia; para conectar con la oscuridad, el silencio, el vacío.

Al igual que en el célebre libro Un pasaje hacia la India del escritor Edgard Forster, las cuevas Barabar sirvieron de preámbulo perfecto para el siguiente capítulo.

Holi bonfire_photo of Thinkinfella

El día en el que había planeado abandonar Bodhigaya me encontré un país paralizado por la celebración más esperada e importante del año: el Holi, tres días de parranda callejera, de “folixia” que dirían por Asturias.

A la salida de la luna llena, la hoguera apilada en el barrio del mercadillo comenzó a arder y la muchedumbre allí congregada prorrumpió en gritos, caceroladas, danzas improvisadas y ambiente de fiesta pagana con patín sacro. La hoguera conmemora el fuego purificador en el que se consumió una diablesa llamada Holika, de cuyo nombre deriva el de la celebración.

Una vez consumida la hoguera, de regreso al monasterio en el que había alquilado un cuarto, comprobé que un pequeño local con acceso a Internet permanecía abierto y entré para consultar el correo electrónico. Cuando salía, me sorprendió ver que la única persona del local (aparte de mí y el dueño) estaba frente a un ordenador leyendo precisamente el mismo periódico de España que yo acababa de ojear. No pude resistirme a preguntarle:

—¿Español?

—De Madrid.

Pagamos y salimos a charlar afuera. Se trataba de un azafato de Iberia que estaba recorriendo la India en moto.

—Mañana salgo a visitar la cueva donde Buda vivió seis años, ¿te apetece venir?

Salimos a la mañana siguiente ignorando por completo la peculiar manera en que los indios celebran el segundo día del Holi. Lo descubrimos de sopetón, nunca mejor dicho, como cuento en La tomatina de la India.

contraportada-mdpEsta es la contraportada de Marineros de piedra.

La siguiente crítica de mi libro acaba de aparecer en The Megalithic Portal. A continuación incluyo su traducción al español:

Marineros de piedra asocia los principales monumentos megalíticos del Reino Unido, Francia, España y Portugal a la intención cohesionadora de una gran cultura.

Utilizando como modelo el reflejo de la bóveda celeste con sus elementos fijos y móviles, el Dr. Gómez Vega propone  y describe en detalle una tradición monárquica sucesoria regulada por un ciclo lunar que se repite cada diecinueve años.

El autor examina con gran detalle la posición y el significado de varias estrellas, constelaciones y planetas prominentes, así como del Sol y la Luna, y expone cómo estos y otros importantes factores astronómicos acabaron por plasmarse indeleblemente en una celebración sofisticada y civilizada: Rex Nemorensis (regicidio ritual).

Sobre los puntos cardinales de las islas británicas, el norte es asociado al territorio de la clase sacerdotal, el este al renacimiento de la vida, el oeste a la muerte, y el sur a una función funeraria relacionada con el submundo.

Así pues, Skara Brae, en el norte, es donde se establecieron quienes promulgaron las doctrinas religiosas. La dirección del sol naciente hacia el este señalaba consistentemente la venida de la Vida. El oeste, en particular Newgrange en Irlanda, es donde tenían lugar las inhumaciones reales, y Carnac, erigido en el sur de Bretaña e intencionadamente sobre el mismo meridiano que las islas Orcadas, es donde levantaron el gran panteón real en el que consagraron en piedras a sus venerados reyes.

El centro de este vasto escenario de tierra y agua estaba originariamente en el complejo megalítico de Avebury, con sus múltiples anillos de piedra, túmulos y avenidas. La colina próxima de Silbury Hill se levantó para señalar un elemento clave: el reflejo de Rigel, la estrella alfa de la constelación de Orión, un elemento de suma importancia dentro de la fascinante tesis propuesta.

Con el paso del tiempo detectaron desviaciones en las posiciones de las estrellas debido al avance inexorable de la precesión de los equinoccios, y, como consecuencia, se vieron en la necesidad de erigir un nuevo monumento en el que continuar sus prácticas, diseñado para acomodar el deslizamiento del calendario astronómico durante los siglos venideros. Así fue cómo Stonehenge fue finalmente erigido, incorporando con elegancia los diversos aspectos de una cultura más definida, en el que poder continuar celebrando la renovación de los reyes. En su interior se consolidaba el linaje de sangre azul mediante ritos matrimoniales propiciatorios que aseguraban la gobernación durante los siguientes diecinueve años.

A partir de las pruebas que son proporcionadas a cada paso, el lector es guiado hacia la componente marina de la tesis del libro. Se propone que alrededor de la edad de quince años, el príncipe heredero debía emprender un largo viaje iniciático a tierras lejanas donde tiempo atrás los constructores de megalitos habían establecido lazos comerciales y culturales. Hasta las islas Canarias, a través del estrecho de Gibraltar, hasta Grecia y por el norte de África hasta Egipto, los príncipes viajaban a la búsqueda de conocimientos más allá del mundo conocido.

Estimada su duración en cuatro años, los viajeros regresaban a “Hiperbórea” justo a tiempo para que los jóvenes príncipes, ahora educados y maduros, se presentasen en Stonehenge procedentes del este para emparejarse a las novias designadas, y para proceder al regicidio ritual de sus padres por medio del cual ascendían a los tronos.

Debido a la distancia de los siglos y a la catástrofe cultural que en torno al año 1628 a.C. supuso la devastadora erupción del volcán Thera de la isla Santorini en el Mar Egeo, de dicho viaje pervivirían solo ecos que acabarían por dar forma al mito de Jasón y los argonautas, así como a otros mitos y hasta a la leyenda de la Atlántida.

Uno de los aspectos más seductores del trabajo del Dr. Gómez Vega es que nunca involucra al lector en la tediosa dialéctica del “Yo tengo razón / los demás están equivocados”, tan común en las interpretaciones alternativas. El suyo es un análisis fresco de las pruebas pertinentes, algo que a menudo se echa en falta en otros trabajos. Tampoco intenta derribar el consenso establecido, sino que nos ofrece una interpretación diferente de los hechos, al tiempo que va introduciendo los nuevos datos.

Hay algunas omisiones. Por ejemplo, el henge Thornborough no es mencionado, lo que me pareció extraño ya que seguramente el famoso triple-henge de Yorkshire es un reflejo del cinturón de Orión, una constelación que desempeña un papel clave en la propuesta del Dr. Gómez Vega, así que ¿dónde está?

Hay unos pocos errores. Algunos aspectos de Stonehenge se omiten, algunas de las fases cronológicas no se abordan y se han reposicionado ligeramente uno o dos elementos con respecto a los ejes cardinales. Se ha asignado un significado a los hoyos Y y Z quizá algo forzado con respecto a la datación arqueológica. Se enumeran las piedras estacionadas del 1 al 4 en lugar de utilizar la nomenclatura Flinders Petrie de uso general, del 91 al 94. Pero no son estos errores insalvables para la hipótesis sino más bien lapsos. Ciertamente no es el caso del castillo de naipes que al fallarle una carta se viene abajo.

Aunque escrito en inglés, el idioma nativo del Dr. Gómez Vega es el español. El libro está francamente bien estructurado, si bien el lector encontrará unos pocos trabalenguas y tiempos verbales inusuales, que en ningún caso suponen un impedimento. [Lógicamente, este párrafo está referido a la versión en inglés, titulada Sailors of Stonehenge].

Quienes buscan una explicación cohesiva del mundo megalítico encontrarán en estas páginas un tesoro de información bien razonada, capaz incluso de enlazar sus partes más dispersas. Contiene también elementos poderosos que apoyarían la cada vez más defendida creencia de una realeza megalítica, y descripciones sobre los métodos con los que operaba. Para los inclinados a las asociaciones de corte astronómico, Marineros de piedra es su libro.

3,5 de 5 estrellas.

 -ND Wiseman, crítico de El Portal Megalítico (megalithic.co.uk)

8 de noviembre de 2012

Por fin abandoné Benarés y Sarnath. Una eternidad después arribé a Bodhigaya, pero, a diferencia del príncipe Gotama cuando llegó a ese mismo lugar hacía veinticinco siglos, en lugar de sentarme a meditar debajo de un árbol, me derrumbé en una habitación alquilada en uno de los varios monasterios que sobreviven en aquellos parajes gracias a esta fuente de ingresos.

Un templo piramidal, erigido al lado de un descendiente de la higuera original bajo la cual el príncipe lograra la iluminación, conforman el centro neurálgico de Bodhigaya, alrededor del cual se asienta una plétora de monasterios de todas las tradiciones budistas, con las arquitecturas y hábitos distintivos del país de origen.

Al cabo de varios días de pulular por los diferentes templos, decidí sentarme a meditar bajo el árbol sagrado, un enorme ejemplar de ficus religiosa descendiente del original bajo el que Gotama se convirtió en un buda. Aunque estaba acostumbrado a meditar durante al menos una hora, en el lugar en el que imaginé sentiría algo especial, apenas si conseguí permanecer sentado diez minutos. No hubo manera de centrarme y resultó ser una de las experiencias más frustrantes de todo el periplo por la India.

Pero cuando decidí reanudar mi viaje en dirección a lugares menos concurridos, se produciría una concatenación de sucesos que me ataron a Bodhigaya durante muchos días, como veremos.

El día que pasé por entero en un templo de Sarnath, convaleciente, el joven japonés hizo ayuno y se recluyó a tocar el tambor recitando el mantra “Nam Myoho Rengue Kyo” hora tras hora, pero no en ritual sanador hacia mí, sino porque se cumplían exactamente cuarenta y nueve días desde que el anciano monje fundador del templo hubiese fallecido (fecha con especial significación en ciertas tradiciones budistas). Me impresionó su sinceridad.

Cuando recuperé las fuerzas, la chica japonesa y su perro (de raza indeterminada y color canela) me acompañaron hasta la estación de tren. Era una joven esbelta de aire hippie y un atractivo que nacía desde su interior y realzaba todavía más su agraciado exterior. Mientras esperábamos por el tren, charlamos tranquilamente.

“La experiencia más transformativa de mi vida fue completar el peregrinaje de los ochenta y ocho templos alrededor de la isla de Shikoku”, me dijo, y sus palabras sonaron a música celestial en mis oídos.

“Fue entonces cuando me liberé del rol social de complaciente y modosita mujer japonesa y decidí venirme a la India”.

Toda su persona daba testimonio de ser alguien muy especial. Sus palabras finales fueron: “Libertad y felicidad son sinónimos”.

La última imagen que tengo de ella, ya desde la ventanilla del tren, fue dándole un puntapié a un mocetón indio que había osado incordiar a su perro. Todo un carácter.

Todavía tuvo tiempo de girarse y despedirse con la mano y, sobre todo, con su sonrisa.

En Sarnath, gracias a mis conocimientos del idioma japonés, me alojé en un templo budista de la secta Nichiren, originaria de Japón, donde conviví con una joven pareja de aquel país y su perro. Vivían allí ayudados por un par de jóvenes indios, y todas las mañanas y anocheceres nos congregábamos en el templo principal para celebrar una ceremonia muy sencilla, consistente en tocar cada uno su propio tambor y recitar una y otra vez el mantra: “Nam myoho rengue kyo”, en alabanza al Sutra del Loto. Al cantar cada uno a su ritmo y volumen de voz la ceremonia se convierte en una suerte de pandemónium muy característico de dicha secta japonesa.

Al cabo de unos días de convivencia, decidí reanudar mi peregrinaje y viajar hasta Bodhigaya, donde el príncipe Gotama se convirtió en el Buda, en lo que hoy en día es el estado más pobre de la India: Bihar. Mis anfitriones me recomendaron tomar un rickshaw hasta la estación de tren. Sin embargo, el conductor no debió de entenderme porque me llevó justo en la dirección contraria. Al darme cuenta de la equivocación, le pagué desairado y monté en otro rickshaw que tuvo que desandar todo el trayecto anterior, y, para desesperación mía, llegar a la estación justo cuando mi tren ya había partido.

No me quedó más remedio que regresar al templo. Ya antes de llegar me empecé a sentir mal, muy débil y con fiebre. La pareja de jóvenes japoneses se sorprendió al verme de nuevo, y más aún ante lo precario de mi aspecto. Me acosté, y tomé unas medicinas que me suministró él. Pasé todo el día siguiente en cama, muy débil, mientras pensaba en qué hubiese sido de mí de haber caído enfermo en el tren, lo que habría ocurrido de no ser por “el despiste” del conductor de rickshaw. En los peregrinajes —y la vida no deja de ser toda ella un pregrinaje— hasta lo aparentemente negativo tiene su razón de ser. Recuperé la salud mientras escuchaba de fondo incesantemente: Nam myoho rengue kyo… Nam myoho rengue kyo…

Abandoné Benarés —física que no anímicamente pues esto último era imposible— en dirección al cercano enclave de Sarnath, el bosque en el que Buda explicó por primera vez su descubrimiento al grupo de cinco ascetas que se convertirían en sus primeros discípulos.

El bosque de hace dos mil quinientos años es hoy en día un parque en el que campan a sus anchas numerosos ciervos. En el lugar exacto del encuentro mencionado hay erigida una enorme estupa cilíndrica, impresionante por su “gravitas”.

El museo local posee dos piezas que en mi opinión lo convierten en uno de los más interesantes de la India, a pesar de ser también uno de los más pequeños. La primera es el capitel que remataba un pilar mandado construir por el emperador Ashoka en el siglo III a. C., con cuatro leones proyectando sus rugidos hacia los cuatro puntos cardinales, y que se convertiría en el emblema nacional de la India, visible en su bandera.

Debido a vicisitudes históricas, el budismo desapareció casi por completo de la tierra que lo vio nacer, y hoy en día la India es un país predominantemente hinduista, por lo que no deja de ser llamativo que su emblema nacional sea una escultura budista de un animal foráneo, ejemplo formidable del poder que los símolos tienen para traspasar religiones y geografías.

La otra pieza es una escultura de Buda sentado en loto completo y con el mudra (gesto de las manos) del comienzo del giro de la rueda de ocho radios del Dharma en este planeta. La destreza del artista y la finura del material empleado convierten a esta escultura en una de las más delicadas que se han tallado de Buda, capaz de traspasar al personaje histórico para capturar al arquetipo de la perfección que todos llevamos dentro.

Era la tercera vez que un insistente joven se colocaba caminando durante minutos y minutos a mi altura tratando de venderme hachís. Observé que vestía con un inusual e inapropiado suéter de cuello alto, e intuí que lo hacía para ocultar algún problema de salud. Me aventuré a decirle: “Lo de tu cuello tiene muy mala pinta”. Titubeó como sintiéndose descubierto, y replicó ya sin el aplomo de vendedor: “Me escaldé con agua caliente”. Me paré y lo miré directamente a los ojos, vidriosos, sin luz, y dije con gesto serio: “Antes de acabar el año, tú estarás ahí”, señalando una de las piras ardiendo al borde del río. Su gesto le delató. Tras caminar unos pasos me giré; me conmovió comprobar que el muchacho seguía de pie e inmóvil en el mismo sitio donde lo había dejado. Creo que los dos sabíamos que podía ser cierto, y creo —o quiero pensar— que de alguna manera necesitaba ese mensaje, quizá una última oportunidad para cambiar.

Me senté a la orilla del Ganges para contemplar Benarés por última vez, la ciudad de la que Mark Twain escribió con su típico humor: “Benarés es más antigua que la historia, más antigua que la tradición, incluso más antigua que la leyenda, y parece dos veces más vieja que todo eso junto”. Contemplé también el caudaloso río y la blanquecina playa fluvial extendiéndose ad infinítum por la orilla de enfrente, y comprendí que Buda aludiese con frecuencia al número de granos de arena del río Ganges para referirse al concepto del infinito.

A la orilla del Ganges sentí, como nunca antes, cómo las demarcaciones del tiempo y el espacio, la muerte y la vida, lo mundano y lo espiritual se difuminaban y se relativizaban hasta convertirlo todo en nada, o nada en todo. En ese momento comprendí por qué aquellas tierras habían incitado a tantas personas a intensas búsquedas espirituales.

Mi amigo Artur me había aconsejado una pensión de Benarés (Varanasi la llaman en la India) en la que encontré alojamiento por unos pocos cientos de rupias. Lo que más me gustó de ella era la azotea desde la que se divisaba toda la ciudad, siempre cubierta de una especie de calima rosácea, mezcla de contaminación, incienso y humo de piras funerarias. Meditaba allí todos los amaneceres, antes de que la algarabía humana ocultase el canto de los pájaros más madrugadores.

A pesar del caos, las aglomeraciones, la miseria y el ejército de vendedores de hachís que asaltan a los extranjeros, Benarés bien vale la pena, en especial el paseo por los “ghats” a la orilla del sagradísimo río Ganges. Los ghats son plataformas y escaleras de cemento que descienden hasta introducirse en el río, cuyas aguas sirven tanto para purificar a la multitud de devotos hindús que se baña en sus orillas, como para arrastrar los restos de las piras funerarias donde los muertos son incinerados.

La visión de una pierna chamuscada desprendiéndose de un cadáver y rodando fuera de una pira, y el olor idéntico al de una barbacoa, me causaron una fuerte impresión. Benarés no es para melindrosos.

Como lector, odio que insistan en que compre un libro, que me repitan lo que me pierdo por no hacerlo, y desconfío de los autores que se publicitan en todas partes y tienden al autobombo. Como escritor, ahora me doy cuenta de lo difícil que resulta hablar de mi libro sin caer en las mismas trampas que aborrezco.

Afortunadamente, Marineros de piedra ha recibido una crítica tan maravillosa que quiero compartirla con los lectores de este blog, porque quien la escribió no es mi madre, de hecho no la conozco personalmente, pero es alguien que se atreve a firmarla con sus credenciales (Anna Ntinti): una experta en la mitología griega clásica a punto de doctorarse con una tesis sobre la vida de Platón.

Por si no lo sabéis, Platón fue el filósofo que, en sus diálogos Crítias y Timeo, afirmó y repitió que la Atlántida existió, aunque incluso sus discípulos (Aristóteles incluido) dudaran de ello. Humildemente, creo que en Marineros de piedra demuestro que, efectivamente, Platón no mintió.

Podéis leer la crítica de la que hablo en la página de Amazón.es.

Escribir Marineros de piedra me ha llevado cuatro años, pero valió la pena.

He tenido que estudiar prehistoria, astronomía, arqueología, mitología, navegación… y el mero hecho de haber adquirido conocimientos acerca de todas estas materias ya recompensa con creces el esfuerzo invertido.

Cuando ahora contemplo un cielo estrellado o la línea del horizonte sobre los océanos -visiones idénticas a las de nuestros antepasados prehistóricos- las percibo como paisajes familiares que de alguna manera me conectan con ellos a pesar de los miles de años que nos separan.

Tras la lectura de Marineros de piedra tú también puedes compartir esa misma sensación, porque, independientemente de que estés o no de acuerdo con las teorías que en él propongo, aprenderás sobre todos estos temas sin casi darte cuenta.

Marineros de piedra se puede comprar en Amazon haciendo clic en la imagen de la foto de su portada, situada en la barra lateral de este blog.

El tren con destino a Benarés comenzó a moverse casi imperceptiblemente a lo largo del kilométrico andén de la estación de Delhi, con gente subiéndose y bajándose en todo momento hasta que la velocidad de crucero superó a la del último corredor. Los trenes son los mismos que circulaban en los tiempos del colonialismo británico, una sarta infinita de vagones metálicos.

Tomé asiento y observé a mis acompañantes con la misma curiosidad que yo despertaba en ellos. No obstante, con las horas de viaje, la curiosidad derivó en sesteos, lecturas y ensimismamientos.

De entre mis acompañantes, me llamó especialmente la atención una pareja de hermanos, chico y chica, que subió en una de las incontables estaciones. A través de los barrotes de mi ventana había contemplado la escena de despedida de sus padres. El padre y el hijo no paraban de reír y bromear, mientras la madre y la hija se abrazaban nerviosas, con lágrimas en los ojos.

Una vez instalados en el vagón, pude apreciar que la niña iba engalanada como una novia, con un elegante vestido rosa. Al contrario que su hermano, pronto adormilado, ella temblaba de nervios y rompía a llorar a menudo. Pronto lo comprendí: había sido “ofrecida en matrimonio” a cambio de su valor de tasación (más alto cuanto más guapa y blanca). Cómo imaginar su incetidumbre, su angustia, era solo una niña…

A la mañana siguiente salí a la calle con la ilusión de patear la capital de la India, pero lo que no sospechaba es lo pronto que se tornaría en desilusión a causa del intenso acoso que recibiría por parte de niños mendigos, y toda una ralea de timadores. Además, mis zapatillas naranjas ejercían un magnetismo poderosísimo sobre aquellas gentes, en especial sobre los adolescentes, a quienes les resultaba imposible no acercarse para contemplarlas de cerca.

Regresé al hotel (uno para extranjeros, con las comodidades típicas de un hotel convencional) casi corriendo, cambiando aceras para despistar a la turba de mendigos, adolescentes y embaucadores que revoloteaba a mi alrededor. Tampoco resultaría muy diferente al día siguiente, a excepción de que entonces ya sabía lo que me esperaba al pisar la calle, de entre lo cual lo peor era la visión de los niños mendigos, muchos de ellos tullidos.

Pero entonces ocurrió el proverbial encuentro con uno de los conductores de rickshaws (taxis-bicicletas), sobre el que ya escribí un post con anterioridad. Seguí su consejo y me compré el típico atuendo indio, con la camisa larga casi a la altura de las rodillas.

A la mañna siguiente, al salir a la calle disfrazado de indio de la India, con algo de barba y con chanclas en lugar de refulgentes zapatillas, Delhi se transformó en otra ciudad. A partir de entonces podía caminar, tomarme un chai (té con leche hirviendo), abordar un rickshaw, callejear por la Vieja Delhi sorteando los escupitajos rojizos (unos preparados envueltos con hojas de betel con efectos estimulantes), y hasta disfrutar del océano de colores, olores y sabores únicos.

La India es intensa; la India es incomparable. Por fin me sentí con la capacidad de viajar, y no como un turista sino como un indio más, de peregrinar por los lugares donde Buda vivió dos mil quinientos años atrás.

Alunicé en Nueva Delhi. La India carece de posibles comparaciones.

Abordé un taxi con aspecto de coche de juguete, como aquellos que algunas veces me compraban mis padres metidos en una cajita de plástico, y a los que se les podían abrir las puertas. En el trayecto que iba del aeropuerto al hotel a punto estuvimos de colisionar en varias ocasiones.

Los tópicos del colectivo patrio que asumen que los gallegos conducen mal y los cántabros lento, adquieren sentido por estar sostenidos por una idea común sobre la conducción. Cualquier adjetivo que utilizase para calificar la conducción en la India no reflejaría la realidad. Cambios de dirección súbitos, adelantamientos por cualquiera de los lados, golpeteos de parachoques, el claxon para todo y de todos, y la ley del más grande como valor supremo, confieren a la experiencia un matiz entre atracción de feria ambulante y sensación inminente de desastre.

En los taxis del aeropuerto, con cada extranjero se monta un pícaro en el asiento de al lado del conductor, tratando de encontrar el modo de conseguir unas rupias extras, generalmente llevándole a un hotel en el que reciben comisión. Esa trampa la pude evitar, y llegué sano y salvo al hotel solicitado infinidad de veces, en el centro de la ciudad, por cierto, sin casi iluminación nocturna a pesar de su capitalidad.

Me despedí de Japón desde la ventanilla del avión, convencido de que algún día regresaría para cumplir mi sueño de peregrinar alrededor de Shikoku.

Kuala Lumpur (KL) es una metrópoli de grandes contrastes. Algunos de los rascacielos más altos del mundo, como las famosas Torres Petronas, proyectan sombras sobre humildes barriadas ocultas a la vista de los turistas tras kilométricos paneles de hormigón e infranqueables autopistas.

El país es oficialmente musulmán, pero hay comunidades de las principales religiones del mundo coexistiendo en precario equilibrio.

Una chica originaria de KL (gracias Foong Ming), a quien había conocido entre los extranjeros de la Universidad de Nagoya, me había proporcionado el teléfono de un amigo que, según ella, estaría encantado de ejercer de guía turístico. Efectivamente, al día siguiente de llegar, un amable malayo (étnicamente chino) me llevó primero de visita a un moderno templo budista de la floreciente comunidad china, y luego a las cuevas Bato, convertidas en un impresionante santuario hindú, cuya atmósfera invitaba primero al asombro y, una vez dentro, al recogimiento, como Covadonga.

Ya por mi cuenta, dedicaría un día entero en ir y volver a Malaca, una excolonia que pasó por manos portuguesas, holandesas y británicas, de cuya presencia dan fe algunas ruinas. Me impactó un pequeño cementerio, en cuyas lápidas todavía se podían leer los nombre de aquellos colonos europeos, hombres y mujeres que apenas llegaban a vivir una treintena de años.

No me tentó la idea de seguir descendiendo por la península malaya hasta Singapur, pues ya conocía la ciudad. Singapur es el espejo en el que se mira KL, una ciudad cosmopolita y lujosa, donde los peones entran desde Malasia en remolques de camionetas al amanecer y salen de igual modo al anochecer.

Sin embargo, sí que sentí no poder viajar un poco más al sur hasta la isla de Java para visitar Borobudur, una representación en piedra del cosmos budista, un mandala tridimensional en forma de pirámide cuyos relieves ilustran el peregrinaje de mi ídolo Sudhana, el joven protagonista del último capítulo del Sutra Avatamsaka.

Debía regresar a KL para desde allí continuar rumbo a la India.

 

 

 

Los días necesarios para que tramitaran el visado para la India los dediqué a conocer Tokio. Después de patear buena parte del centro, decidí que mi segunda noche, en lugar de dormir a la intemperie como en la primera, dormiría en una cápsula.

La idea de dormir dentro de uno de esos célebres hoteles japoneses podía resultar interesante como experiencia, y sin duda también para el bolsillo, pues son al menos tres veces más baratos que los hoteles y los ryokan (hotel tradicional japonés). Pagué por adelantado en el mostrador de la entrada, me dieron una llave que abría una taquilla donde me despojé de la mochila y las ropas de calle y me enfundé un yukata que hallé doblado en su interior.

La llave también servía para la cápsula, un nicho de la fila superior lo suficientemente alto como para poder sentarme dentro, cuyo único mobiliario era un televisor empotrado en una esquina. Las cuidada zona de baños disponía de ofuros (spas) separados para hombres y mujeres.

Entre los varios hoteles cápsula probados, el del último piso de un rascacielos próximo al templo Sensoji resultó ser el mejor. Desde su terraza se divisaba perfectamente todo el recinto del templo, la zona fluvial y algunos edificios emblemáticos, como las oficinas de una compañía cervecera japonesa, un edificio archiconocido no por su altura sino por la enorme caca situada sobre su entrada. El intento del arquitecto —un renombrado diseñador europeo— por recrear una llama dorada se le quedó en deposición colosal. Pagar una gigantesca factura por una gigantesca hez es como para replantearse el haraquiri.

Durante aquellos amaneceres, salía bien abrigado a la terraza para meditar en dirección al templo, más inspirador que el edificio del otro lado del puente.

Recogí mi pasaporte con un visado para la India válido por tres meses y regresé a Nagoya. Como siempre, compré el billete de avión más barato, lo que implicaba tener que pasar unos pocos días en Malasia. Me alegré de tener la oportunidad de conocer un poco mejor ese rincón del sudeste asiático.

Finalizado el retiro de meditación en la Ciudad de los Diez Mil Budas en California regresé a Japón, como huésped de un buen amigo portugués (un abrazo Artur), con quien disfruté en su apartamento de Nagoya de largas conversaciones en las que pude reactivar mi voz, silenciada durante todo el largo retiro. Fue él quién alimentó mi curiosidad con fantásticas historias sobre la India, pues es un apasionado de aquellas tierras y acababa de regresar de pasar unos días por allá.

Salí a la terraza. Era enero y nevaba copiosamente. Respiré profundamente el aire congelado y me introduje de nuevo en el apartamento. La idea de volver a echarme a la calle para peregrinar en aquellas condiciones ya no me parecía tan atractiva. Le pregunté a mi amigo: “¿Qué tal tiempo hace ahora en la India?”. “Estos meses son los mejores, antes de los calores del verano”, me contestó. Volví a mirar al exterior a través del cristal, y sin girarme añadí: “Me voy a la India”.

Le pedí que me explicase los pormenores del viaje. Lo primero era solicitar un visado en la embajada de Tokio. Durante los más de tres años en que había vivido en Japón, y de mis muchos viajes por su geografía, resultaba increíble que todavía no hubiese visitado la gran capital. Ahora tenía la oportunidad.

Retomé los bártulos de vagabundo, y salí en tren con la idea de pasar varios días por Tokio, los requeridos por las formalidades burocráticas (y también, por qué no decirlo, para no abusar de la hospitalidad de mi amigo). Pasé la noche en los jardines de un castillo próximo a la embajada y a la mañana siguiente formalicé el papeleo. En tres días me darían el visado, sellado para poder entrar en la India inmediatamente.

Aparqué en Japón mis aperos de peregrino y salí volando rumbo a San Francisco (diciembre 2002). Una amiga me recogió en el aeropuerto y me llevó en coche a la Ciudad de los Diez Mil Budas, a un par de horas de conducción pasado el Golden Gate en dirección norte.

El retiro de meditación, en el que ya había participado el invierno anterior, era muy exigente. Comenzaba cada día a las cuatro de la mañana y finalizaba a las doce de la noche. Catorce horas diarias de meditación, con periodos de quince minutos entre cada sentada, que yo generalmente aprovechaba para caminar, hacer estiramientos y yoga.

Las tres semanas transcurrieron sin mayor eventualidad, bajo el repiqueteo de las gotas de lluvia que siempre deja el invierno por estas latitudes, invitando al recogimiento, a la imitación de la naturaleza en su hibernación.

Con la experiencia acumulada, ahora podía sentarme en loto completo durante todo el retiro, algo impensable hacía solo unos pocos años atrás. Los primeros días se fueron en la adaptación al horario y al dolor de piernas que, al contrario que sobre la bicicleta, viene causado por su inmovilidad.

La mente también requiere cierto tiempo para aclimatarse y darse cuenta de que su objeto de atención ya no es externo, que ahora el tráfico al que debe prestar atención no se compone de vehículos con motor de explosión sino de pensamientos y emociones, algunas explosivas.

Poco a poco, cuerpo y mente se tranquilizan y entran en una dinámica, o debería decir estática, en la que los días transcurren lenta y aparentemente sin discontinuidad.

Al final de las tres semanas, me sentía rejuvenecido, dispuesto a regresar a Japón para realizar el peregrinaje de los 88 templos alrededor de la isla de Shikoku. Pero “algo” se interpondría en mis planes, como veremos.

La historia de los bodisatvas secuestrados en búnkeres sobre la que escribí en el post anterior me recordó una de mis primeras excursiones en Japón, cuando fui de visita a un templo que se distinguía por su antigüedad y por la capacidad milagrosa de su talla principal, una escultura del bodisatva Kannon, el arquetipo de la compasión.

El templo se ubicaba en una región rural sin demasiadas señalizaciones por lo que me vi obligado a preguntar al menos a media docena de personas antes de alcanzar mi destino… que resultó ser nada menos que un dichoso búnker cerrado a cal y canto. Me senté en sus frías escaleras con la frustración de quién ha malgastado un día.

Sin embargo, al cabo de unos instantes, me giré para postrarme en el suelo ante las encaladas paredes, con lágrimas en los ojos, pero no de frustración sino de alegría.

Durante esos momentos en que permanecí allí sentado, sin querer, la película del día se proyectó sobre mi mente, y una tras otra, las “trivialidades” acontecidas adquirieron una cualidad diferente: el amable funcionario de la estación de tren dibujándome un plano, las sonrisas de los lugareños, el carnoso caqui que me ofreció un campesino, el sol otoñal, las terrazas fluviales rebosantes de arroz a punto para la cosecha, la anciana de ojos verdosos que me había dado las últimas indicaciones…

Mi frustración por no haber visto al bodisatva Kannon se tornó en vergüenza y humildad por no haber reconocido que, en realidad, no había dejado de verlo ni un solo instante de ese día.

Emprendí el regreso reflexionando sobre todo aquello que, por cotidiano, consideramos carente de valor. Avanzaba por un camino rural absorto en lo extraordinario de lo ordinario cuando, de repente, me encontré dos mil yenes en el suelo, y no pude evitar una carcajada ante lo ordinario que me pareció algo tan extraordinario.

Huyendo del entorno urbano de Osaka, puse rumbo a la zona montañosa del interior, donde encontré diseminados por sus laderas templos de pasado glorioso que yacían fosilizados y reconvertidos en meras atracciones turísticas de fin de semana. Bordeando la sierra regresé de nuevo hacia la costa, a la altura de Wakayama, la ciudad que se convertiría en el punto y final de mi singladura.

Me despedí de mi fiel montura, y la dejé aparcada en unos soportales, pensando que algún día podría volver a por ella. La última noche durmiendo en la calle sería en esa ciudad, y será difícil olvidar la forma en la que en dicha ocasión encontré “alojamiento”. Con las últimas luces del día vislumbré un templo con una entrada diferente a lo usual, y que me recordó, por la ligera subida y sus poderosas paredes, a la del castillo templario de Ponferrada. Accedí al portalón interior y, como de costumbre, procedí a mi rogatoria. Lo increíble fue que, de repente, una ráfaga de viento abrió una portezuela situada a mi izquierda que daba a un jardín interior. Aunque en mis noches de vagabundo había recibido contestaciones a mis ruegos espectaculares, esa fue una de las más sorprendentes por lo inesperado de la “coincidencia” y lo magnífico del lugar. El bodisatva Kannon fue mi anfitrión, a pesar de hallarse secuestrado en un bunker de hormigón.

Al tema de los búnkeres le viene que ni pintado el refrán “es peor el remedio que la enfermedad”. Con el fin de proteger a las esculturas y tallas sagradas más antiguas de la humedad y la eventualidad de un incendio o terremoto, en el recinto de algunos templos hay construido un bunker de hormigón donde dichas imágenes se guardan a temperatura y humedad constantes. El resultado es que el altar del templo pierde todo su encanto y los budas y bodisatvas se ven avocados a vivir cautivos entre cuatro paredes asépticas, ocultos a los ojos de los visitantes, sin incienso, sin flores, sin ofrendas… sin vida.

Después de haber “demostrado” que la imaginación nos puede servir para descubrir cosas tan interesantes como que Japón es un dragón, y que la isla de Shikoku es una perla enorme, puedo volver al peregrinaje en bicicleta que había “aparcado” después de cruzar las montañas que separan la costa del norte de la del sur de Japón.

La costa bañada por el Pacífico (la del sur) congrega a la mayor parte de la población, de ahí que el nuevo escenario de mi peregrinaje difiriera considerablemente del del mar del Norte (¡cuántos dels!), pues ahora me movía en entornos predominantemente urbanos. Especialmente desagradable resultó mi tránsito por el océano urbano de Osaka, la segunda ciudad en número de habitantes de Japón (tras la capital Tokio).

Cierto día, el único reducto en el que pude encontrar un lugar donde pasar la noche fue un cementerio. Bajo una estatua del bodisatva Jizo que protege a los viajeros, especialmente a los que emprenden su último viaje, planté mi reducido campamento entre los panteones con las cenizas de los muertos.

Y dormí como un ángel hasta que, ya de madrugada, algo me sacudió. Me incorporé sin saber muy bien qué verían mis ojos. Delante de ellos se acabó por perfilar la figura de una señora mayor de aspecto nada fantasmal, quien me apuraba a que me levantase. Justo cuando cargaba con la mochila al hombro y me disponía a abandonar mi “suite”, una tromba de gente con cubo y cepillo en mano entró al cementerio para limpiar los relicarios. Resultó que ese día era el de la limpieza. No sé quien sería aquella señora, pero fue toda una suerte que acudiese con antelación para despertarme.

A las evidencias geográficas e históricas que hemos discutido sobre la hipótesis de que Japón sea un dragón todavía se le pueden añadir los aspectos más sutiles derivados de aplicar a su dragoniana anatomía las revelaciones de las tradiciones espirituales orientales.

Así, en la tradición alquimista china, el cuerpo contiene tres centros energéticos principales, denominados “dantien” (literalmente campos de cinabrio). El inferior se halla en la barriga (en japonés “hara”), el intermedio sobre el corazón, y el superior en la cabeza. Estos centros regulan los aspectos volicional, emocional e intelectual, respectivamente. La aséptica anatomía forense supongo que diría que todo lo que se halla en estos lugares son las glándulas suprarrenales, el timo y la pituitaria. El objetivo del alquimista consiste en reconocer y dominar dichos centros para acceder a la auténtica naturaleza de su ser, la cual se hace manifiesta a través de una profunda unión mística, un sentimiento de amor universal, y la posibilidad de realizar viajes extracorpóreos.

El dantien inferior o centro de gravedad del dragón coincidiría con nada menos que la montaña sagrada Fuji, el cono icono de la perfección y la serenidad. El dantien intermedio del corazón coincidiría con las antiguas capitales de Kioto y Nara, pero aún más significativo es el hecho de que el santuario sintoísta más sagrado e importante de Japón se halla precisamente allí, en Ise, y está dedicado a la diosa solar Amaterasu, reverenciada por su candidez y compasión, rasgos del todo atribuibles al corazón. Por último, el dantien superior coincidiría con la isla de Kyushu (cabeza), allí donde los contactos con las civilizaciones del interior del continente asiático han sido frecuentes durante toda la historia de Japón, y por donde entraron, entre otros conocimientos, el confucionismo de China y sobre todo el budismo originario de la India. En definitiva, filosofías y análisis sobre el significado de la vida y su propósito último, totalmente pertinentes y adecuadas a las capacidades atribuibles a la cabeza.

Aunque toda esta prolija descripción se produjo en apenas unos instantes, lo que realmente me convenció de estar sobre algo más que un juego de la imaginación fue el último de los descubrimientos, el que surgió justo después de mirar la lámina de Kobo Daishi. Se trataba de la isla de Shikoku, la cual no acababa de encajar en la anatomía del dragón. ¿Qué pintaba esa isla allí?, flotando sobre el pecho, como sostenida…. ¡Eureka! La última pieza del puzle encontró acomodo con suavidad y precisión en la foto final.

¡Los dragones siempre llevan consigo una joya de la que nunca se separan demasiado! ¡Shikoku es la joya del dragón! No es de extrañar, pues, que Shikoku fuese el lugar de nacimiento del místico Kobo Daishi, y quien apreció su calidad de mandala cósmico estableciendo sobre ella el famoso peregrinaje de los ochenta y ocho templos.

Si la anatomía de Japón no fuese ya de por sí sola dragonianamente convincente, los emplazamientos humanos y la historia de la nación aportan pruebas adicionales, cuando menos curiosas.

Por ejemplo, las antiguas capitales de Nara y Kioto se sitúan a la altura del corazón, mientras que la capital moderna, Tokio, se halla en la panza. El traslado de la corte imperial que tuvo lugar durante el periodo Meiji a finales del siglo XIX, desde el corazón a la panza, refleja el cambio experimentado en la sociedad japonesa de abandono de lo espiritual en favor de lo material.

El periodo Kamakura del siglo XII, así llamado porque el gobierno de la nación se estableció en la península de dicho nombre, posee las características propias del órgano de micción y sexual del dragón (hasta saliendo de él hay una ristra de islas a modo de gotitas). El periodo Kamakura se caracterizó por sus guerras y por su prolijidad en la aparición de profetas fundadores de las principales escuelas budistas propiamente japonesas que han sobrevivido hasta la actualidad. (Honen fundó la escuela Tierra Pura, Shinran la Nueva Tierra Pura, Eisai la Zen Rinzai, Dogen la Zen Soto, y Nichiren la que lleva su nombre). La tensión vivida en dicho periodo entre violencia y paz, entre guerras y búsquedas espirituales, lo convirtió en uno de los más seminales de toda la historia de Japón.

Asimismo, la política beligerante colonialista en la que se embarcó el país durante la primera mitad del siglo pasado, y que se cerró con las pavorosas explosiones de sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, guarda cierta relación con el periodo Kamakura, pues de los horrores de la guerra resurgió una nación radicalmente comprometida con la paz. Curiosamente, Nagasaki se halla exactamente sobre los ojos del dragón, e Hiroshima sobre su garganta. Las proclamas violentas de un pueblo cegado por su codicia expansionista se transformaron en gritos de sufrimiento y clamores de “¡nunca más!”.

(Habrá que esperar para saber qué es la isla de Shikoku).

Y hablando de monstruos, recuerdo la extraña visión que tuve una noche de verano en mi apartamento. Me levanté desvelado por el asfixiante calor y descansé la mirada sobre un mapa de Japón que había colocado sobre la pared, en el que marcaba con rotulador los lugares visitados. Luego giré la cabeza para observar la otra pared donde colgaba una lámina de Kobo Daishi (monje del siglo VIII muy venerado en Japón) vestido de peregrino. Mi pensamiento se detuvo. Volví a mirar el mapa de Japón y… ¡No podía creerlo! Mi mente había procesado algo que a mi intelecto le constaba digerir, aunque finalmente accedió, medio en broma medio en serio, a ponerle palabras. Se trataba de un descubrimiento de gran repercusión, aunque no al alcance de la mayoría de la gente (a excepción de los niños, claro).

Entre los seres que habitan las mitologías de la mayoría de las civilizaciones destacan por su frecuencia unos seres formidables, híbridos entre reptiles y aves, que surcan los cielos y los océanos escupiendo fuego por la boca: son los dragones. Yo acababa de descubrir que los dragones no son seres ficticios, sino que existen y están vivitos y coleando. ¿Dónde? Justo debajo de nuestras narices. ¡Vivimos sobre dragones! De hecho, los continentes son un grupo de dragones que viven en esta charca azul del universo que llamamos planeta Tierra. ¡Los terremotos son en realidad “dragón-motos”!

«¡Tonterías!», se apresura a enjuiciar nuestro henchido hemisferio cerebral izquierdo justo antes de fagocitar la pasa en la que se ha transformado el derecho, cuyas últimas palabras son: «pero es verdad». ¡Es verdad! Los dragones viven millones de años y por eso sus movimientos son muy lentos, o debería decir que a los humanos (que vivimos menos que lo que dura uno de sus resoplidos) nos parecen muy lentos. Japón es una cría de dragón, lógicamente inquieta, de ahí su especialmente marcada actividad sísmica.

¿Queréis verlo? Entonces abrid el atlas por la página de Japón y girarlo 50º hacia la derecha (o mirad el mapa de este post). La isla del extremo izquierdo (Kyushu) corresponde a la cabeza; la isla principal (Honshu) conforma el cuerpo, y la isla de la derecha (Hokkaido), la cola. La ristra de islas que se extiende hacia la izquierda desde su boca es lógicamente una bocanada de fuego (por eso hace tanto calor en Okinawa). La cordillera montañosa que la recorre de un extremo a otro no puede ser otra cosa que su poderosa columna vertebral. En la espalda de la cría del dragón hasta se pueden ver unas incipientes alas, y uniéndose al vientre se distinguen dos poderosas penínsulas, que no son sino las musculosas patas traseras. Sorprendente, ¿no?

¿Pero, entonces, qué será Shikoku, la isla más sagrada del archipiélago, la del peregrinaje de los 88 templos, situada sobre el pecho del dragón?

En menos de dos días había atravesado Japón de norte a sur, uniendo la ciudad de Tottori a la orilla del mar de Japón con la de Kobe a la orilla del océano Pacífico, curiosa y desgraciadamente, ciudades hermanadas en su luto por los terribles terremotos sufridos hacía pocos años (2000 y 1995 respectivamente).

Por algún resorte desconocido del subconsciente, a mi mente acudieron fotogramas de aquellas películas japonesas que visioné en mi niñez, plagadas de monstruos prehistóricos tipo Godzilla despertando de letargos milenarios que causaban tremendos estragos en las ciudades y eran sometidos finalmente por robots tipo Mazinguer Zeta.

Recorriendo en bicicleta la geografía de Japón llegué a comprender la obsesión de este pueblo ante el poder destructivo de la naturaleza. En sus películas, el miedo es sublimado mediante la aparición de robots capaces de derrotar a los monstruos prehistóricos, dragones o descomunales simios.

Sin embargo, ese sueño (que la tecnología acabará por someter a las fuerzas telúricas) se rompió hecho añicos a consecuencia de los dos terremotos mencionados, además del último y más escalofriante, el de Fukushima, porque además les dio a conocer (nos dio a conocer a todos) otro tipo de monstruo: las centrales nucleares.

Tras el retiro de meditación en Antaiji, recuperé la bicicleta que había dejado aparcada en una estación de tren y reanudé mi peregrinaje.

La costa del mar del Norte de Japón está salpicada de jirones de rocas con extrañas formas. Hipnotizado por su belleza, especialmente en esos días de invierno, continué viajando a su vera en dirección oeste, hasta que la climatología dijo basta.

Un amanecer reveló un paisaje blanco: una delicia para la vista, un tormento para los huesos. Cuando en el visor del termómetro digital de mi despertador apareció un signo menos delante de la cifra de la temperatura, supe que era el momento de poner rumbo sur, a la costa del Pacífico.

Para ello, antes debía cruzar el sistema montañoso del interior. La visión del cielo que cubría las montañas, aunada a la de la carretera cubierta de nieve y a la de mi endeble bicicleta, me hicieron titubear. Justo entonces, algo sorprendente ocurrió en el cielo: las nubes se abrieron por un instante y un rayo de luz solar me impactó en los ojos. Era la señal que necesitaba.

Un quitanieves me adelantó y pude colocar mis ruedas sobre la rodada que iba dejando. Otros pocos vehículos equipados de cadenas en sus ruedas vinieron detrás, los conducidos por humanos se apartaban al adelantarme, los demás arrojaban sobre mí una andanada de sucia nieve, y unos y otros debían de preguntarse por el loco que se dirigía en bici hacia las ominosas montañas.

Empecé a negociar curva tras curva de un ascenso “tipo-Pajares”, algunas sobre la bici y las más a pie sobre las botas empapadas por las riadas que cruzaban la carretera. Por fin, bien entrada la tarde, alcanzaría la cota más elevada, donde un larguísimo túnel me pondría en contacto con la vertiente sur. Me sentía eufórico, pensando que lo peor había pasado.

Sin embargo, el descenso sin dar pedales a tan bajas temperaturas provocó que todo mi cuerpo se congelase casi de inmediato, en especial manos, cara y pies. Eché pie a tierra en el primer pueblo del valle, rígido como un témpano. El dolor de pies y manos era tan intenso que me llevó minutos descalzarme.

Entré en el local de un área de descanso y pedí un tazón de sopa (ramen) sobre el que hacer inhalaciones, sumergir los dedos (de las manos) y dar friegas a los pies, los cuales iban alcanzando la temperatura ambiente entre dolorosas punzadas provocadas por la sangre reconquistando la superficie. Tras recuperar las sensaciones, regresé para patear a la bici, no como castigo a su comportamiento, sino para liberarla de los mazacotes de hielo que la aprisionaban.

Gracias a los últimos rayos del sol de ese día, los mismos que me habían invitado a este lado de las montañas, disfruté de las vistas de unos paisajes montañosos inmaculados. En una pequeña ciudad pude secar la ropa, las botas y el saco de dormir en una lavandería pública. Esa noche encontré un pequeño templo especialmente tranquilo y acogedor donde disfruté de un sueño reparador.

Después de varias semanas de dar pedales y de visitar templos de sobrecogedora belleza, alcancé la base de la montaña donde se emplazaba Antaiji. Ya sólo me quedaban cuatro kilómetros en subida para conocer uno de los principales templos Zen de Japón, y además durante el Rohatsu, el retiro de meditación más importante del año.

Mientras ascendía, especulaba sobre el número de monjes y meditadores congregados para la ocasión. Lo angosto del camino no anticipaba la planicie que se abría a su término, con el monasterio bien centrado en ella, y más grande de lo imaginado.

Llamé a la puerta y, para mi sorpresa, me recibió un monje alemán, prototipo de ario, quien me acompañó hasta la que sería mi habitación. Quedamos emplazados para la cena en el único cuarto caldeado mediante una estufa de leña situada justo en su centro. Me sorprendía el silencio y la ausencia del trajín que supuse intrínseco a tan importante retiro.

La conversación acaecida durante la cena me dejó estupefacto. Él era el único monje residente, el único heredero de Antaiji. El último maestro se había matado el invierno pasado, despeñado mientras quitaba la nieve del camino. Desde lo luctuoso del acontecimiento, los monjes, de por si ya pocos, fueron emigrando a otros templos, y así hasta quedar él sólo. Se acababa de casar con una rolliza japonesa y ambos conformaban todo el personal residente de Antaiji.

Los participantes del Rohatsu de ese año, 2002, seríamos él y yo. Me quedé desolado.

El retiro transcurrió con normalidad, y concluyó con un frío especialmente intenso que anunciaba la primera nevada del invierno. Descendí de la montaña, mientras arriba comenzaba a nevar.

Mientras pedaleaba a lo largo de la costa del mar del Norte de Japón, recordé que mi primer retiro de meditación tuvo lugar precisamente en la ciudad costera que volvía a visitar, situada al norte de Kioto , con una presencia telúrica audible, y con un nombre muy presidencial: Obama, en la prefectura de Fukui.

Recuerdo que en el templo la mayoría de los meditadores éramos extranjeros. Recuerdo también con una sonrisa mi inexperiencia, embutido en un chándal multicolor rodeado de gentes de sobria indumentaria y aires marciales.

El primer día del retiro (sesshin) me sobresalté pensando que se había declarado fuego en el templo, cuando, con el repiqueteo de una campana, todos se levantaron inmediatamente del cojín de meditar y salieron atropelladamente de la sala. Yo salí el último, todavía con una pierna dormida, pensando que íbamos a por cubos de agua, pero al volver una esquina, allí estaban todos, arrodillados y en fila, esperando turno para entrevistarse con el maestro, Harada Roshi.

Yo escuchaba aterrado la bronca que el imponente maestro zen soltaba al meditador que me precedía. Cuando llegó mi turno, accedí nervioso al cuarto, me arrodillé ante él y todo lo que se me ocurrió comentarle es que me dolían mucho las piernas.

Harada Roshi abrió los ojos, esbozó una sonrisa y dijo: “Itami to henwa, onaji mono desu” (dolor y placer son la misma cosa).

Volví a mi cojín reflexionando sobre la frase. Yo no ponía en duda que fueran la misma cosa, pero a ver quién era el guapo que convencía a mis piernas.

Cada pedalada me acercaba un poco más a mi objetivo, un monasterio situado en las montañas que se alzan entre Kioto y Nara al que acudía todos los meses para realizar un retiro de meditación, un sesshin de tres días sobre el que ya escribí un post anterior.

El ofuro (baño tradicional japonés) en la “pota de los caníbales” me supo a gloria bendita. Después de tres semanas de pedalear y dormir a la intemperie, disponer de techo sobre mi cabeza, tatami bajo mis pies, comida caliente en mi bol y, sobre todo, la tranquilidad del monasterio, no solo eliminaron de ese retiro toda sensación ascética, sino que, paradojas de la vida, casi lo convirtieron en unas balsámicas vacaciones. Incluso las muchas horas sentado inmóvil sirvieron para que la incipiente tendinitis de mis rodillas desapareciera casi por completo.

Cuando a su finalización, en lugar de tomar el autobús con mis compañeros, tomé la bici, no pude evitar un respingo. Mi siguiente destino era Antaiji, el monasterio donde los maestros Sawaki Roshi y Uchiyama Roshi revitalizaron el Zen el siglo pasado. Originalmente, Antaiji estaba ubicado en Kioto, pero hacía años que, por razones que desconozco, había sido trasladado a un plató sobre una montaña próxima a la costa del mar del Norte, en la prefectura de Hyogo.

Una de las principales celebraciones budistas tiene lugar el día en que se conmemora la iluminación del príncipe Gotama (cuando se convirtió en un buda, en un ser despierto), concretamente el octavo día del decimosegundo y último mes lunar. Las implicaciones cósmicas de estas fechas son las mismas que dan soporte a que el día de la natividad de Jesús se celebre el veinticinco de diciembre. El solsticio de invierno marca el punto de inflexión del ciclo del sol, cuando detiene su caída y comienza a escalar de nuevo por el horizonte. El solsticio de invierno es motivo de celebración luminosa en la mayoría de las civilizaciones porque, en las entrañas del mortecino invierno, el sol ya anuncia la llegada de otra primavera.

La modernización de Japón durante el periodo Meiji conllevó el abandono del calendario lunar en favor del solar, lo que supuso que la festividad de la iluminación de Buda se fijase en la fecha del ocho de diciembre. En los templos budistas es frecuente que la semana que culmina en tal día tenga lugar un retiro de meditación. Ese año llegaría en bici a Antaiji para participar en el retiro más importante del año.

En el post anterior menciono que durante mi peregrinación en bici por Japón apenas si tuve percance alguno. No obstante, en una ocasión me topé con un par de fantasmas.

Cierta noche, mientras buscaba un lugar en el que poder descansar, entré en una casa abandonada a través de una de sus ventanas rotas. Una vez que mis ojos se aclimataron a la oscuridad reinante en su interior, intenté evaluar la conveniencia del lugar. La habitación todavía tenía cierto mobiliario destartalado y hasta una especie de pequeño altar con un incensario y un par de fotos que no podía distinguir. Decidí cogerlas y salir a la calle para verlas a la luz de una farola próxima. Volví a saltar por la ventana, pero cuando llegué a la farola me di cuenta de que las fotos no estaban en mi bolsillo.

El asunto me extraño sobremanera pues la pirueta necesaria para brincar por la ventana no daba ni mucho menos para tanto. Desanduve mis pasos y encontré las fotos justo sobre el alfeizar, como remisas a salir a la luz y desvelar su identidad. Esta vez no las guardé en el bolsillo, sino que con ellas en la mano regresé bajo la farola. Entonces, un escalofrío estremeció todo mi cuerpo. Eran las fotos de dos mujeres fantasmagóricas, horripilantes, una con aspecto de bruja aviesa, y la otra con aspecto fofo y ojos carentes de pupilas. Además, sobre las paredes del fondo del antro donde habían sido tomadas las fotos, se distinguían cuadros con seres diabólicos.

Regresé para arrojar las fotos por la ventana, y salí de allí pitando mientras recitaba el mantra de la gran compasión. Esa noche dormiría con un ojo abierto en los soportales del templo local. La experiencia me proporcionaría una importante lección a la hora de elegir los lugares propicios donde pasar las noches. ¡Nunca en lugares yin!

La primera noche la pasé dentro de la barriga de un dragón. Anochecía cuando una ligera llovizna comenzó a caer justo en el momento en que atravesaba un parque infantil. De entre todos los cachivaches para la diversión de los niños, destacaba un enorme dragón de madera, cuyo ahuecado vientre proporcionaba un amplio cobijo. Decidí quedarme allí, y tomé como señal muy auspiciosa que en mi primera noche hubiese sido el huésped de tan distinguido anfitrión.

Los lugares más habituales en los que pasaría las noches fueron las espaldas de los templos, bajo los amplios alerones de sus tejados. Solían ser lugares tranquilos donde me sentía protegido, y donde frecuentemente encontraba por sus inmediaciones algún grifo con el que poder asearme. Además, el entarimado me proporcionaba un lugar perfecto sobre el que poder practicar yoga y sentarme a meditar.

No recuerdo lance alguno reseñable por su peligrosidad, si acaso, en un par de ocasiones me vi en ciertos apuros. Por ejemplo, en una noche especialmente fría, en lugar de continuar mi búsqueda hasta localizar un sitio que reuniese unas mínimas garantías, decidí acurrucarme en el portal de una casa, cuya única particularidad era que el coche aparcado en frente estaba cubierto de una manta, de cuyo abrigo yo me consideré más merecedor.

Serían las tantas de la mañana cuando la puerta se abrió justo detrás de mí, y se volvió a cerrar súbitamente. Me levanté azorado, recogí el tenderete, y volví a cubrir con la manta a su legítimo destinatario. La puerta volvió a abrirse enmarcando a una pareja de madrugadores ancianos con gesto sorprendido.

Les ofrecí todo tipo de sinceras disculpas y traté de explicar los motivos para tan intempestiva aparición en su portal. Cerraron la puerta sin mediar palabra. Con la bici de la mano, caminaba apesadumbrado por el inconveniente causado, cuando, de repente, escuché tras de mí: “Chotto matte kudasai!” (¡Espere por favor!).

El paisanín se acercó a paso ligero y, con ambas manos y una ligera reverencia, me ofreció un par de plátanos. Le puse el pie a la bici, y acepté el donativo con ambas manos e igual grado de inclinación en mi reverencia. Ese instante evaporaría toda mi pesadumbre, al igual que los rayos del sol harían con la helada algunas horas después.

Me alejé en el silencio del amanecer recitando el mantra de la gran compasión.

Ayer fue un día especial, porque viví en mis carnes esos cinco minutos de fama que a todos nos llegan alguna vez en la vida.

Como ya dije en otro post anterior, a veces envío las cosillas que escribo a concursos. El ayuntamiento de un pueblo del norte de Madrid (Moralzarzal) organizó un concurso literario al que envié uno de mis cuentos. Resulta que me llamaron porque estaba entre los ocho finalistas. Nos subieron a los ocho autores a un estrado dentro de la plaza de toros (!), y con la tensión de los Oscars (salvando las distancias), una señora comenzó a abrir el sobre en el que ¡estaba mi nombre! (lo pronunció mal y por un momento no supe si se refería a mí).

Después vinieron los aplausos, la entrega del premio, un discursito, entrevista para la televisión local, ¡hasta firmas del libro! pues ya lo habían publicado.

El cuento lo titulé Un cuento de niños para adultos, y es eso, un cuento en el que hablo metafóricamente de la importancia de controlar los cinco deseos que nunca son suficientes para sentirnos satisfechos (dinero, sexo, fama, comida y dormir). La fama nos parece la más inocua de la lista, pero precisamente por eso  puede resultar la más peligrosa.

La próxima semana voy a recoger otro premio parecido a Valencia, por un cuento que trata sobre la importancia de no apegarnos a las cosas materiales… ¿Un mensaje para el propio autor? Ahí estáis para corregirme.

Cerré la puerta, dejé la llave en el buzón y encaje la mochila en la cesta del manillar de mi bici, una de paseo normal y corriente. La primera pedalada que puso la bici en movimiento bajo la fría llovizna de aquella mañana de noviembre no la olvidaré jamás. Esa pedalada me constató que no era un sueño, ¡estaba ocurriendo! Sin trabajo, sin casa, sin pertenencias, sin compromisos, sin destino cierto… libre como nunca antes me había sentido.

Un sencillo mapa de Japón y una brújula componían todo mi instrumental de navegación. Las carreteras y caminos los iba eligiendo sobre la marcha en función de la belleza o fealdad del paisaje y del tráfico. Avanzaba despacio, sin prisas y parándome allí donde encontraba sitios de interés, generalmente templos. Mi primer objetivo era acudir al retiro de meditación del mes de noviembre en un monasterio de las montañas que hay entre Kioto y Nara.

La búsqueda diaria de un lugar donde poder pasar la noche se terció en un ritual cotidiano. Allí donde el anochecer me encontraba procedía a recitar el mantra de la gran compasión mientras trataba de divisar algún templo, budista o sintoísta, en el que proferir solemnemente la misma rogativa. Pedía a los seres visibles e invisibles del lugar hospitalidad durante las horas de la noche. En mi descaro, hasta imponía una condición: que por favor mi presencia no molestase a nadie.

Una vez localizado el lugar, me lavaba los pies con algo de agua, me ponía ropa cómoda, desplegaba el aislante a cuya cabecera siempre colocaba una foto del maestro Hua, hacía los ejercicios de yoga, meditaba una hora, extendía el saco y me introducía en él para dormir unas siete horas. De madrugada, tras asearme y ponerme las ropas de caminante, recogía todo, hacía ejercicios de estiramientos, y volvía a meditar otra hora.

foto 5 añosDebía deshacerme de todas mis pertenencias antes de salir a recorrer Japón en bici. Algunos libros y los elementos del altar, sin mucho más valor que el sentimental, los envié por correo a casa de mis padres en España.

Unos días antes de la fecha de mi partida invité a amigos y compañeros a tomar un té en mi apartamento. Sus palabras de cariño y aliento fueron conmovedoras, pero lo que no sabían es que se trataba de una encerrona: les hice prometer que no se irían de mi casa con las manos vacías.

Así fue cómo una compañera china se llevó el pequeño frigorífico y productos y utensilios de cocina; mi buen amigo Sogo se llevó el kotatsu (una mesita con brasero debajo), útiles de dormir y el aspirador; un francés que era el presidente de la asociación de estudiantes extranjeros de la universidad se llevó casi toda mi ropa (incluido el traje de los congresos) para repartir entre quienes más lo necesitaban (extranjeros, por supuesto); otro estudiante, mis raquetas y botas de fútbol; otro, el tronco brasileño…

Finalmente fui puerta por puerta despidiéndome de mis vecinos, les regalé tazas, telas, mi tabardo, dulces… hasta acabar con todo. Mis vecinos eran viejos, como el bloque de apartamentos, vivían solos y pobres, abandonados por sus familias y por la indiferencia de una sociedad -y no me refiero sólo a la japonesa- que prefiere esconder la vejez.

Mi vecino de enfrente, siempre elegante y dispuesto a charlar un rato aunque casi no nos entendiéramos, ahogaba su soledad con sake. Le regalé una cartera de cuero que yo nunca utilicé, regalo de una ex, y el hombre se echó a llorar desconsoladamente. A saber cuándo fue la última vez que alguien le regaló nada.

El día antes de mi partida, en mi apartamento sólo quedaba una mochila con lo imprescindible para el peregrinaje… y el eco de mis pisadas.

P.D.: Al buscar una foto con la que ilustrar este post me he quedado con la que aparece. Todavía no sé cuál es la conexión… ¿Porque era feliz con un balón?, ¿porque quiero pensar que nací sabiendo meditar? (!), ¿por mi pelazo?

Una vez presentada mi dimisión, debía decidir qué hacer con mi vida. Solo necesité el tiempo que me llevó tomarme una taza de sencha (té verde japonés): sería peregrino a tiempo completo.

Con la llegada de noviembre (del año 2002) salí a recorrer Japón en bicicleta. Durante las semanas anteriores a mi partida traté de deshacerme de todas mis pertenencias hasta quedarme con lo imprescindible.

Lo más valioso eran los libros, en especial los sutras, como el de la Guirnalda Floral (una docena de tomos), más conocido por su nombre en sánscrito, Avatamsaka, y que doné al templo de Kioto reminiscencia del de Antaiji, frecuentado por extranjeros deseosos de saborear el Zen en Japón.

El capítulo final de este Sutra —un libro en sí mismo llamado Gandavyuha— es una de las lecturas más fantásticas que jamás haya leído. Relata las aventuras de un joven peregrino llamado Sudhana en su búsqueda de la sabiduría a través de sus encuentros con maestros de lo más variopinto: monjes y monjas, un capitán de barco, una prostituta, unos amantes, ascetas, espíritus, bodisatvas, seres terroríficos, y así hasta cincuenta y tres encuentros. El peregrinaje culmina con el primero de los maestros, el bodisatva Manjushri, el de la sabiduría, quién certifica su despertar y le conmina a visitar todavía a un último maestro: el bodisatva Samantabhadra, el de la acción.

El otro gran sutra, el Sutra del Loto, se lo regalé a un buen amigo portugués que conocí en la Universidad de Nagoya (un abrazo, Artur), un ingeniero más interesado por lo espiritual que por los chips de silicio. La particularidad de este sutra son sus parábolas, algunas idénticas a las relatadas por Jesús, como por ejemplo la del hijo pródigo.

La lectura de esos sutras fue una de las principales fuentes de inspiración para que decidiese cambiar mi trabajo por un viaje sin prisa alrededor del mundo.

El peregrinaje alrededor de la península de Chita resultó adictivo. Una vez finalizado, volvería a realizar un segundo peregrinaje también alrededor de la misma península pero enlazando diferentes templos: treinta y tres templos dedicados al bodisatva Kannon, el arquetipo de la compasión. Luego realizaría otro más dentro de la misma ciudad de Nagoya, gracias al cual descubrí algunos templos fascinantes, como el que albergaba un bodisatva con cabeza de caballo.

Entre peregrinaciones, retiros mensuales y el tiempo dedicado a leer y meditar en casa sobre temas espirituales, lógicamente, el interés por mi trabajo científico se fue diluyendo hasta desaparecer casi por completo. Durante el tercer año de mi estancia en Japón comenzaría a replantearme muy seriamente mi carrera científica. ¿Quería ser un científico el resto de mi vida? La providencia volvió a enviarme una señal.

Cierto día fui requerido por las oficinas del departamento por un asunto bien extraño: mi nombre había bloqueado el ordenador central que realiza el pago de los salarios de todos los empleados. Al parecer, el guión colocado entre mis dos apellidos se había atravesado entre alguno de los circuitos de la maquinaria, y la única manera de solucionarlo era eliminándolo, lo que suponía volver a pasar por toda la burocracia del primer día de hacía casi tres años, banco incluido, cambiando mi nombre por otro donde no figurase el dichoso guioncito, el cual, por cierto, no había dado guerra ninguna en todo ese tiempo (en Japón no existe la flexibilidad burocrática). Solucionar el asunto me llevó toda la mañana, pero lo que nunca pude imaginar es que esa misma tarde volvería a recibir una llamada de las mismas oficinas informándome de que ahora era mi nombre el que se había atravesado y que tenía que volver a realizar idéntica operación. No daba crédito a lo que oía.

Volví a pasar por la vergüenza de rehacer la cuenta del banco por segunda vez en el día y por idéntico motivo, y cuando llegué a la oficina por la tarde me encontré con una escena totalmente inesperada. Un profesor del departamento con el que apenas si había tenido trato, precisamente ese día me había estado buscando, y ante la imposibilidad de localizarme se había disgustado considerablemente. De repente mi nombre se le atragantaba a los ordenadores, y mi persona a un colega.

Recibí el mensaje, era el momento de decir adiós a mi trabajo como científico. Esa misma noche redacté y presenté mi dimisión, efectiva con la finalización del siguiente mes, justo cuando se cumplían tres años desde mi llegada a Japón.

El tiempo vuela, como se suele decir, y este blog cumple su primer año de vida. Sesenta posts, aproximadamente uno a la semana, en los que al echar la vista atrás me doy cuenta de que, casi sin quererlo, me he dedicado a recordar historias y anécdotas que pudieran guardar, no lo sé, alguna enseñanza. En torno a los 200 lectores semanales (en español e inglés) me parece un volúmen de visitas más que interesante (lo seguiría siendo independientemente del dato).

He recordado el cumpleaños (como recordaré los futuros, si los hay) debido a que el blog lo inicié la semana en que se produjo aquel terrible tsunami de Japón (11 de marzo de 2011).  Entonces escribí un post sobre la tragedia en el que deseaba que el desastre nuclear no acabase fatal, e ignorando el número de víctimas que se produjeron. Un año más tarde sabemos que las víctimas fueron casi 20 000… Namo Amita Butsu (breve plegaria budista en japonés).

En cuanto al debate de la energía nuclear, debemos recordar las manifestaciones en Japón, las zonas de exclusión, los alimentos sospechosos de ser demasiado radioactivos, y sobre todo el miedo a vivir con el cóctel de centrales atómicas, terremotos y tsunamis. Dato: 3 000 personas trabajan al día de hoy en Fukushima para evitar filtraciones… tardarán 25 años en poder retirar el combustible, y otros 15 más en desmantelar los reactores… y “afortunadamente no pasó nada”. ¿Existe realmente el debate?

Mi primo Tito me ha enviado la foto que utilizo en el post de hoy. Es una pegatina del peregrinaje de los 88 templos alrededor de la isla de Shikoku del que tanto he hablado, que algún japonés (o japonesa) dejó pegada en el Hotel Medulio de mi primo Gelo, ¡en León! Curioso, ¿no? (Gracias Tito por la foto, y si váis por Las Médulas no dejéis de pasaros por el hotel).

Hoy voy a escribir el último post relacionado con el peregrinaje alrededor de la península de Chita, reconociendo que no todo son maravillas: a veces el peregrino también se ve asaltado por la enfermedad.

La decisión de dormir al aire libre trajo consigo más horas de caminata con la mochila a cuestas, especialmente pesada en invierno, y menos horas de descanso. Una madrugada de lunes invernal, tras un fin de semana de peregrinaje especialmente intenso, cuando me disponía a levantarme para ir al trabajo, sentí un dolor tremendo en la zona lumbar, unos trallazos que bajaban por una de las piernas y mortificaban hasta el menor de mis movimientos.

Me vestí a cámara lenta, y caminando como las muñecas de Famosa cuando se dirigen al Portal, llegué hasta la parada del autobús que me llevaría al hospital. Rápida, eficiente, moderna, y hasta cálidamente, los doctores y enfermeras atajaron el dolor y diagnosticaron una hernia discal. (Era la segunda vez que tenía que probar la medicina nipona en un corto plazo, la primera a causa del tormento infligido por un cálculo renal en su desgarrador viaje de salida, producto de una hidratación deficiente).

La lesión del disco intervertebral me forzó a aplazar el peregrinaje y a replantearme mi actitud. Las caminatas cargado como un burro, el comer una sola vez al día, beber poco y mal, los ayunos en días de luna nueva y llena, y dormir a la intemperie, habían topado con el límite de mi resistencia. Me asombraba la capacidad tan tremenda de trabajo del cuerpo, pero también su fragilidad.

Fueron semanas en el dique seco en las que me vi avocado a reflexionar sobre cómo vivir más equilibradamente.

Suelo escribir un post a la semana, generalmente los sábados. La razón por la que en esta ocasión me he retrasado es porque estuve de viaje por una región de España que desconocía, por Extremadura. Acudí a un pueblo llamado Ibahernando (también a Aldeacentenera), en la provincia de Cáceres, para recibir el primer premio del primer concurso de relatos de Escritores en Extremadura en la categoría nacional. Al parecer, al jurado le gustó mi cuento. Debía centrarse en algún personaje extremeño y yo aproveché algunos de mis conocimientos de ajedrez para urdir una pequeña historia en torno a Ruy López, un clérigo extremeño del siglo XVI que revolucionó el ajedrez con sus tácticas.

A veces envío algunos de mis cuentos a concursos literarios. Este es el primero que gano, lo que siempre viene bien para la autoestima del principiante. En esto creo tener los pies en el suelo, y mi ego no va a engordar peligrosamente. En España hay infinidad de premios, y este es uno de los más humildes.

Lo mejor de la experiencia fue conocer a la gente, a los extremeños y a algunos de los que de fuera se acercaron para participar en las jornadas literarias. Personalmente, aprendí mucho de cada una de las personas con las que tuve la oportunidad de conversar.

Además, me alojaron en un hotel francamente bonito y tranquilo de Trujillo, y no desaproveché la ocasión para hacer algo de turismo por la ciudad orgullosa de ser el lugar de nacimiento de Pizarro (no entro a juzgar la dimensión moral de los conquistadores), así como por Cáceres, una de las ciudades con un casco antiguo medieval mejor conservado.

La nota curiosa fue que el premio consistió en embutidos y quesos de calidad… y ¡yo soy vegano! La vida, a veces, tiene sentido del humor (al menos yo sigo tratando de encontrárselo).

Inicié el peregrinaje en el que dormiría en la calle. Al anochecer del sábado, y habiendo caminado mucho más que en fines de semana anteriores, me senté en el porche del último de los templos visitados.

El monje residente salió y entablamos una buena conversación. Cuando le dije que era un peregrino y que dormía en el camino, se conmovió de tal manera que, sin modo alguno de poder rechazarlo, me invitó a hospedarme en el templo. Primero me llevó al “onsen” local, unos “baños turcos” muy relajantes donde pude eliminar todo el polvo del camino. De regreso al templo, su mujer había preparado una opípara cena (los monjes de Japón se pueden casar). En todos los años en que he sido vegetariano, nunca he sentido más no participar de una comida que ese día, pero no por gula, sino por la sinceridad de la invitación. No obstante, no sólo no lo entendieron, sino que además se impresionaron con mis principios.

Dormí como un ángel.

A la mañana siguiente, acompañé al monje en la ceremonia matutina, y regresamos para compartir un desayuno estupendo por su variedad y esmerada presentación, y ahora sí, vegetariano. La pareja era joven, y por el templo se podían encontrar algunos de los juguetes de un niño de corta edad. Los tres salieron a despedirme y me entregaron un paquete bajo la promesa de no abrirlo hasta bien alejado. Cuando así lo hice, no pude reprimir algunas lágrimas. Había de todo, desde un rosario y útiles de aseo, hasta mucho dinero.

“Cuánta generosidad”, pensé. Regresé a Nagoya embargado por los acontecimientos, y sin estrenar el saco de dormir. La noche en que me había propuesto dormir a la intemperie resultó ser la más confortable de toda mi vida. Otra “coincidencia” más.

Aguardaba con ilusión los nuevos lugares, paisajes, encuentros, desencuentros, y esa mezcla de aventura y búsqueda espiritual que hacían especial aquellos peregrinajes de fin de semana por la península de Chita (Japón).

Sin embargo, el hecho de tener que regresar a casa la noche de los sábados y reiniciar la caminata los domingos por la mañana, de alguna manera, desvirtuaba la pureza del peregrinaje. La solución de reposar en algún hotel local tampoco me pareció la más idónea (además de suponer un gasto nada desdeñable). El auténtico peregrino debe de pasar la noche en el camino, pensé.

La idea me convenció, aunque decidí probarla antes cerca de casa, concretamente en el parque con los templos donde “desenterré” a Kobo Daishi. Al anochecer, allá que me fui. Tras merodear tratando de encontrar un lugar lo suficientemente resguardado, acabé acurrucado al lado del templo dedicado al buda Dainichi (en japonés literalmente “Gran Sol”), que corresponde al buda que simboliza a la matriz universal (la foto es la del lugar).

No elegí ese templo por su simbolismo sino por su emplazamiento, aunque ahora, al escribir sobre ello, me doy cuenta del poder simbólico de mi fortuita elección: ese día reconocía al universo como morada última.

Pasé un frío atroz, y cada pequeño ruido me despertaba con la angustia de encontrarme con un monstruo, un fantasma o un asesino. Amaneció, y sin embargo seguía con vida. La experiencia resultó ambivalente, aunque lo suficientemente positiva como para que me decidiera a probarla durante el peregrinaje. Me compré un sencillo saco de dormir y un aislante, y, más enmochilado que de costumbre, continué con mis andanzas.

Cuenta una leyenda que todos los peregrinos se encuentran al menos una vez con Kobo Daishi (el monje fundador del peregrinaje). Yo no puedo ratificar la leyenda, pero tampoco desmentirla.

Caminaba en paralelo a la costa cuando me di de bruces con un vallado que se extendía hacia unas colinas, bloqueándome el paso. Di media vuelta y me dirigí hacia un par de individuos que fumaban apoyados sobre un murete. Con gesticulación exagerada, me indicaron que debía dar un gran rodeo para evitar las obras de construcción. En ello estábamos cuando de repente noté que miraban inquietos sobre mi hombro. Al girame vi a una viejecita con ropas de campesina corriendo hacia nosotros, con la mano me indicaba que fuese con ella. Decidí seguirla.

Atravesamos la alambrada por un agujero y caminamos sorteando trastos y maquinaria de construcción durante un buen rato, hasta llegar a una arboleda en lo alto de un cerro, donde la señora se detuvo y me indicó que a partir de ahí debía continuar yo solo. Antes de doblar la última curva me volví para despedirme de tan curioso personaje. Me miraba con una amplia sonrisa.

Lo siguiente que recuerdo fue caer de rodillas ante la belleza de lo que se divisaba desde aquel cerro: una ensenada con un pueblecito y un colosal Kobo Daishi a modo de estatua de la libertad. De no haber sido por la viejecita, hubiese seguido el consejo de aquel par de individuos y me hubiese perdido uno de los momentos más memorables que guardo del peregrinaje por la península de Chita.

Por cierto, al descender hasta la orilla, comprobaría que un suelo rocoso se extiende sin apenas sobresalir del mar hasta la isla donde se erige la monumental estatua. Me arremangué los pantalones y “caminando sobre el agua” alcancé la isla y me abracé a la estatua. ¿Habría encontrado a Kobo Daishi?

Té en el templo KiyomizudoEl peregrino debe sellar su libro de ruta en cada uno de los templos visitados, a cuyo mantenimiento contribuye mediante un donativo de cien yenes (aproximadamente un euro).

Cierto día, en mi apartamento, me entretuve con un pensamiento bien cicatero: cien yenes por ochenta y ocho templos, mas los billetes de metro y tren….

Ese fin de semana, al salir de casa para reanudar el peregrinaje,  encontré en el suelo un billete válido de metro con el que viajé gratis hasta la estación de tren. El primer tren de la mañana hacia mi destino aguardaba ya en el andén. Tomé asiento en el vagón vacío y esperé por el revisor para abonarle el importe del pasaje. Este llegó puntal (como todo en Japón), comprobó en su ordenador portátil el número de mi asiento, y sin cobrarme nada abandonó el vagón con una reverencia. ¡En su ordenador figuraba que ese asiento, el único ocupado del vagón, estaba pagado!

Llegué, por lo tanto, al punto donde reiniciaba mi peregrinaje sin gastar ni un solo yen.

En el primer templo que visité, me recibió una señora diminuta y muy mayor, encorvada y sosteniendo una trompetilla sobre la oreja, como las que hasta entonces sólo había visto dibujadas en los tebeos. La señora me invitó a un té verde con dulces típicos japoneses (hechos a base de habas pintas). La conversación acaecida, entre lo exiguo de mi japonés y el curioso amplificador de gritos que portaba ella, debió resultar de lo más rocambolesca.

Sin todavía saber muy bien el porqué, la señora entró en el templo y salió con una bolsa idéntica a las que en las ilustraciones de cuentos de piratas contienen doblones de oro, una especie de saquito cerrado con una cuerda corredera, ¡repleta de monedas de cien yenes!, suficientes para pagar las tasas de sellado de todo el peregrinaje. Pensé que la buena anciana no andaba bien de la cabeza, así que me dirigí hacia un señor que debía ser un familiar para explicarle lo del dinero, pero éste simplemente se limitó a corroborar que se trataba de “osetai”, de un regalo al peregrino.

Ese día recibí una lección que nunca olvidaré sobre el valor de dinero.

A veces no resulta sencillo distinguir entre lo que puede ser una ayuda o un contratiempo, como me sucedió el primer día de mi peregrinaje alrededor de la península de Chita. (Por cierto, el mapa que incluyo es el que tenía colgado en la pared, en el que iba señalando los lugares que visitaba).

Poco después de haber dado cuenta del delicioso “osetai” que mencioné en el post anterior, llegaría a un cruce de carreteras con tráfico pesado, vías de tren, gasolineras y edificios de medio pelo; un entorno muy “yin”, muy negativo. Mientras esperaba a que el semáforo se abriese para los peatones, un individuo con gafas de sol y aspecto estrafalario se acercó hasta mí para preguntarme si hablaba inglés. Desconfiado, hice gestos de no entender y dije: “No inglis; mi espanis”. Error craso, ¡resultó que era brasileño!

Tras algo de conversación en la que le hice saber que era un peregrino, el personaje en cuestión empezaría a gritar con gestos de gran alegría: “¡Viva o rey, viva o rey!”. Ajeno a mi desaprobación primero, y a mi indiferencia después, el susodicho continuaría siguiéndome exclamando de tan inusual manera, dispuesto a acompañar a su “señor”, visto lo cual, decidí probar algo diferente. Le dije que aceptaría su compañía si antes regresaba al primer templo para que su peregrinaje fuese completo.

La estratagema pareció surgir efecto, pues salió raudo hacia allá, mientras yo hacia otro tanto pero en la dirección contraria, hacia el templo número dos. Subí de tres en tres las escaleras del puente que cruzaba las vías del tren y, una vez arriba, un señor me cortó el paso y me preguntó: “¿Dónde va usted?”. Le expliqué que era un peregrino en busca del siguiente templo. Me pidió el plano que llevaba en la mano, y empezó a consultarlo durante un tiempo que a mí me parecía una eternidad, porque mi “fiel escudero” podría regresar en cualquier momento. Necesitaba mi mapa y aquel “guardián” no parecía dispuesto a devolvérmelo por más que educadamente intenté recuperarlo. La escena parecía una parodia de las justas medievales de don Suero de Quiñones en el puente romano de Hospital de Órbigo, solo que ahora, en lugar de Paso Honroso, el episodio acabó en retirada deshonrosa, obvio como resultaba que aquel personaje no quería que cruzase el puente.

Desandando mis pasos y temeroso de volver a encontrarme con mi “vasallo”, saldría en otra de las direcciones, más pensando en escapar de aquel extraño lugar que en aproximarme a mi destino. Tras mucho caminar y cariacontecido ante mi desastroso comienzo del peregrinaje, me llevaría la tremenda sorpresa de arribar al templo número dos. ¡Y yo pensaba que iba en la dirección contraria!… que debería haber cruzado aquel puente.

Eso el primer día del peregrinaje. ¿Quiénes eran aquellos personajes?

Por cierto, ¡feliz año del dragón!

En el templo de Nagoya donde había “conocido” a Kobo Daishi me informaron de que existía un peregrinaje imitación del de Shikoku en una de las dos penínsulas con las que Nagoya intenta abrazar al mar, concretamente en su brazo derecho, en la llamada península de Chita. A partir de entonces, cada sábado tomaría el primer tren de la mañana hasta llegar al último de los templos visitados el fin de semana anterior, y caminaría todo el día hasta el anochecer, en que regresaba a casa para ducharme y dormir, y volver a repetir la historia el domingo. Al gusto por viajar y el arte sacro se les unía ahora una dimensión extra: una manifiesta búsqueda espiritual bajo extenuante esfuerzo físico.

Descubrí que peregrinar tiene poco en común con hacer turismo, y que el tipo de encuentros y situaciones acaecidas durante los peregrinajes suelen adquirir carices muy especiales. Recuerdo el primer día en que salí, mango de la escoba en mano, del templo número uno del peregrinaje de Chita en dirección al número dos. Mi primera parada fue en una pequeña tienda de un pueblo para comprar el equivalente japonés a un pincho español, un “onigiri”, o bola de arroz conteniendo en su interior alguna delicia. La dependienta me miró con curiosidad y me preguntó: “¿Es usted un peregrino?”. Tras admitirlo con timidez, oiría por vez primera una expresión que desconocía: “Osetai”, que escucharía en muchas más ocasiones, y cuyo significado viene a ser algo así como “por favor, acepte esta irrechazable ofrenda y comparta el mérito de su peregrinaje con esta humilde persona que ahora le ayuda y le desea suerte en su búsqueda”.

Recibiría comida, té, dulces, dinero, a veces alojamiento, conversación, ánimos y la extraña sensación de que el universo apoyaba mi “inútil” caminar en redondo, de vuela al punto de partida.

Pensando sobre qué podría escribir en mi primer post del año, se me ocurrió hacerlo sobre mi primer día en la Tierra. El de la foto con cara “la que me espera” soy yo en el único descapotable que he tenido.

Feliz año, y espero no aburrir demasiado con algo tan personal.

Tras rebobinar la cinta de la película de mi vida hasta el principio y apretar el botón play, que en inglés significa literalmente jugar, en el primer fotograma aparecen las murallas medievales, la catedral de Santa María y el palacio episcopal de Astorga, capital de la Maragatería.

Visto en retrospectiva, tal diese la impresión de que mis padres hubiesen pactado de antemano que el nacimiento de su primogénito tuviese lugar en territorio neutral, porque mi madre es del Bierzo y mi padre de la Cepeda.

Nací pues en la provincia de León, en el rincón del noroeste de España donde la Meseta pierde su almidonada planicie y comienza a impacientarse ante la vista de los picachos de la cordillera Cantábrica al norte y de los montes de León al oeste.

Astorga se siente orgullosa de su pasado romano vinculado al oro de Las Médulas (el pueblo de mi madre), aunque yo diría que todavía se enorgullece más por ser la encrucijada de dos caminos de enjundia: la Ruta de la Plata que la atraviesa de norte a sur en trashumante unión de verdes montañas cantábricas, dehesas extremeñas y abrasador suelo andaluz, y sobre todo del Camino de Santiago que lo hace de este a oeste y ha sido transitado durante siglos por peregrinos provenientes de todos los puntos de Europa en su búsqueda del Finisterre.

Pero aún hay dos elementos significativos de Astorga que no puedo dejar sin mencionar. El primero es el palacio que hace sonrojar de envidia a los más atrevidos de Walt Disney, y que diseñó el que —en mi humilde opinión— ha sido el mayor genio de la arquitectura: Gaudí, hijo de esa inagotable madre de artistas geniales que es Cataluña. El segundo es el chocolate.

Los primeros sonidos que escuché cuando desde el vientre de mi madre me asomé a este mundo fueron los tambores de la procesión que, en honor al Sagrado Corazón de Jesús, desfilaba precisamente en ese momento por delante del hospital. Quién sabe si mi gusto por el ritual y la ceremonia no arrancará ya de tan primigenio fogueo. La liturgia religiosa de cualquiera de las tradiciones del mundo, cuando consigo experimentarla más allá de los chovinismos que desafortunada e inevitablemente las han ido embadurnando con el paso de los siglos, tienen la capacidad de conectarme con un estado de consciencia más primordial que el que exhibo de ordinario. Algunas veces, algunas ceremonias me transportaron al lugar donde el tenue velo que separa la vida de la muerte ondula con las vibraciones de sincopada resonancia que de ambos parajes provienen, anulándose algunas y amplificándose otras.

¡COMPASIVO AÑO NUEVO!

Nuestra percepción de nosotros mismos como seres individuales, entidades aparte del tejido de la vida, es solo una ilusión que se siente como insatisfactoria.

Esta ilusión consta de un cuerpo-mente en incesante transformación y cambio, constituido por varios componentes operativos totalmente interconectados con todo el universo,[1] funcionando según el principio general de causa y efecto (sct., karma). La correcta implementación de una práctica espiritual conseguirá un progresivo desvanecimiento de este sentido de independencia propia y de sus consiguientes deseos egoístas, y, en la medida en que esto se produce, nuestra auténtica naturaleza se irá revelando, y el sufrimiento existencial remitiendo. Finalmente, la purga completa de esta ilusión revelará que nuestra auténtica naturaleza es pura, permanente y totalmente satisfactoria.

En función de lo dicho en el párrafo anterior, parecería que hay un propósito u objetivo teleológico en la vida: la realización de un insuperable despertar o iluminación (sct., anuttara-samyak-sambodhi). No obstante, aunque es importante conocer la existencia de este objetivo y aspirar a su consecución (sct. bodhichita), el practicante no debería mantener conscientemente esta actitud orientada hacia su logro mientras realiza sus prácticas porque, agazapado en esa actitud mental, se esconde precisamente esa sensación de ser único e independiente que ha de ser identificada y eventualmente trascendida. Por otra parte, practicar con confianza (sct., sraddha) en el método es fundamental para progresar adecuadamente.

Aunque, desde un punto de vista convencional, el logro del despertar final sea un acontecimiento que se ha de producir en el futuro, desde la perspectiva de dicha realización, todo es relativo, pues intrínseco a una naturaleza no-referencial espacial se encuentra ineludiblemente la atemporalidad. Una mente en movimiento con el despliegue del universo, en realidad no se mueve, porque no hay ninguna referencia respecto a la cual se puede discernir movimiento. La consecuencia epistemológica de este modo de conocimiento es enorme: en semejante mente no existe la posibilidad de que una identidad propia llegue a “gelificar” como entidad independiente. Esta mente experiencia omnisciencia durante un presente continuo.

«Para el que se aferra, existe movimiento, pero para el que no se aferra no hay movimiento. Donde no hay movimiento, hay quietud. Donde hay quietud no hay ansiedad. Donde no hay ansiedad, no hay devenir. Donde no hay devenir, no hay ni surgimiento ni cese. Cuando no hay ni surgimiento ni cese, no hay ni este mundo ni un mundo más allá, ni un estado intermedio. Este es, verdaderamente, el fin del sufrimiento».

–El Buda. Sutta Udana (8:3)[2]

Habida cuenta de que estamos atrapados en la ilusión de la mente ordinaria, todavía tenemos que utilizar la misma herramienta, el lenguaje, tanto para tratar con los objetos del mundo fenomenológico como para tratar asuntos que están fuera de su alcance, no limitados a la lógica y la sintaxis lineal, y menos aún al espacio-tiempo y la materia-energía.

Un camino espiritual[3] no debería ser concebido como un modo de “escapar de la vida”, muy al contrario, podríamos decir que su verdadero significado es el de “escapar a la vida”. Su propósito debe ser el de acceder a una experiencia radicalmente “fresca, plena y transparente”.

Pero, para despertar a este modo dinámico de conocimiento, que no es otro que el más natural, “por desgracia” tenemos que desarrollar poder de atención y concentración, y este considero que es el elemento primordial a ser fomentado por la práctica de la meditación.

Otros propósitos, tales como el alivio del estrés, la mejora del estado físico, o el desarrollo de los poderes psíquicos, son totalmente secundarios, lo que no significa que no vayan a ocurrir o que sean intrínsecamente negativos; lo que significa es que pueden aparecer o no simplemente como subproductos naturales de un propósito espiritual mucho mayor.

La consecuencia práctica de lo discutido con anterioridad es que, en cada instante, el despertar está presente, y uno puede ser consciente de ello aún cuando el yo limitado sigue presente, si bien este yo ordinario se convierte en algo completamente inocuo.

Así, al expandir nuestra mente hacia el todo (o hacia la nada, pues los absolutos se igualan al no permitir establecer referencias), en última instancia, la distinción de seres aislados del resto del universo se desvanece.

Una consecuencia natural es que en la mente brotan una empatía y compasión ilimitadas, razón por la cual los genuinos caminos espirituales incluyen de una manera u otra al amor en su forma más refinada.

Actuar compasivamente favorece el despertar, que no es otra cosa que la fusión de la ilimitada sabiduría del conocimiento puro siempre presente con su manifestación práctica como compasión incondicional.


[1] En Budismo, se considera que el ser humano es un compuesto de cinco agregados (sct., skandhas): cuerpo, sentidos, intelecto, subconsciente y consciencia.

[2] Sutta es el término pali equivalente al sánscrito Sutra. Sutta Udana es en realidad una colección de 80 suttas cortos.

[3] Por “espiritual” entiendo aquello que pertenece o apunta hacia nuestra verdadera naturaleza, más allá de la limitada y egoísta sensación habitual de ser seres autónomos desconectados del universo. Lo espiritual trata con una sabiduría no-referencial y no-condicionada. Además, utilizo deliberadamente la expresión “camino spiritual” en lugar de “religión” para evitar la reacción instintiva que nos trae a la mente los aspectos de la religión más doctrinales, rituales, sociales y superficiales (exotéricos), en detrimento de los más profundos, internos y místicos (esotéricos). Esto no es una crítica a lo exotérico de la religión, pues yo soy el primero en reconocer la gran labor de consuelo espiritual que proveen a la mayoría de la humanidad. Desafortunadamente, la historia ha visto demasiada violencia y opresión hecha en nombre de la religión y el dogmatismo, lo que dificulta poder discernir los principios espirituales sobre los que descansan.

Mi lugar preferido de Nagoya es un amplio recinto monástico del barrio de Yagoto, con templos dedicados a diferentes bodisatvas, incontables linternas de piedra centenaria y una elegante pagoda de cinco alturas que sobrevivió milagrosamente a las fortalezas voladoras B-29.

Durante un paseo al atardecer, mi ojos captaron una esvástica roja entre la hojarasca caída al lado de uno de los templos. Por cierto, la cruz gamada o esvástica es un símbolo milenario auspicioso, cuyo rapto y posterior tortura, inversión y desangrado sobre su vértice, es una tragedia más que aunar a la lista de atrocidades del infausto régimen nazi.

Pues bien, al agacharme para recoger la esvástica, me di cuenta de que estaba adherida a una chapa de cobre oculta por las hojas, de unos tres palmos de alto por dos de ancho. Examiné el hallazgo a la luz del porche de la entrada al templo y, conforme quitaba restos de hojas y barro, aquello iba tomando la forma de un monje. Sin saber muy bien qué hacer con tan valioso hallazgo, decidí colgarlo en el lateral del templo a cuya vera lo había encontrado. No sería hasta varias semanas después, durante uno de mis viajes de fin de semana, cuando descubriría la identidad del monje de la cruz gamada.

Arribé a la isla de Shikoku, la cuarta en extensión del archipiélago japonés, cruzando en tren el infinito puente que la une con la isla principal, una de esas obras de ingeniería que le llenan a uno de asombro ante la capacidad constructora del ser humano. Fiel a una costumbre con mayor componente de pereza que de método, llegué sin saber cuál sería mi destino, con los ademanes y la ilusión del aventurero que se adentra en territorio virgen. Mis pasos me condujeron hasta un monasterio inmerso en el trajín de la víspera de un gran acontecimiento. Uno de los trabajadores me comentaría que los preparativos eran en conmemoración del día de la muerte de un famoso monje nacido en dicho monasterio. Al acceder a uno de los templos, reconocí al monje de la cruz gamada en el centro del altar. Allí me enteré de que su nombre póstumo y más popular es Kobo Daishi (Gran Maestro), y que su nombre en vida fue Kukai (Mar y Cielo).

La biografía de Kobo Daishi es una de las más extraordinarias que jamás haya leído. Más allá de los inevitables embellecimientos hagiográficos, se pueden percibir en él cualidades de poeta, lingüista, ingeniero, inventor, maestro, aventurero, reformador, profeta, místico…, un santo, que dirían mis compatriotas, y como tal es reverenciado en Japón.

Pero lo que más me llamó la atención es que diseñase un peregrinaje alrededor de la isla de Shikoku uniendo 88 templos, la mayoría pertenecientes a la escuela esotérica de budismo Shingon de la que fue el fundador. Ese día me compré una guía del peregrino y un ejemplar del Sutra del Corazón, uno de esos libritos con hojas en forma de acordeón que todos los peregrinos recitan al llegar a cada uno de los templos. En mi interior deseé que algún día tuviese la fortuna de volver a la isla convertido en peregrino. Ocurriría.

En Japón mi vida cotidiana se había simplificado al máximo —o debería decir al mínimo— como también mi vida laboral y social. Durante aquellas gozosas y largas madrugadas, la lectura, la meditación y el yoga absorbían todo mi interés y convertían al resto del día en un mero trámite que cumplir. Paulatinamente y sin darme cuenta me estaba convirtiendo en un monje asceta.

Uno de los visitantes con quien pasaría un fin de semana por Kioto es un renombrado científico gallego que conocí durante su sabático en la Universidad de Nagoya. Además de nacionalidad y profesión, compartíamos algo más: el grado de espiritualidad con el que vivíamos nuestras vidas, él desde una perspectiva católica y yo desde una budista, pero ambos con igual profundidad y receptividad.

A Kioto, además de para visitar sus maravillas arquitectónicas, fuimos a una conferencia en la Universidad de Otanji (por cierto, donde D. T. Suzuki llevaría a cabo gran parte de su trabajo), pero, sobre todo, fuimos a meditar, para lo cual yo había elegido un pequeño monasterio vestigio del gran Antaiji, trasladado hacía un par décadas a una lejana montaña en la costa norte de Japón. Todo el conocimiento práctico que mi amigo tenía sobre la meditación era el que yo le había transmitido la noche anterior en el ryokan (hotel tradicional japonés).

Ya en el monasterio, nos sentamos durante cuatro periodos de cincuenta minutos, intercalando entre cada uno diez minutos de meditación caminando: una auténtica barbaridad para un primerizo como mi amigo. Al terminar, mientras sorbíamos un té verde, su comentario fue un “bien, bien” nada clarificador, y menos viniendo de un gallego. Le pregunté sobre las molestias del dolor de piernas y sobre las causadas por los dichosos insectos (unos bichos verdes con forma de pentágono que vuelan en línea recta hasta chocar escandalosamente contra las paredes de papel o los meditadores, que habían estado incordiando todo el santo día), y su contestación fue: “¿Qué insectos?”. No me lo podía creer. ¡No se había enterado ni de los proyectiles verdosos, ni del dolor de piernas! Cuando, extrañado y lleno de curiosidad, le pregunté por su método de meditación, dijo: “Me limité a recitar todo el tiempo ‘Señor mío, amado mío’”.

De forma intuitiva había conseguido focalizar su atención profundamente mediante la recitación de un “mantra católico”. Toda una lección.

Al cabo de un año y medio de estar viviendo en Japón, me dirigí a una de las agencias de alquiler de apartamentos y pregunté directamente por el más barato disponible. Mi franqueza desconcertó al dependiente, y aún lo haría más cuando especifiqué que buscaba rentas por debajo de los treinta mil yenes. Con el característico rictus japonés de cabeza ladeada y una aspiración sonora a través de los dientes (lo que viene a significar difícil tirando hacia imposible) dio media vuelta y se encaminó hacia los ficheros colocados a su espalda. Tras hurgar en los cajones un rato, apercibí un gesto de sorpresa, y se volvió hacia mí blandiendo un papel en su mano que efectivamente indicaba que había un apartamento que cumplía mi requisito. Empezó a girar en círculos su dedo y cuando finalmente aterrizó sobre un plano de la ciudad tuve el presentimiento de que ese iba a ser mi nuevo hogar, pues se encontraba en la manzana colindante con el templo por el que pasaba todos los días en bici para ir a la universidad, y ante cuyo Daibutsu (una colosal estatua de Buda sentado en meditación) me paraba frecuentemente para hacer una ligera reverencia.

El apartamento, ubicado en la planta superior de un edificio que sobrevivió a la segunda guerra mundial, era lo que se podía esperar por semejante precio. Consistía en un cubo de dieciséis metros cuadrados con paredes descoyuntadas de barro y bambú, ventanas sin cristales, tatami blandito, un único grifo sobre un único fregadero, y retrete compartido con el vecino de enfrente. Me encantó. Con mucha silicona, algo de pintura y otro tanto de maña conseguí dejarlo, no ya meramente habitable, sino además acogedor. Sobre el fregadero montaría una ducha plegable donde cada mañana me daba una ducha, fría en verano y congelada en invierno. Con eso y un camping gas, tenía las mínimas comodidades cubiertas. En la parte superior de un armario empotrado guardaría la ropa y en la inferior una colchoneta de espuma y el saco de dormir. En el resto del espacio que en esa pared no ocupaba dicho armario, coloqué una estantería baja con los Sutras comentados por el Maestro Hua, y sobre ella un altar. En la pared superior colgué un tríptico del Buda Amitabha flanqueado por los bodisatvas Guan Yin y Gran Fortaleza, que me envió por sorpresa mi hermano desde el monasterio de Berkeley a donde había ido de retiro un par de meses, y que encajaba perfectamente en el espacio disponible. Por cierto, el día anterior a que me llegaran los Sutras que había comprado por correo, encontré la estantería abandonada en la calle, con las dimensiones y capacidad también justas. ¡Qué a gusto me sentía allí!

Durante aquellos años me acostaba muy pronto y me levantaba muy temprano para meditar y leer pausadamente. Además, dada la cercanía del apartamento a la universidad, regresaba también a mediodía para comer la que se convirtió en única comida del día, pues hasta en eso había simplificado mi vida. Hervía un pote de agua con un montón de vegetales variados que me sabían a gloria, sin más sabor que el propio de cada uno de ellos. Descubrí los suaves matices de las patatas, las zanahorias, las berzas, las calabazas, o el arroz, hasta entonces siempre recubiertos de refritos salados, ajados o encebollados. Llegó un momento en que ni tan siquiera producía basura porque compraba la fruta y los vegetales en una tienda que vendía productos de huertas locales, evitando así los increíblemente sofisticados, excesivos, innecesarios y derrochadores embalajes con los que todo, hasta la fruta, se envuelve en Japón. Además, con los pocos restos orgánicos sobrantes, preparaba un excelente compost en un caldero situado sobre una plataforma que se extendía bajo una de mis ventanas, y que hacía las veces también de improvisado solárium.

Un fin de semana me acerqué hasta el monasterio Eiheiji, el principal centro de formación de los monjes Zen de la Escuela Soto, quienes viven en sus dependencias durante  un año y luego regresan al templo familiar, traspasado de padres a hijos como los negocios.

Sin embargo, ante la afluencia de visitantes que cada fin de semana se acerca a saborear la vida monástica, me fue imposible encontrar alojamiento. No muy desilusionado -el ambiente de Eiheiji, al menos en lo concerniente a los visitantes, me pareció más de balneario que de monasterio-, proseguiría mi viaje a lo largo de la costa del mar del Norte hasta la ciudad de Kanazawa. Acababa de salir el último tren de regreso a Nagoya y no había otro hasta la madrugada siguiente. En lugar de ir a descansar a un hotel, metí la mochila en una de las taquillas de la estación y salí a pasear bajo una fina lluvia por sus calles desiertas.

A la orilla del río principal me topé con un minúsculo letrero con el nombre D. T. Suzuki y una flecha. Sin nada mejor que hacer, lleno de curiosidad, decidí seguir la inesperada indicación. Arribé a un lugar medio abandonado entre vallas y feos edificios, donde lo único que apenas destacaba del resto era un esquinazo de menos de un metro cuadrado recortado a un solar vacío, con arbolito y una roca con placa. A pesar de la penumbra, la lluvia y la escritura japonesa, pude confirmar que en dicho lugar estuvo la casa en la que nació y pasó su infancia la persona que había revolucionado mi vida con sus escritos (ver Libros que te cambian la vida). Emocionado ante lo inesperado del encuentro, me senté a contemplar el humildísimo memorial a la natividad de una de las personas más influyentes y genuinamente espirituales del siglo pasado.

La sorpresa no terminaría ahí, porque el siguiente fin de semana, de visita por la península de Kamakura, entraría en uno de sus monasterios y me toparía de nuevo con un letrero que ahora indicaba que las cenizas de D. T. Suzuki estaban depositadas allí. No podía dar crédito a mis ojos. Inintencionadamente, en el intervalo de una semana y en geografías tan dispares, me había topado con los lugares de nacimiento y muerte de quien considero con agradecimiento como mi mentor, aunque solo lo conociese a través de sus escritos, pues moriría un año antes de mi nacimiento, a la avanzada edad de noventa y seis años (1870-1966).

El retiro de meditación de tres días que realizaba todos los meses en un templo de la región montañosa situada entre Kioto y Nara (ver post) no sería el único que atendería durante los tres años que viví en Japón.

Nunca olvidaré un retiro invernal en un templo de la región norteña de Niigata, tanto por los personajes como por las circunstancias. El monje regente parecía un corpulento dragón con la línea del pelo sobre la frente formando un pico agudo en el centro, que me aseguró era capaz de introducirse en un pequeño recipiente. Uno de sus hermanos era un ser regordete sumamente cándido con aspecto de deidad no muy inteligente. La única ocupación de su hijo,[1] de igual aspecto dragoniano, era heredar el templo, e introducir ingentes cantidades de comida en un cuerpo escuchimizado.

Entre los asistentes figuraban un luchador de kárate cuya boca parecía una puñalada sin cicatrizar y que me recordaba a un titán; un general retirado de muy corta estatura que monopolizaba todas las conversaciones con voz autoritaria y aspavientos de unos brazos que carecían de la articulación de los codos; un estudiante de movimientos simiescos; un ser fofo y fantasmagórico que la última noche se emborracharía y no dejaría dormir a nadie con sus ululares; y dos seres oscuros y mal encarados que durante los diez minutos de parada entre cada periodo de meditación se metían corriendo en la habitación de la estufa a fumar, beber sake y reír maliciosamente.

A la conclusión de la semana del retiro tendría lugar una celebración con todo tipo de suculencias, especialmente generosa en sushi y cerveza. En el clímax de lo esperpéntico, se nos uniría una arpía, de entre quince y setenta años de edad, a bailar alrededor de todos, y quien terminaría haciendo arrumacos con el titán.

Ahora sospecho que la verdadera razón por la que yo participé en tan esotérico zoo no iba más allá de la necesidad del cromo del espécimen humano con el que completar el álbum de todas las posibles formas de existencia citadas para tan singular evento (dioses, dragones, titanes, arpías, humanos, animales, fantasmas y seres infernales).

El único “ser normal” era un muchacho esbelto y diligente, encargado de que todo aquel tinglado resultase viable, y cuyas funciones iban desde preparar las comidas y limpiar hasta el apaciguamiento del fantasma. Además, a mí me proporcionaría una habitación separada de los humos y voces del resto, y en todo momento se preocupó de que no me faltase comida vegetariana o una manta extra. ¿Sería el ejemplar del bodisatva?


[1] A finales del siglo XIX, durante el periodo imperial conocido como Meiji, y en aras de la modernización del país, el celibato fue prohibido en Japón por decreto, como consecuencia de lo cual, hoy en día, los denominados monjes japoneses están en su mayoría casados.

Observar los mecanismos de una sociedad tan compleja y rebosante de infinitas sutilezas como la japonesa me resultaba fascinante, y fue una de las razones que me incitó a estudiar con diligencia su idioma, difícil donde los haya. Sus construcciones gramaticales con el verbo siempre al final, como guardando el triunfo para la última baza, sus elaboradas variaciones en función del grado de formalidad conveniente a cada situación y una escritura que combina dos alfabetos silábicos con caracteres chinos son algunos de los escollos que aguardan a los incautos que, como yo, se adentran en tales aguas. No obstante, el esfuerzo lo daría por bien empleado cuando constaté la libertad que me proporcionaba a la hora de viajar y, sobre todo, por esas sencillas conversaciones que podía entablar con los lugareños. Especialmente memorables fueron las visitas a la casa familiar de mi amigo Sogo, cuyos padres, al igual que los míos, eran maestros de escuela y tuvieron tres hijos varones de aproximadamente la misma edad. A pesar de los condicionamientos culturales, la atmósfera familiar resultaba sorprendentemente similar.

Las frecuentes cenas y excursiones de todos los componentes del departamento también resultaron ser experiencias enriquecedoras. Sabedores de mi vegetarianismo, dondequiera que íbamos siempre habían encargado con antelación mi propio menú y abundante té en sustitución de su más abundante cerveza y sake. Descubriría también el karaoke, que mucho más que una diversión, en Japón es una válvula de escape a la oprimida libertad de manifestación y creatividad, un momento donde las invisibles barreras sociales se difuminan y hasta el sensei deja de ser poco menos que un dios inaccesible a los estudiantes.

Las cenas familiares en casa de los colegas coreanos me descubrieron el orgullo herido de un pueblo al que le cuesta perdonar los desmanes históricos de su poderoso vecino. Me acordé de mi abuela, quien nunca salió de España y dudo conociese a ningún francés, y sin embargo sentía una indisimulada antipatía hacia ellos, pues en los filandones de frías noches leonesas algunas historias todavía recordaban las tropelías napoleónicas por aquellas regiones durante el asedio de Astorga, ¡nada menos que en el año 1810!

El té de los miércoles con las secretarias del departamento me dio la oportunidad de conocer un mundo sin tanta testosterona como el científico, pues en los departamentos de ingeniería japoneses prácticamente la única presencia femenina son las secretarias. Con una de ellas tuve la fortuna de conocer la famosa Ceremonia del Té, en la cual se combina un asunto tan cotidiano como la preparación de una taza de té con la estética dramática del Noo y la filosofía trascendental del Zen. Todo un prodigio. Gracias a otra de las secretarias, perteneciente a una de las familias más antiguas de Nagoya, pude observar los ceremoniales de la escuela budista denominada Tierra Pura. Su padre era un clérigo perteneciente a una saga que se remontaba ininterrumpidamente cuatrocientos años atrás hasta un ancestro samurái, quien, arrepentido de tantas muertes infligidas en el desempeño de su trabajo, abandonó las armas y construyó un templo en el que viviría el resto de sus días entregado a la meditación.

En el trayecto hasta mi pensión en Pelling (Sikkim), encontré un cachorro de perro que apunto había estado de ser atropellado por un jeep. Lo llevé a hurtadillas a mi habitación, le di galletas mojadas en leche, tosí fuerte con cada uno de sus débiles ladridos, y me despedí de él dejándolo al lado de una perra que descubrí en una casa próxima, y que lo recibió con muestras de cariño (no se me ocurrió nada mejor). Hay tanta vida en un simple cachorro, ¡cuánto más en las personas (soldados y miles de civiles) que estaban perdiéndola en ese mismo instante en Irak! «¿No sabemos hacerlo mejor los humanos?», me pregunté.

La mañana siguiente amaneció bajo una fina lluvia. Me dirigí hacia la parada de jeeps y abordé uno con destino a Siliguri. Descendíamos a toda velocidad por la bacheada carretera cuando, de repente, el conductor pegó un frenazo en seco y se apeó señalando al río que discurría por el fondo del valle. ¡Un elefante! La visión del paquidermo nos emocionó a todos. El conductor reconoció que era el primero que veía, y llevaba conduciendo por aquellas carreteras ya muchos años. La experiencia de contemplar a un elefante en su medio natural no tiene nada que ver con la de verlo encerrado en un zoo, o esclavizado en un circo. Tras aproximadamente un minuto de tan magnífica visión, el elefante levantó la trompa y se ocultó en el bosque. «Como si el espíritu de Sikkim hubiese salido a despedirse», pensé.

Recitando mantras en Pemayangtse me acordé de mi abuela, sentada cada tarde en el mismo sitio, con la pañoleta negra calada al estilo «doña Rogelia», rosario en mano, y murmurando en bajito Ave Marías sin parar. Desgraciadamente, la sabiduría que subyace a esta milenaria tecnología espiritual corre el riesgo de desaparecer. Los rosarios se han ido replegando hasta los extremos del abanico social, y mientras por un lado representan la quintaesencia de la mojigatería, por el otro aparecen como símbolo trasgresor con el que se adornan las cantantes de moda. Curioso efecto ese en el que los símbolos desaparecen por un lado para reaparecer por el contrario.

Cierto día, hacia el final de la sesión de recitación, vi llegar a una pareja –chico occidental y chica japonesa– a quienes estaba seguro de conocer, aunque no acababa de recordar dónde. En el siguiente intermedio, él se acercó y me preguntó: «¿Te acuerdas de mí?». Entonces caí en la cuenta. ¡Nos conocimos en Japón, en casa un amigo común portugués! Era un chico belga, igualmente interesado por el budismo, que hacía poco se había casado con su novia japonesa, y estaban de viaje por el Tíbet y el norte de la India.

«El mundo es un pañuelo», pensé. Pero no iban a parar ahí los encuentros inesperados, pues unos instantes después apareció mi amigo el motero californiano, acompañado a su vez de otra chica japonesa. Más adelante y a solas, me confesaría con timidez impropia para su apariencia que sentía algo muy fuerte por esta chica. «¿Amor?», pregunté yo. En lugar de contestar, rompió a reír como un chiquillo. Aparentemente, la excursión emocional le estaba resultando más interesante que la himalaíca, pues apenas si contó nada sobre la última.

El último día de recitación, la cantidad de gente congregada en el monasterio era tal que todos estábamos un poco comprimidos. Un monje se acercó y me dijo: «Sube a la tarima con nosotros». Se refería a la zona reservada para los monjes. No pude evitar ruborizarme, y ayudándome de gestos inequívocos con las manos, respondí: «No, no. Gracias, pero yo no soy un monje». «Todavía», replicó riéndose.

Al finalizar la sesión, el californiano y yo subimos a dicha tarima provistos de katas para ofrecérselas al venerable monje que presidía la asamblea. Yo además me despedí muy agradecido por haber tenido el privilegio de haber compartido los pasados días con la excepcional comunidad de monjes y laicos allí reunida. Mi visado estaba a punto de expirar, y debía regresar a las planicies indias. Por cierto, justo antes de irme, me dirigí al monje con el que había charlado anteriormente para preguntarle cuántas recitaciones del mantra de Gurú Rimpoché realizamos. «Superamos los veinte millones», contestó sonriendo.

Esa noche, todos los foráneos nos reunimos en una terraza de Pelling a modo de despedida: dos japonesas, un estadounidense, un belga, un francés (el saxofonista) y un español (un servidor). Durante las últimas semanas, incluso allí arriba, llegaban las noticias de la guerra de Irak, por lo que fue inevitable que surgiese el tema.

«La guerra es una solución, es verdad, pero también es verdad que es la peor», dijo el belga. El californiano confesó: «Yo me avergüenzo del gobierno de mi país. Los que viajamos sin buscar el “McDonalds” o el “Starbucks” de cada sitio, descubrimos que existen (enfatizó el verbo) otras culturas, y que es más lo que nos une que lo que nos separa». Su amiga japonesa añadió: «El amor de las madres por sus hijos es el mismo en todas las partes del mundo», y la otra japonesa apuntilló: «Y el dolor por su pérdida también».

En el techo del mundo, con una guerra vergonzosa a nuestra izquierda y una epidemia llamada SARS a nuestra derecha, la única manera de mantener la cordura parecía haberla descubierto el francés. Desenfundó el saxofón, y tocó una pieza ¡de jazz! Al finalizar, todos nos despedimos, deseando lo mejor a un mundo, especial y bonito a pesar de la insensatez de unos pocos.

Después de varias horas caminando en paralelo al río Rangit llegué a una población donde mis piernas votaron por unanimidad abordar un jeep, decisión del todo oportuna a la vista del relativamente intenso tráfico de vehículos cargados de turistas que suben y bajan de un conglomerado de hostales conocido como Pelling. En el jeep coincidiría con un curioso personaje, un tipo muy delgado rematado con una cabeza desproporcionadamente grande, a cuya impresión contribuía una melena y rasgos faciales de lo más leoninos, y quien resultó ser un francés hijo de emigrantes españoles que se ganaba la vida tocando el saxofón por locales de la India.

Pemayangtse es un gompa erigido en otro de los lugares consagrados por Guru Rimpoche, y hoy en día es uno de los principales centros de la rama del budismo tibetano Nyngma, la más antigua. Con igual fortuna que durante mis estancias en Darjeeling y en Rumtek, la semana de mi visita en Pemayangtse “coincidió” con una asamblea especial. Decenas de monjes y centenares de laicos provenientes de todo Sikkim se habían congregado allí para recitar el mantra de Guru Rimpoche por un motivo de lo más noble: la paz (Irak acababa de ser invadido, en el 2003). A mí me conmovió que aquellos habitantes del techo del mundo, anónima pero profundamente convencidos del poder de su recitación, se congregaran allí con tal motivo.

No fue posible encontrar alojamiento en el monasterio, así que todos los días salía por la mañana de la pensión de Pelling, caminaba unos veinte minutos hasta llegar al monasterio, y allí me quedaba hasta la conclusión del día. La mecánica del ceremonial no podía ser más sencilla: el monje de mayor rango, un anciano de aspecto venerable, iniciaba y finalizaba las sesiones, consistentes en recitar el mantra: “Om Ah Hung Benza Guru Pema Siddi Hung” en voz alta, cada uno con su propio ritmo y entonación. El resultado era un constante murmullo sobre el que, de vez en cuando, sobresalía alguna voz para volver a diluirse de nuevo entre las demás. Cada uno contabilizábamos el número de veces que recitábamos el mantra mediante un rosario de 108 cuentas, con un par de cordeles extras de diez aritos metálicos cada uno para contabilizar las decenas y las centenas. Al final del día, un monje apuntaba en una libreta el número de recitaciones de los participantes. Yo solía aportar aproximadamente doce mil al día, pero había quienes declaraban el doble.

Durante un intermedio, el monje encargado de contabilizar los mantras se acercó para charlar conmigo (yo era el único extranjero), y aproveché la oportunidad para preguntarle:

–¿Por qué contamos las recitaciones?

Antes de contestar, abrió la libreta, señaló con su dedo índice una entrada de alguien que había declarado treinta mil mantras en un día, y me dijo sonriendo:

–No me lo creo. En realidad, es un método para mantener la atención y el interés durante tantas horas y tantos días en una actividad tan repetitiva. El ligero movimiento de los dedos sobre las cuentas del rosario ayuda a que los sentidos no se desperdiguen.

–¿Tiene cada mantra un efecto específico?

–Cada mantra tiene sus propias resonancias y especificidad de resultados, si bien, recitar mantras en voz alta produce, en general, un patrón de respiración consistente en inspiraciones rápidas y expiraciones lentas. El resultado es que la mente, primero se tranquiliza y luego entra en un estado de profunda concentración, focalizada sobre el mantra.

–¿Qué ocurre a partir de ahí?

–Uno entra en el territorio de lo místico, donde las palabras ya no sirven. ¿Unión?, ¿amor?, ¿desapego?, ¿compasión?, ¿Dios?

–Yo nunca he tenido una experiencia mística, pero mi mente siempre agradece un respiro, ya sea recitando mantras o meditando, del runrún que comienza con la alarma del despertador por las mañanas y finaliza con el primer ronquido de la noche.

–Y se prolonga entre ambos en forma de pesadillas –añadió.

Los dos rompimos a reír.

Abandoné Tashiding con destino al monasterio de Pemayangtse, a un día de caminata. Atravesé el pueblo y continué descendiendo por una carretera rodeada de un tupido bosque. Al cabo de un rato me sobresaltó el típico ruido de cuadrúpedos pisando hojarasca, pero,  fuesen lo que fuesen, en lugar de alejarse, se dirigían hacia mí por la inclinadísima ladera del cerro en cuya cima se levantaba la estupa Tashiding. Me quedé quieto y empecé a recitar el mantra de la gran compasión. No sabía que acabaría por emerger de entre el follaje.

¡Dos perros! Dos perros negros de mediano tamaño y raza indeterminada saltaron a la carretera y se acercaron para olisquearme, sin que ninguno de sus gestos indicara agresividad. Nos dimos unas cuantas caricias y achuchones y yo reanudé mi camino. Inmediatamente ambos me adelantaron y comenzaron a trotar unos metros por delante. Comprobé que eran macho y hembra, sin una gota de grasa extra, cada uno de los músculos de las patas lo tenían bien definido.

De vez en cuando, al oír ruidos, se tiraban barranco abajo y volvían a subir poco después. Me di cuenta entonces de que eran perros salvajes que se alimentaban cazando lagartos y ratones, lo que explicaba su excelente forma física. Tras una de tales cacerías, el macho no regresó; sin embargo, la hembra parecía resuelta a no abandonarme. Me senté a descansar y ella se echó a mis pies. Incluso accedió a compartir mis insípidas galletas, aunque no pudo evitar un gesto de desagrado ante la leche de soja que le ofrecí. “Pasen las galletas -debió de pensar- pero antes me muero de sed que beber ese líquido dulzón”.

Me preocupé por ella pues llevábamos caminando muchos kilómetros y no había bebido nada. Por fin, a la salida de una curva divisamos el caudaloso río Rangit. Nos desviamos de la carretera con la intención de bajar hasta su orilla, cuando mi nueva amiga se detuvo. Yo seguí avanzando hasta que descubrí la razón de su proceder: un enorme perrazo se dirigía hacia nosotros a toda velocidad. La reacción de la perrita será difícil de olvidar. En lugar de huir, me adelantó para llamar su atención. Yo me cubrí la cara con las manos y me quedé mirando por entre los dedos mientras recitaba mantras. El perrazo la persiguió en una carrera frenética, lanzándole dentelladas, hasta que ella decidió poner fin al asunto: dio media vuelta y con habilidad salvaje le dio un mordisco en el cuello. El perrazo aulló de dolor y regresó gimiendo al lugar de donde había salido.

Mi amiga me esperó y juntos bajamos hasta la orilla del río. Me senté a descansar mientras la observaba aliviado lengüetear en el agua proveniente de algún glaciar no muy lejano. Una vez saciada la sed volvió para recostarse a mis pies. Esa criatura que ahora descansaba a mi lado acababa de jugarse la vida para protegerme. No sé que hubiese pasado de no haber estado ella allí. El encuentro con el perrazo hubiese sido inevitable…

Me conmoví al darme cuenta de lo providencial que resultó la presencia de mi “guardaespaldas”. Al cabo de un rato, reemprendí la marcha dirigiéndome hacia el gran puente que unos metros más abajo cruzaba el río. Una vez allí me agaché y dije mirándola a los ojos: “Gracias por tu compañía y protección, pero es mejor que nos separemos aquí”. Me levanté y ella hizo ademán de seguirme. Dije un “no” con firmeza y lo entendió.

Al alcanzar la otra orilla me di la vuelta y allí estaba ella todavía, mirándome con ese tierno ladear de cabeza que tienen los perros. A la salida de una curva eché un último vistazo y pude verla dándose media vuelta y regresar caminando despacio.

En lugar de huir ante el peligro decidió jugarse la vida por un desconocido. Nunca olvidaré su gesto.

P.D.: Buscando una foto de perros de Sikkim, encontré la que aparece arriba, tomada en 1903. Los perros son casi idénticos a como los recuerdo.

Al contrario que el ermitaño con el que me crucé a la salida de Yuksom (la antigua capital de Sikkim), yo caminaba despacio, admirando el paisaje que ofrecía la serpenteante carretera trazada sobre laderas de montes cuya inclinación imponía respeto hasta a las cabras.

Los pocos habitantes de aquellas regiones han aprendido, no obstante, a cultivar y a construir sus casas en aquellas tremendas pendientes. Apenas si me crucé con nadie, excepto algunos picapedreros, mujeres y niños que, sentados sobre un montón de guijarros, los van rompiendo uno a uno a martillazos, hasta transformarlos en grava. El corazón se me encogió al darme cuenta de que aquellas carreteras estaban construidas con grava producida a mano.

Al verme, los niños se me acercaban gritando: “¡Rupis, rupis!”, aunque yo, en lugar de rupias, les daba algunos caramelos que llevaba precisamente para tal eventualidad.

Al atardecer llegué al poblado de Tashiding, en la base de un esbelto cerro con forma cónica en cuyo alto se ubica la estupa de igual nombre. Sin poder esperar al día siguiente, inicié el ascenso y coroné todavía con luz diurna.

Arriba, además de las construcciones monásticas y algunas casas privadas, me sorprendió la presencia de dos chicas rubias muy altas, una apoyada contra la puerta de un gompa con pose “matahari”, y otra que, nada más verme, se acercó para aconsejarme que me alojase allí arriba y no en el poblado de abajo. No volví a ver a ninguna de las dos, pero agradecí la sugerencia. Disponía de una habitación sencilla en un caserón para mí solo, y una familia local me preparaba todas las noches un buen plato de arroz con vegetales acompañado de chapatti (tortas de pan).

Todo el lugar invitaba a la contemplación, externa e interna, en especial desde una roca plana, un balcón sin barandilla asomándose a un precipicio en cuyo fondo se divisaba la confluencia de los ríos Rangit y Rathong.

Durante las madrugadas de los siguientes cinco días me levanté para sentarme sobre la roca a contemplar como las manos del sol descolgaban del cielo poco a poco un velo transparente que, primero teñía de dorado a los picos nevados, luego de azul a los picos no nevados, y por último de verde a la piel del valle que se abría frente a mí.

El día anterior a mi partida, bajé al poblado para comprar unos juguetes para la pareja de niños de la familia que tan bien me había atendido. Ambos, niño y niña, me acompañaron entusiasmados durante unos metros a modo de despedida. Seguramente aquellos juguetes fueron los primeros de su vida.

(En el post de la semana que viene contaré un encuentro muy especial que me sucedió a la salida de Tashiding).

Las vistas nocturnas sobre Gangtok eran espectaculares. Hasta su pobre iluminación pública –con frecuentes apagones de barrios completos– simulaba una red de perlas.

Contemplando uno de esos anocheceres, mientras departíamos en la terraza del hostal con una pareja de holandeses, una enorme nube de evolución nocturna comenzó a cubrir todo el valle de Gangtok hasta transformarse en un dragón al que no le faltaba detalle: cabeza con cuernos, largo cuello y cola curvada. Los cuatro nos quedamos fascinados. Comprobar que yo no era el único “chiflado” que veía dragones me produjo una secreta satisfacción.

La ceremonia Kalachakra realizada en el monasterio de Rumtek duró una semana. Finalmente, el mandala que la presidía debía ser destruido.

El Lama principal, mediante un artefacto litúrgico con forma de ocho tridimensional llamado “vajra” –literalmente relámpago– trazó una raya en la arena por el lado orientado hacia el este del mandala hasta su centro. Inmediatamente después, sus ayudantes desbarataron la efímera obra de arte por completo, amontonando la arena en su centro. Uno a uno los monjes se rociaron un pellizco de arena sobre la coronilla.

Yo observaba la ceremonia desde un rincón. Una vez ungidos los monjes, el Lama me indicó con su mano que me acercase, invitándome al arenoso bautizo. Con el último de los pellizcos de arena todavía sobre mi despejada coronilla, regresé al hostal, feliz y agradecido.

Desde entonces, la equivalencia entre los ciclos del cosmos y los que rigen nuestras vidas (el significado de Kalachakra) ha sido una fuente de inspiración para todo lo que hago. Nuestra mente ordinaria es incapaz de explicar la sabiduría que encierra la ceremonia Kalachakra, como otras muchas considerada una reminiscencia supersticiosa.

Desafortunadamente, estamos perdiendo la verdadera sabiduría heredada de nuestros ancestros, sustituida por embelecos tecnológicos que desconectan la vida del sustrato espiritual que le da propósito.

Las señas de identidad de Sikkim están asociadas a la figura del místico Padmasambhava, más conocido como Gurú Rimpoche (literalmente, “Apreciado Maestro”). Este extraordinario personaje propagó por la región himalaíca la versión más esotérica del budismo, allá por el siglo VIII.

Al igual que su coetáneo Kobo Daishi en Japón, Gurú Rimpoche es reverenciado en Sikkim como un gran santo. La presencia de monasterios budistas en esta región –reforzada por el trágico éxodo de tibetanos– viene por tanto de muy antiguo.

Uno de dichos monasterios es Rumtek, a pocos kilómetros de Gangtok, la capital de Sikkim y residencia oficial del uno de los dos postulantes a Karmapa, a quien lamentablemente no pudimos conocer por encontrarse ausente (yo viajaba en compañía de un amigo motero californiano).

Los guardias apostados en torretas y el letrero con la prohibición de acceder al templo portando armas de fuego nos resultaron llamativas para un monasterio. Sin embargo, la confluencia de tensiones entre los gobiernos indio y chino sobre asilos políticos, aunada a la del cisma producido por la aparición de dos candidaturas a Karmapa —en cuya controversia subyacen feas implicaciones económicas y políticas— explican las “incongruentes” medidas de seguridad.

Una vez superada la primera impresión, Rumtek resulta acogedor, y los numerosos niños-monje correteando por sus amplios patios y terrazas consiguen que uno se olvide en seguida de los turbios asuntos de los adultos. Hablando de vistas extrañas,  uno de los niños poseía un rasgo muy auspicioso que yo interpretaba metafóricamente: un largo penacho blanco natural en el entrecejo. Lástima de cámara de fotos, pensé.

Rumtek se preparaba para una celebración especial de una semana de duración denominada Kalachakra (Rueda del tiempo) centrada en la correspondencia entre los ciclos cósmicos y humanos, entre lo externo y lo interno.

Un tablero orientado perfectamente con los cuatro puntos cardinales presidía el templo, sobre el cual había sido elaborado para la ocasión un gran mandala, utilizando como materias primas finas arenas coloreadas dispuestas en complejas geometrías rebosantes de simbolismo.

Los cánticos de los monjes se alternaban con música supramundana producida con trompetas, caracolas, tambores, platillos y pequeñas campanas. De vez en cuando, había interludios en los que todos recibíamos una taza de té de leche de yak, dulce por las mañanas y salado por las tardes. Yo me sentía en la gloria.

A los niños monje las horas de ceremonia se les hacían pesadísimas, y no era infrecuente verlos tirándose arroz, jugando con sus hábitos o simplemente muertos de aburrimiento. Uno de ellos, ya no tan niño, nos dijo en inglés rudimentario: “Mañana las ceremonias comienzan una hora antes”. Cuando a las cuatro de la mañana nos plantamos a las puertas del monasterio, hasta los guardias estaban dormidos. Más tarde, al recriminarle al niño la broma, este se tronchaba de risa. Pronto todos los monjes –niños y adultos– se reían al vernos. Aparte de la cuestionable gracia de la broma, los tibetanos son la gente más risueña que he conocido, lo que no debe ser confundido con estar dotados del mejor sentido del humor, y para muestra un botón.

El visado llegaba a su fin y con él mi peregrinaje por la India y Nepal. Entre los muchos lugares que lamenté no haber tenido tiempo para visitar, destacaría el lugar de nacimiento de Buda, Lumbini, justo en la frontera entre ambos países. No obstante, aquellos tres meses habían dado de sí mucho más de lo que nunca imaginé. Ahora debía tomar un avión con el que volar hasta Mumbai (la antigua Bombay), en la costa occidental de la India.

La salida del vuelo se anunció con retraso debido a problemas técnicos en el avión. Después de interminables horas de espera, anunciaron la cancelación del vuelo. Nos llevaron a un hotel de Katmandú nada menos que de cinco estrellas. Me asignaron una habitación con vistas a la estupa de Boudanath, cuyos enormes ojos pintados parecían observarme curiosos, como tratando de decirme algo.

Compartía habitación con un comerciante de alfombras, un musulmán de baja estatura metido en carnes. Tras las presentaciones preliminares, le pregunté si conocía algún hostal recomendable en Mumbai. “Por supuesto”, contestó. “Hay uno de camino a mi casa. Podemos tomar un taxi juntos”. Se lo agradecí y bajamos juntos a disfrutar del buffet, y luego, yo solo, de la piscina. Tras meses de arroz con vegetales, chapattis, bananas y habitaciones de hostal barato, aquel inesperado lujo parecía no encajar con el resto de lo que había sido hasta entonces mi viaje. Antes de irnos a dormir nos avisaron para que nos preparáramos para regresar de inmediato al aeropuerto.

Aterrizamos en Mumbai en medio de la noche. Tal cómo lo habíamos convenido, compartí un taxi con el comerciante. Antes de apearme donde me indicó, le regalé un kata (fular de gasa) en muestra de agradecimiento. El taxi se alejó y yo me quedé frente a una puerta cerrada a cal y canto. Si aquello era un hostal, desde luego no esperaban clientes a esas horas. Me encontraba en algún punto de la segunda ciudad más poblada del planeta y no precisamente en su zona más elegante, en medio de la noche. Era la única persona que caminaba por aquellas calles, aunque no la única que las ocupaba, ya que centenares de cuerpos dormían a la intemperie, sobre el suelo, como si una bomba de neutrones hubiese explotado matando a las personas pero respetando a los edificios.

Comencé a recitar el mantra de la gran compasión y a caminar sin saber hacia dónde me dirigía, tratando de no molestar a toda aquella humanidad durmiente. Los pasos me condujeron hasta una comisaría de policía. Respiré aliviado y me senté en un banco situado enfrente. El policía de guardia salió a comprobar quién era el visitante.

“Buenas noches”, dije. “Vengo del aeropuerto y me preguntaba si podría quedarme aquí el resto de la noche”. El policía se quedó pensativo un rato y finalmente balanceó la cabeza en un gesto muy indio que significa “de acuerdo”. Me recliné y esperé medio dormido, medio despierto, a que amaneciese.

“Qué extraño es todo”, pensaba al repasar mentalmente los acontecimientos de aquella noche que había comenzado como una de las más lujosas de mi vida y acabado como una de las más miserables. Del confort de la cama de un hotel de lujo al banco de un paupérrimo suburbio de Mumbai. El estilo de vida llevado durante todo el peregrinaje se había equilibrado repentina e inusitadamente.

Sin duda, la vida tiene mucho más de imaginación y fantasía que de racionalismo cartesiano, por mucho que los occidentales nos hayamos empeñado en lo contrario durante los últimos tres siglos.

Con la claridad del día y el trino de los pájaros, todos nos fuimos incorporando poco a poco. Veinte millones de bostezos, estiramientos, meadas, enjuagados de boca… los sonidos de la vida misma dispuesta a ser representada un día más por infinidad de actores anónimos, todos protagonistas.”The show must go on!“, que diría el bueno de Mercury poco antes de abandonar el escenario.

Pasé el día caminando por una ciudad abarrotada de gente, tráfico, rascacielos, barracas, edificios coloniales y templos vetustos. Descansé al lado de un misterioso estanque llamado Banganga y continué hasta la Puerta de la India, un enorme arco de triunfo con el nombre perfecto para mi despedida. Esa noche salí volando rumbo a Japón.

Boudanath

Me alojé en un hostal a las afueras de Katmandú próximo a Boudanath, una de las estupas más grandes del mundo. Las gentes que allí viven son en su mayoría refugiados tibetanos, incluida una amplia comunidad monástica distribuida en decenas de gompas (templos budistas tibetanos). Cuando anochece, monjes y laicos forman una colorida procesión que circunvala la estupa en el sentido horario, caminan con una mano pasando cuentas del rosario y con la otra girando matracas insonoras rellenas de mantras.

Comenzaba el día levantándome temprano para acudir a alguno de los numerosos gompas, donde me sentaba a meditar arrullado por los cánticos de los monjes, y acababa el día circunvalando la estupa. Las horas intermedias las dedicaba a disfrutar del ambiente de Katmandú, con barrios para todos los gustos, aunque yo frecuentaba el más antiguo, un museo al aire libre.

Bhaktapur Durbar, el templo Nyatapola es el más grande

Durbar es el término local empleado para Corte, de las que existen tres en el valle, derivadas de los tres reinos feudales que se lo repartían: Katmandú, Patan y Bhaktapur. Cada durbar es un mundo de edificios de planta variada que combinan piedra, ladrillo y madera, rematados con varios tejados y decorados con todo tipo de relieves y motivos. En ninguna otra ciudad como en Bhaktapur he tenido la sensación de caminar dentro del sueño de alguien, ¿quizás de la diosa que vive en la esbelta pagoda Nyatapola?

Además de los tres durbars, en Katmandú destacan dos estupas, una es la ya mencionada de Boudanath y la otra es Swayanbhunath. Cuenta una leyenda que Swayanbhunath se levanta sobre la cabeza de un bodisatva con greñas y piojos (los árboles hacen de greñas, y los monos que viven en ellos de piojos). Leyenda o no, el caso es que todas las construcciones, esculturas y adornos que se agolpan es su parte superior parecen salidos de la cabeza de alguien con imaginación delirante, fantástica, maravillosa. Simbolismo en estado puro.

Swayanbunath

Cierto día me colé en un precioso edificio del centro de la ciudad atraído por un melodioso cántico coral. Mientras disfrutaba de la música rodeado de aquella arquitectura tan magnífica, me imaginaba en algún reino celestial. Tardé en descubrir que, en realidad, ¡me había metido en el patio de un manicomio! Confieso que solo me di cuenta cuando los integrantes del inusual “coro” dejaron de cantar. ¡El poder de la música! La transformación fue radical, los había realmente de atar.

Por último, no puedo dejar de mencionar el templo hindú Pashupatinath y alrededores, un atracón para los sentidos. Algunos de sus estímulos son: sadhus o santones mendicantes con las caras y el cuerpo pintados o cubiertos de cenizas; mujeres envueltas en coloridos sharis; cánticos rituales; olor a incienso (y a “barbacoa” proveniente de las cremaciones); puestos de chai (té negro con leche hirviendo)… Y también monos, como el que me arrebató la manzana que me estaba sabiendo a gloria.

El mapa de la India se estrecha entre Bangladesh y Nepal hasta quedar reducido a una banda de unos pocos kilómetros de ancho, conocida como “el cuello del pollo”. Siliguri es la ciudad que se asienta en ese cuello, lo que la convierte en un nudo de comunicaciones donde todo parece estar en tránsito. Hasta qué punto esa constreñida geografía política influye en el ánimo, lo desconozco, pero lo cierto es que la vuelta a las planicies, al bochorno, y al encuentro con los mosquitos, hizo que mi vitalidad se ahogase y resintiese de inmediato. Tan sólo pasé una noche en Siliguri, lo justo para tramitar los detalles de mi próximo destino: Nepal, la tierra donde nació Buda.

Hacía varios años que Nepal estaba sumido en una sórdida guerra civil librada entre el gobierno y los rebeldes maoístas, y no era infrecuente que la principal vía de acceso terrestre a la capital –Katmandú– fuese escenario de escaramuzas, secuestros y actos de sabotaje. Como consecuencia de la inestabilidad política, la presencia de un occidental en el autobús debía de resultar bastante inusual, y por eso supongo que el conductor me ofreció el mejor asiento, el situado al lado de la puerta. El viaje iba a ser muy largo, y la opción de poder estirar las piernas lo agradecería más adelante.

Dos muchachos recolectaban el dinero e indicaban al conductor cuando parar y cuando arrancar mediante golpes sobre la chapa del techo del autobús. Al anochecer y con el trabajo cumplido, los dos chavales se sentaron sobre la plataforma próxima al conductor; era el momento de acercarse a su ídolo, no mucho mayor que ellos. Introdujeron una cinta con su música india favorita en un viejo radiocasete, se quitaron el uniforme del trabajo –la camisa– y los tres pasaron las siguientes horas charlando, riendo, y sobre todo mirando en silencio lo que las luces –siempre cortas– del autobús iluminaban al frente. Sin ocultar su humanidad debajo de uniformes y letreros que prohíben hablar con el conductor, aquellas tres personas me inspiraban gran confianza. Me dormí sabiendo que estaba en buenas manos, y ni por un instante me preocupé de los controles de carretera de los militares, y mucho menos de un posible incidente con los rebeldes.

Antes de conocer Katmandú, si me hubiese visto en la tesitura de tener que elegir la ciudad más interesante que he conocido, podría haber dicho Santiago de Compostela, quizás –y lo admito– con cierto sesgo patriótico. Hay ciudades donde la combinación de arquitectura, historia, cultura, y hasta climatología, se armonizan de forma especial. Santiago de Compostela es una, el centro de Méjico es otra. Katmandú también, pero a otro nivel. Hay muchas ciudades en el mundo más bonitas, acogedoras, con mejor clima, mejor cuidadas, y hasta más exóticas, pero ninguna supera a Katmandú en su cualidad de “mágica”, el único adjetivo que ha sobrevivido a la retahíla inicial que escribí, donde figuraban: esotérica, mística, supramundana, extra-ordinaria, onírica, encantadora y fantástica.

Una secretaria de la Universidad de Nagoya donde trabajaba, conocedora de mi interés en la meditación, me proporcionó una cita con un monje Zen llamado Sushoku, discípulo de Uchiyama Roshi, que vivía en algún punto de la montañosa región que se extiende entre Kioto y Nara. El monasterio ejemplificaba a la perfección el concepto wabi-sabi, bello en su imperfección y rústica sencillez.

Así fue cómo, durante los tres años que viví en Japón, acudiría todos los meses a un retiro (sesshin) de tres días de duración a meditar cara a la pared, hora tras hora, en compañía de un puñado de gente con inquietudes espirituales similares (yo era el único gaikokujin, extranjero).

Ya desde el primer retiro, Sushoku Roshi me dejó claro que no aceptaba mi dinero, así que siempre subía a la montaña con algo de arroz, fruta y té verde, aunque todo el oro de las Médulas no hubiese sido suficiente para pagar su generosidad y silenciosas enseñanzas.

Las cuatro estaciones estampaban en la naturaleza un carácter que transpiraba a través de cada uno de los retiros. Las brillantes nieves de los meses invernales, las fragantes flores de los árboles frutales en primavera, el estridente canto de las cigarras en verano, o las estrelladas noches de otoño, todas tenían su particular encanto e inducían a particulares estados de meditación.

El retiro transcurría en silencio, sin más sonidos que las pisadas sobre el suelo de viejo tatami y la convivencia en medio de la austera formalidad de una práctica importada del continente, macerada durante siglos con las especias propias de las islas.

La noche anterior y la noche del día de la finalización del retiro, todos pasábamos por el ofuro, un baño caliente en una pota de hierro con capacidad para una persona, calentada en su base con lumbre de leña de pino (a nadie le hubiese extrañado ver a su alrededor un grupo de caníbales de puntiagudos dientes).

Para las comidas disponíamos de tres cuencos en orden decreciente de tamaño para el arroz, las verduras y los rábanos en conserva. Esto último, más delicioso de lo que su fonética española insinúa, se sirve cortado en rodajas y resulta de gran ayuda a la hora de rebañar los cuencos con un poco de agua. Finalmente, los cuencos se secan con un trapo y se apilan, mientras que el trapo y los palillos se colocan encima. En la parte más espectacular de la operación, el set se ata con un pañuelo mediante un movimiento que requiere cierta práctica, y así, sin fregaos de por medio, todo queda listo para el siguiente viático.

A la finalización del retiro, los participantes descendíamos de la montaña en grupo, con el tiempo justo para tomar la furgoneta que salía del pueblo situado en el valle hacia otro pueblo más grande, donde a su vez tomaríamos un autobús hasta la estación de tren de Uji, ciudad conocida en todo Japón por su templo Byodoin, de una belleza y armonía estética insuperables. Uji también es famosa por su té verde (a lo que yo añadiría sus dulces de pasta de haba roja y arroz, comentario muy imparcial habida cuenta de lo bien que sabe todo después de un retiro).

Desde Uji, tomaríamos un tren de cercanías hasta la ultramoderna estación de Kioto (espectacular en cualquier otra ciudad de Japón aparte de Kioto, cuya atmósfera invita a construcciones más tradicionales), desde donde cada uno partía hacia su destino final.

El progresivo descenso desde las prístinas montañas hasta las orbes más populosas del país tenía un sabor agridulce, porque, por un lado, el viaje me daba la oportunidad de charlar con mis silenciosos compañeros: un profesor de alemán retirado, un bailarín profesional, un hombre de negocios, un monje del renombrado templo Antaiji, y una chica cuya voz sonaba a veces dulcísima y a veces rayana con una ñoñería empalagosa. Pero, por otro lado, conforme la naturaleza iba quedando atrás y me sumergía más y más en la civilización, los ruidos, las luces de neón y las caras de las gentes en los transportes colectivos me devolvían a una realidad que se parecía más a un sueño, desgraciadamente malo.

De vacaciones en el Mediterráneo, en Oropesa del Mar, me gusta ir a comprar la fruta y la verdura directamente a los agricultores de la villa de Cabanes, situada al otro lado del Desierto de las Palmas, por ser mucho más fresca, sabrosa y barata que la de los supermercados. Los melocotones son tan dulces y jugosos como grandes, y siempre aparto alguno bien maduro para dar buena cuenta de él in situ. Antes lo lavo en la céntrica fuente de los cuatro caños y me lo como mientras paseo hasta la coqueta plaza del ayuntamiento y de la iglesia de San Juan Bautista. No falta la visita al Arco Romano, donde es posible encontrar restos de cerámica romana sigillata por sus alrededores.

De regreso casi siempre paro en medio del Desierto de las Palmas, el cual de desierto sólo tiene el nombre pues abunda la vegetación propia del monte mediterráneo y el palmito. Me gusta detenerme a la altura de la fuente de Miravet, que toma su nombre de un castillo próximo que perteneció nada menos que al Cid, para llenar una garrafa con sus aguas dulces y frescas. Por cierto, gracias a la existencia de un mosquito endémico de ese paraje natural, los buldóceres no han podido entrar para ensanchar la carretera, y aunque ésta tenga alguna revuelta fastidiadilla, bien vale la pena, incluso y especialmente para los locales, que tienen en esa naturaleza su mayor tesoro, aunque lo ignoren.

Alguna vez me fui de caminata por el así llamado desierto. Recuerdo especialmente el día en que salí caminando desde Oropesa en dirección a la sierra del desierto más cercana, situada justo a sus espaldas, y que lleva por nombre del Señor. Crucé por debajo de la autopista a través de un túnel-desagüe, y durante varias horas ascendí dificultosamente por sus escarpadas laderas. Cuando estaba a punto de coronar, me di de bruces con una jabalina y sus rayones. Al igual que cuando en la base del monte me topé con un perro negro de aspecto inquietante, la recitación del mantra de la compasión consiguió que los encuentros se quedasen en sustos. La magnífica vista desde lo alto de aquellos cuatrocientos metros de altitud, desde donde se divisa toda la Costa del Azahar, bien valió el esfuerzo.

Me senté a meditar durante algunos minutos sobre la roca más elevada, y luego descendí por el mismo camino que había traído. Conforme me acercaba a la autopista, el ruido del tráfico se hacía cada vez más intenso y molesto, pero fue al entrar otra vez en la ciudad y verme rodeado de anuncios, terrazas, gentes en bañador y bikini, cuando me di cuenta de que todo a mi alrededor tenía ahora una cualidad muy distinta a la de hacía tan sólo unas horas. Veía a la gente dentro de un sueño, pero no metafóricamente hablando, sino de un modo absolutamente cierto. La montaña de aquel desierto me había provocado un estado alterado de la consciencia por medio del cual podía ver y sentir la vida como una enorme pantomima.

Después de aquella experiencia, comprendí que los Carmelitas Descalzos establecieran allí uno de sus monasterios, y que toda la topografía de aquel paraje esté salpicada de ermitas, barrancas y covachas donde, durante siglos, los inclinados a la introspección han ido buscando refugio… del sueño. Hoy en día ya no queda nadie allí (quizá por eso se llama desierto); hemos elegido la blanda arena de las playas dentro del sueño al pedregoso camino que nos lleva fuera de él. Es comprensible, y triste.

Mis padres tienen un apartamento en la costa del Mediterráneo donde todos los veranos la familia vamos a pasar unos días. Además del bañito en la playa y de las partidas de petanca, no faltan los paseos hasta el casco antiguo del pueblo, arrebujado alrededor de un cerro coronado por un castillo de origen árabe. También solemos ir de visita a un cercano torreón construido en el siglo XV para proteger la costa de incursiones berberiscas.

Otra visita obligada es a la cercana Marina Dor. Lo más terrorífico de este paseo es la constatación del excesivo grado de urbanización del lugar y los faraónicos planes de futuro. Bajo una enorme carpa se muestran los planos para la construcción de una ciudad estilo Las Vegas, bajo la falacia de que construir por construir es siempre un signo de progreso. El proyecto estrella es un parque temático llamado Mundo Ilusión, dejando claro sus intenciones porque conviene recordar que el término ilusión se refiere a cualquier distorsión de una percepción sensorial. Su objetivo es engañar, confundir, vender progreso y puestos de trabajo cuando la realidad es que se trata de una trama especulativa de proporciones mundiales que va a machacar todavía más una costa sobreurbanizada para el enriquecimiento de unos pocos promotores. Ya no hay incursiones berberiscas pero los ladrones siguen azotando la región, vestidos con chaqueta y finos bigotes en lugar de turbantes.

Quizá este puede ser un buen momento para recordar mi única visita a Las Vegas, a la norteamericana, a donde acudí de paso hacia el Valle de la Muerte. Aunque, ahora que lo pienso, tal diese la impresión de que sus nombres hayan sido permutados por alguno de esos encantadores que menciona Don Quijote, porque el valle es una vega y la ciudad está muerta. A pesar de su nombre, el Valle de la Muerte rebosa vida vegetal y animal humilde pero bien adaptada, y en sus rocas, gargantas y dunas se siente el poder telúrico de tan singular lugar.

La ciudad de Las Vegas, por el contrario, es un espejismo del desierto, un truco de ilusionista cuyo artificio sólo resulta creíble de noche, bajo las luces de neón. Y ni eso, porque si uno es capaz de mirar a otro lugar que no sean los infinitos estímulos artificiales, y observa a las personas que deambulan por allí, verá los rostros apagados de camareras y croupieres, y sobre todo de los clientes, en su mayoría jubilados a quienes les vendieron Las Vegas como el merecido descanso tras su retiro, y todo lo que encuentran allí es una engañifa de proporciones colosales dispuesta a retirar con mimo hasta el último dólar de sus carteras. Durante el día, cuando el embeleco eléctrico no puede competir con la iluminación cenital del sol, el cartón-piedra se revela en toda su magnitud, pero a esas horas los despojados duermen en sus habitaciones, esforzándose en soñar que son felices.

Otro de los proyectos de Las Vegas española (aparte del Mundo Ilusión) lleva por nombre Discoteca Buda, y consiste en una colosal estatua de un buda rodeada de barras, terrazas y pistas de baile. Buda, nirvana, karma y algún que otro vocablo budista suenan exóticos. Imaginad que de viaje por algún lugar de Asia os encontráis con la Discoteca Jesucristo, con una gran estatua de Cristo rodeada de gente bailando y bebiendo cubatas. ¿No os resultaría irrespetuoso? Curiosamente, en budismo la figura del demonio se asocia a la personificación de la ilusión en la que vivimos, tomando por cierto algo que es solo eso, una ilusión, una distorsión.

Esta foto la tomé hace un par de días en las calles de León. Buda y Elvis Presley poseen el mismo poder iconográfico de lo lejano y exótico. No es maldad sino ignorancia.

Durante los tres años que viví en Japón, mi principal actividad de fin de semana satisfacía dos aficiones: viajar y el arte sacro. Nada complicado de combinar gracias al número de monasterios budistas y santuarios sintoístas que hay en las islas. Además, el shinkansen (tren bala) y la ubicación central de Nagoya me permitían plantarme en pocas horas en casi cualquier punto de la geografía nipona.

Como consecuencia de la fértil polinización cruzada entre el Dharma -proveniente de la India vía China y Corea en el siglo VI- y el animismo autóctono, distinguir los templos budistas de los sintoístas no es fácil; de hecho, la mayoría de los japoneses se sienten cómodos identificándose a la vez con ambas tradiciones.

La capacidad de asimilación de este pueblo queda reflejada, por ejemplo, en la nada rara ocurrencia de que las tres efemérides principales de toda la vida: nacimiento, boda y muerte, sean celebradas mediante los ritos sintoísta, cristiano y budista respectivamente. La asociación entre nacimiento y diosas de la fertilidad justifica la elección de rituales sintoístas para celebrar el nacimiento; la asociación entre muerte y renacimiento justifica los rituales budistas; ¿pero qué justificación habría para la elección de bodas cristianas? La respuesta es descorazonadora: ¡el glamur de los vestidos blancos de la novia!

Desde el punto de vista arquitectónico, las antiguas capitales, Kioto y Nara, poseen los templos, jardines y pagodas más monumentales y vistosos, diseminados como piedras preciosas incrustadas en un medallón en la primera, y concentrados como un gran brillante en la segunda.

Las veces que ejercí de Cicerone ante visitantes extranjeros solía elegir Kioto como destino obligado, y a su templo Sanjusangendo como atracción principal. Si treinta y dos latas de sopa Campbell causan gran impacto estético, ¿qué no conseguirán mil estatuas casi idénticas y de tamaño real de un bodisatva? Me divertía observar de refilón a mis acompañantes accediendo al templo, pues a todos –como a mí la primera vez– las mandíbulas se les aflojaban y las cejas se les arqueaban. La viva imagen del asombro.

Afortunadamente, Kioto fue respetada por las bombas americanas y hoy la humanidad todavía puede contar con tan irrepetibles joyas entre los haberes de su patrimonio.

prayercandle (http://www.cominghome.org.au/)

La educación de la juventud es un elemento clave en la formación de individuos felices integrados en sociedades armoniosas. En mi opinión, exponer a los jóvenes a técnicas de meditación adaptadas a sus capacidades es de vital importancia para equilibrar la extrema importancia que se le otorga a la capacidad racional y analítica en los sistemas educativos actuales.

Para los niños más pequeños, incluso 5 minutos de meditación guiada podrían ser suficientes, mientras que para los niños más mayores se podría llegar hasta los 10 minutos.

Para los adolescentes, la meditación CM de media hora podría ser muy adecuada, y de hecho lo probé con un grupo de ellos. Su respuesta fue muy positiva, a todos les gustó precisamente por la diversidad de técnicas que evitaron la sensación de aburrimiento que les suelen producir las técnicas tradicionales.

Otra observación personal es la de que a los niños les encanta postrarse, siempre y cuando se presente como una actividad divertida, nunca como un castigo (algo que desafortunadamente he presenciado en algunos monasterios).

En definitiva, CM podría ser modificada para hacer accesible de modo progresivo la meditación a los niños y adolescentes, sin duda con mejores resultados que las técnicas tradicionales basadas en prolongados periodos de meditación sentados.

Esta reflexión sobre niños y adolescentes también es aplicable a los ancianos ya que, debido a su delicada condición física (y a menudo mental), no pueden soportar largos períodos sentados con las piernas cruzadas sobre un cojín o concentrados mentalmente. En ese caso, lo más adecuado sería que el hemisferio interno de CM se realizase mientras permanecen sentados en una silla.

Los ejercicios deben adecuarse a la condición física, y las postraciones se pueden limitar a inclinaciones del cuerpo, como reverencias. En cuanto al resto de los sectores, podrían quedar como en el diseño original.

CM puede ser introducido como una práctica de meditación que complemente programas de recuperación de adicciones. El núcleo de la metodología utilizada en grupos como Alcohólicos Anónimos es el reconocimiento de un poder superior que les confiere la fuerza necesaria para superar la adicción, generalmente conocido como “Dios” o “Ser Superior”. El sentimiento de impotencia y culpa, y su redención por la fe en Dios es un mecanismo bien conocido en psicología. Pero es precisamente este punto donde muchos de los que se acercan a este tipo de programas encuentran un gran obstáculo, especialmente si no están inclinados hacia actitudes religiosas. De hecho, se han alzado voces críticas ante lo que se asemeja demasiado a una “secta”. La meditación cubre la necesidad de un poder superior sin necesidad de dios o divinidad alguna aparte del conocimiento auténtico que se descubre y desarrolla a través de su práctica.

Sentarse a meditar sin más no es fácil para individuos con graves problemas emocionales y baja autoestima. Estas personas, cuando tratan de interiorizar en sus mentes, en lugar de encontrar calma, a menudo encuentran lo contrario, como consecuencia del afloramiento de los contenidos de una consciencia excesivamente afligida. Por tanto, una mayor orientación se hace necesaria, como sucede en CM, ya que cada cinco minutos hay una llamada de atención y una afirmación que es una forma de pensamiento positivo.

Existen programas que han introducido la meditación para presos de larga duración con resultados espectaculares, como por ejemplo los de este enlace (en inglés; gracias Jaleh por enviarlo).

Además, CM es accesible a cualquier persona desde la primera vez que se practica, y, dada la combinación integral de sus prácticas, colabora en el proceso de recuperación no solo mediante el fortalecimiento de una psique debilitada, sino como un enfoque mucho más global que incluye tanto a la mente como al cuerpo.

La meditación no es una práctica budista, al menos en el sentido restrictivo que algunos pueden tener de la religión; al contrario, está abierta a ser adaptada a cualquier camino espiritual y diseñada deliberadamente para que resulte lo más inclusiva posible; de hecho, tendría serias dudas sobre la autenticidad de la práctica espiritual de cualquiera que, independientemente de sus creencias o ausencia de ellas, ofreciese alguna objeción sobre la base de argumentaciones doctrinales al diseño de CM. (Por cierto, la foto de los niños meditando pertenece a una iglesia cristiana de EE.UU.).

La dificultad más grave que preveo en toda la estructura de CM es la práctica de la postración. Los cristianos protestantes debido a razones históricas, los cristianos católicos a causa del concepto de “idolatría”, y los ateos bajo la sospecha de que se trata de un gesto que devalúa la dignidad personal, pueden ofrecer resistencia a postrarse. Ya sea porque pertenecen a estas categorías o por cualquier otra razón, cualquiera que se sienta incómodo con esta práctica puede sustituirla por otra, como por ejemplo la de juntar las palmas. Si se es capaz de dejar a un lado estas reticencias, uno puede descubrir en la postración una de las técnicas espirituales más eficaces que existen.

 

Astorga

Mañana comienza la segunda parte (la primera fue el uno de julio) del éxodo estival que cada año acontece en España. Todos tratan de huir de las ciudades en dirección al campo, la montaña o la playa, y yo no seré menos. Pensé en escribir otra semblanza de lo que solían ser mis actividades en el pueblo de mis abuelos.

Una de las actividades más interesantes a las que me dedicaba durante aquellas interminables tardes de verano era a la búsqueda de restos romanos. Algunas veces iba a escarbar en las escombreras situadas a las afueras de Astorga, compitiendo con gitanos y algún que otro aficionado por encontrar monedas, vidrios, ladrillos, tejas, estucos o piezas de fina cerámica rojiza llamada “sigillata” (a menudo ornamentadas con bonitos relieves). La mejor pieza que encontré –en realidad lo hizo mi padre, también aficionado– estaba decorada con una hilera de corderos saltando uno tras otro en corro.

Mi abuela nunca entendió nuestra extraña afición. Recuerdo las risas de todos los presentes cuando cierta tarde, mientras lavábamos con esmero el botín del día, comentó con los brazos en jarra: “Pero hijos, qué ganas tendréis de trabajar, ¿no os valdría más romper un botijo?”.

La gracia del asunto radicaba en la sinceridad de su sugerencia. Lo que no nos hizo tanta gracia fue su comentario siguiente: “Al arar las tierras del monte de Moracales, a veces salían pucheros enteros, tan viejos que los rompíamos allí mismo”.

Ese monte no está muy lejos de otro de los lugares al que fuimos varias veces a excavar, el castro astur del rey Magarzo, refundado más adelante como castro romano. El fruto al esfuerzo siempre fue menor allí que en las escombreras, si bien, la recompensa podía ser nada menos que la estatua de oro macizo que, según cuenta la leyenda, el rey Magarzo escondió por aquellas tierras, y que nunca ha sido encontrada.

Cerámica romana

El castro se ubica a un lado del angosto valle por el que discurre el río Porcos. En la orilla más próxima al castro todavía se pueden observar, aunque solo si uno se mete en el agua, los restos de piedra de un puente. Yo conozco de memoria cada una de las piedras del lecho de ese río a su paso por mi pueblo, pues fueron muchas las tardes que durante el estío veraniego lo recorrí de abajo arriba con la determinación de un capitán Ahab de agua dulce entregado a su búsqueda del gran truchón moteado. Hasta de kilo las llegué a pescar, y mi padre, aún mayores. Precisamente, a la altura del resto de ese puente, una noche mi padre ensartó un barbo –ahora ya no quedan– de casi dos kilos, mientras yo lo alumbraba con una linterna. Hace ya muchos años que abandonamos aquellas salvajadas furtivas, y ahora, cuando vamos al pueblo, en su lugar, salimos con mi madre a pasear por los montes. Una de nuestras rutas favoritas es la que termina en un pequeño santuario dedicado a la Virgen, cerca del castro del rey Magarzo. Cuando a nuestro paso salen bandadas de perdices, torcaces o alguna liebre o zorro, los apuntamos con nuestros palos de caminante, que ni terminan en tridente ni escupen muerte.

“¡Mira, un corzo!”, dice el primero que lo ve, y por unos instantes disfrutamos inmóviles, viéndolo alejarse brincando hasta perderse entre las escobas del siguiente monte.

Formular buenos deseos hacia uno mismo y hacia los demás: eso es la meditación Metta.

Los cuatro estados sublimes o ilimitados de la mente son: amor no posesivo (metta), compasión (karuna), alegría por el bien ajeno (mudita) y ecuanimidad (upekkha).

“Monjes, el discípulo habita infundiendo una primera dirección con su corazón lleno de amor, luego infunde la segunda, la tercera y la cuarta dirección, así como arriba, abajo y alrededor; vive irradiando el mundo por doquier y por igual con su corazón lleno de ecuanimidad, generoso, agrandado sin medida, libre de enemistad y libre de sufrimiento”.

–Buda, Metta Sutta

Este párrafo continúa con otros tres párrafos idénticos donde la palabra amor es sustituida correlativamente por compasión, alegría y ecuanimidad.

Estos estados de ánimo poseen una dimensión tanto individual como social que he tratado de incorporar en el diseño de la meditación CM.

Los siguientes comentarios de Nyanaponika Thera (traducción propia) explican este punto:

“El amor sin deseo de poseer, sabiendo que en última instancia no hay posesión ni poseedor, es el amor más elevado. La compasión elimina el pesado tranco, abre la puerta a la libertad, hace que el estrecho corazón se ensanche tanto como el mundo. La noble y sublime alegría es un ayudante en el camino que conduce hacia la extinción del sufrimiento. No el deprimido que se lamenta sino el poseído de alegría encuentra la calma serena que lleva al estado contemplativo de la mente. Porque solo una mente serena y recogida es capaz de obtener la sabiduría libertadora. La ecuanimidad, arraigada en profunda sabiduría, es el perfecto e inquebrantable equilibrio de la mente”.

“Estas cuatro actitudes se dice que son excelentes o sublimes porque son el ideal de conducta. Ofrecen respuesta a todas las situaciones que pueden surgir del contacto social. Son las grandes eliminadoras de tensiones, las grandes pacificadores en los conflictos, las grandes sanadoras de las heridas sufridas al fajarnos con la existencia. Ellas nivelan barreras sociales, construyen comunidades armoniosas, despiertan la magnanimidad, reavivan la alegría y la esperanza perdida y promueven la fraternidad humana contra las fuerzas del egoísmo”.

Abandoné mis peregrinaciones por la India, Nepal y Japón y regresé a Madrid, en pleno verano. Huí inmediatamente del sofoco capitalino para refugiarme junto a mis padres en la casa de mis abuelos, en las montañas del norte de España. Lo primero que hice al llegar fue habilitar en una de las habitaciones un altar con todas las cosillas que había enviado desde Japón. En dicho cuarto, los tres practicaríamos yoga y meditación todas las mañanas antes de desayunar. Al terminar, alguno siempre decía: «ya estamos cultivados».

Disfrutamos de las bondades del verano por aquellas tierras, de su calor que raramente aprieta, de los paseos montunos, y de los generosos frutos de la huerta de mi tío, guardia civil retirado y el mejor pescador a mosca seca del mundo. Al finalizar el verano, mis padres regresaron a Madrid pero yo me quedé allí. Con un sol que ya no calentaba más que un rato al mediodía, y sin el bullicio de los visitantes que durante unas semanas vuelven al lugar que los vio nacer, en su mayoría provenientes de Madrid y Barcelona, el pueblo regresó a su estado de reposo habitual. Compré en Astorga un par de guías de setas, y salía casi todos los días al monte a disfrutar identificando ejemplares. Las encontré de cardo, lepiotas –algunas con sombreros de casi medio metro de ancho– algún boleto y champiñón comestible, y también terribles amanitas. Hacia la festividad de Todos los Santos, los níscalos y la seta de los caballeros, muy densa y de color amarillo azufre, se convirtieron en las reinas de los pinares.

Además de a mi nueva afición micológica, me dediqué a leer. Si algo había echado de menos durante mis viajes, era tener tiempo para ello. Ese otoño me pude desquitar a gusto. Leí varias biografías y alguna novela de las que rondaban por casa.

Por esas fechas, hacía justo un año que me había reciclado de peregrino a ermitaño, y de nuevo volvía a encontrarme a punto de comenzar otra aventura. Tenía la intención de plasmar en negro sobre blanco las vivencias de los viajes y peregrinaciones del último año. No obstante, el proyecto, que sin duda podría llevarme muchos meses, si no años, no acababa de convencerme. Decidí consultar el I Ching, el libro de las mutaciones. Dispuse sobre una mesa camilla un tapete blanco con tres monedas encima, encendí algo de incienso, y me senté a meditar durante algunos minutos. Tal y como indica el protocolo, lancé las monedas seis veces y calculé el correspondiente hexagrama. Abrí el libro con cierta ansiedad, y su respuesta fue tremenda, como un puñetazo en la boca del estómago: “Ya existe suficiente insensatez en el mundo para que tú añadas todavía más”. El oráculo se había pronunciado con tal contundencia que la idea del libro dejó de ser una posibilidad. No había previsto la eventualidad de una contestación tan imposible de ser interpretada de ningún otro modo. Las interpelaciones al I Ching han de ser pocas y directas, y por ello no podía preguntarle lo que realmente quería saber: qué hacer con mi vida.

Al atardecer de un día especialmente caluroso sobre la isla de Shikoku, tras muchos kilómetros de dar pedales por paisajes costeros deshabitados, divisé en lo alto de un cerro un singular edificio. Destacaba por su blancura, entre el oscuro verde del bosque y el azul intenso del cielo. Me pregunté quién sería el afortunado que vivía allí.

Al cabo de un rato alcancé el desvío que conducía a dicho lugar, donde un letrero decía: “Hotel para Peregrinos. Habitaciones desde 2,000 yenes”. El precio era ridículo, más barato incluso que los ridículos hoteles cápsula.

No pude resistir la curiosidad y subí por el empinado acceso, entré en la luminosa recepción y, casi avergonzado, pregunté por el precio de la habitación. No daba crédito a lo que oía, efectivamente había habitaciones por ese precio para peregrinos, ¡y yo lo era! Tras muchos días de pernoctar a la intemperie, mi cuerpo agradeció el ofuro (baño caliente comunal) con vistas sobre el océano, y dormir bajo techo.

A la mañana siguiente, el director del hotel, un señor de mediana edad y aspecto saludable, se acercó y me preguntó en perfecto inglés:

–¿Puedo invitarte a un té? –Asentí y nos sentamos a una mesa.

–El hotel es magnífico –dije tras las protocolarias presentaciones–, ¿pero es rentable?

Inspiró profundamente antes de contestar.

–No lo hago por negocio. Yo ya gané mucho dinero en Tokio, aunque allí nunca fui feliz. Hace algunos años decidí comprar este edificio y retirarme a vivir en él, con la idea de habilitarlo como hotel, especialmente para los peregrinos.

No hizo falta que le preguntase si ahora era feliz, su aspecto radiante lo delataba. Salió a despedirme y se hizo una foto conmigo y la bicicleta. (Desafortunadamente no la he podido encontrar, y es la única que tenía del peregrinaje).

Esa mañana me acordé de otro encuentro acaecido unos días atrás, cuando me desvié de la carretera en un pueblecito para preguntar cómo llegar al próximo templo. Topé con un señor de mediana edad que me dio cumplida explicación.

–Está anocheciendo –añadió a continuación–. Si quieres, puedes quedarte a dormir en esta casa –señalando una elegante casa tradicional–. Era la de mis padres y ahora no vive nadie en ella. Yo vivo en esta otra –y señaló una casa de moderna construcción, un cubo de ladrillo gris, situada justo al lado. Acepté agradecido.

–Después de instalarte, acércate a mi casa para tomar algo –dijo.

Regresé y nos sentamos a la mesa de una inmensa cocina, llena de cacharros sin fregar.

–¿Una cerveza?

Decliné el ofrecimiento y en su lugar sugerí una taza de té. Después de charlar un rato, el hombre rompió a llorar mientras me contaba la historia de su vida.

–Yo era un ejecutivo de una compañía discográfica en Tokio. Tenía mucho dinero y a menudo organizaba fiestas en esta casa. Cuando los negocios empezaron a ir mal, los supuestos amigos me dieron la espalda. Hasta mi mujer me abandonó. Perdí todo mi dinero. Ahora vivo aquí, solo.

Pasamos al enorme salón, amueblado con una ruleta, sofás por todas partes, una pantalla gigante de video y estanterías llenas de películas para adultos. No me resultó difícil imaginar el tipo de fiestas que debió de haber organizado allí.

A la mañana siguiente, cuando estaba a punto de partir, mi anfitrión salió para despedirse. Le agradecí su hospitalidad y le entregué una nota. «El peregrino comparte su mérito con todo aquel que le ayuda a tener éxito en su empresa. Arigato».

El paralelismo entre ambos personajes no me pasó inadvertido. Los dos habían sido acaudalados hombres de negocios en Tokio. Uno invirtió su dinero en un hotel para peregrinos, y el otro en una casa donde organizar timbas. El primero era un hombre que ahora vivía feliz en un palacio con vistas magníficas sobre el océano, y el otro vivía encerrado en una casa gris, sólo, y sin más vistas que la siguiente lata de cerveza.

Historias con moralina, pero tan ciertas como la vida misma.

Cuando me fui a vivir a Japón, el primer paseo que di por el barrio en el que alquilé el apartamento, en la ciudad de Nagoya, acabó casualmente en un templo budista en cuyo interior y encerrado por altas paredes se podía vislumbrar parcialmente una granítica estupa (construcción dedicada a preservar reliquias) rematada con bonitos oropeles. Meses después, y de visita por otro templo, reconocería en la foto de un folleto el curioso monumento. El texto a pie de foto me sorprendió sobremanera, pues decía que los restos de Buda estaban depositados allí.

“Sin duda debe tratarse de un error de traducción –pensé mientras leía el folleto–, ¿cómo habrían ido a parar las reliquias del maestro indio a un lugar tan anodino y lejano como Nagoya?” La historia me pareció fascinante.

Aproximadamente quinientos años antes de Cristo, un príncipe llamado Gotama vivió en un reino del norte de la India en la frontera con el actual Nepal. A los veintinueve años de edad renunciaría a su aristocrática vida para entregarse a una intensísima búsqueda espiritual que culminaría seis años después con un gran descubrimiento. Desde ese momento pasó a ser conocido como Buda, que en sánscrito significa “despierto”, y dedicaría el resto de su vida a explicar cómo lograr tal despertar o iluminación. Murió a los ochenta años de edad después de dar su última instrucción: “todo lo compuesto ha de deshacerse. Sed diligentes en la búsqueda de vuestra liberación”. Los restos de su incineración fueron repartidos en ocho partes que el paso de los siglos acabó por borrar sus localizaciones.

Sin embargo, en el año 1897, en el norte de la India, tendría lugar el excepcional hallazgo arqueológico de una urna cuya inscripción atribuía las reliquias en ella contenidas a Buda.

El entonces virrey de la India decidiría donarlas al rey de Tailandia (por aquel entonces Siam), porque era el único país independiente oficialmente budista. En 1904, el rey de Tailandia donaría parte de las reliquias al pueblo japonés, cuya población era, aunque no oficialmente, también mayoritariamente budista. Sin embargo, todas las numerosas denominaciones budistas que convivían en Japón reclamarían ser merecedoras de recibir tan especial donación, lo que degeneraría en un conflicto de intereses que se resolvería con la construcción de un templo y una estupa sin denominación sectaria donde se depositarían las reliquias. El lugar elegido fue el centro de Japón, precisamente en Nagoya.

Con el transcurrir del siglo pasado, los nagoyeses se han olvidado casi por completo de su tesoro, como pude atestiguar en las numerosas ocasiones en que me acerqué hasta sus inmediaciones, siempre solitarias. Actualmente, la estupa se halla entre el cementerio municipal y un tétrico cementerio militar cuyo monolito en forma de misil compite en altura, y gana en visibilidad, al sagrado relicario.

Yo provenía de una cultura donde la posesión de una astilla de la cruz donde murió Jesús, o una hebra de su sudario, o un mero apéndice incorrupto de algún santo, ejercían de reclamos irresistibles ante los fieles siempre necesitados de milagros; incluso la búsqueda del cáliz que Jesús sostuvo durante su última cena con los apóstoles propiciaría mil aventuras de legendarios caballeros.

Aunque sospecho que la capacidad de atracción que tales reliquias ejercen sobre los jóvenes de hoy en día haya decaído considerablemente, nada es comparable con la situación de manifiesta indiferencia en la que se encuentran los átomos oxidados del cuerpo de uno de los humanos más preclaros que jamás hayan existido.

No obstante, he de admitir que la situación podría revertir, caso de que prosperen las iniciativas que ofrecen visitas a la estupa coordinadas con las del zoo y el parque de atracciones, relativamente cercanos. Sin palabras.

El 1 de julio, la mitad de los españoles se van de vacaciones (la otra mitad lo hace el uno de agosto). Pensé en escribir una nota con algunas pinceladas de cómo recuerdo yo aquellas huídas de Barcelona y Madrid, cuando era un niño. (Hoy la cosa no va de “meditación”, lo siento).

Todos los veranos, la familia al completo –mis padres, mi abuela paterna, mis dos hermanos pequeños y un servidor– salíamos por esas carreteras de Dios a pasar las vacaciones en la casa de un pueblo de la provincia de León, de donde somos originarios, y por el cual discurren unos ríos con nombres que a mí siempre me parecieron deliciosamente extravagantes: Combarros, Porcos y Tuerto.

Íbamos en un R8 –más adelante en un 131– rebosante de gente, bultos, canciones para que no se duerma el conductor, y el colchón de turno a modo de remate, o algún otro de esos trastos que cuando caen en desgracia siempre hacen escala en una casa de pueblo antes de lograr su descanso definitivo.

Estoy convencido de que por aquel entonces las leyes de la aerodinámica todavía no existían en el mundo, y tanto el colchón como la estufa catalítica iban la mar de contentos sujetos a la baca con aquellas gomas de neumático terminadas en ganchos metálicos, cuyo manejo quedaba totalmente restringido a mi padre, pues, según mi abuela, podían sacarte un ojo por menos de nada.

A mí me encantaba hurgar en las viejas habitaciones llenas de trastos raros de la casa de mis abuelos, y más de una vez di un disgusto con mis experimentos con los sulfatos y otras lindezas químicas contra el escarabajo de la patata que todavía rondaban por carcomidos armarios.

Mis abuelos fueron labradores, hasta que un médico con mal tino a la hora de recetar se cruzó en la vida de él cuando rondaba todavía los sesenta, logrando lo que toda la metralla miliciana de su cuerpo no había sido capaz durante la guerra civil.

En el viaje de vuelta, el colchón era sustituido por un saco de patatas, y la estufa por la vecina del pueblo ansiosa ante el encuentro con la gran metrópoli; si bien, a diferencia de la estufa, ésta viajaba en el interior del coche, pues estoy igualmente convencido de que las leyes de Arquímedes tampoco eran tenidas en cuenta por aquel entonces, seguramente por ser cosa de los clásicos.

Una mente bien entrenada desarrolla una actitud ética no por imposición, adoctrinamiento o temor supersticioso, sino como una consecuencia natural de ver las cosas tal y como son, es decir, con profundo conocimiento de los mecanismos causales que operan en la totalidad de las estructuras de la vida. La conducta derivada de tal sabiduría reconduce la vida hacia la eliminación del sufrimiento.

La importancia de cultivar la dimensión ética de nuestra personalidad para avanzar con fundamento en nuestra práctica debe ser enfatizada. Cualquier acción mediante el cuerpo, la palabra o incluso la intención mental que introducimos en el tejido del universo traerá de vuelta una respuesta equivalente cuando las condiciones sean las adecuadas.

Esta simple regla de causa y efecto –popularmente conocida como karma– debe ser tenida muy en cuenta si no queremos ser abrumados por todo tipo de dificultades, tanto externas como internas, que afecten a nuestra salud física y mental. El camino de la practica espiritual ya es bastante difícil en sí mismo como para que además lo carguemos con problemas adicionales causados por lidiar inadecuadamente con el karma.

El despertar o la iluminación no significa la eliminación completa del karma, sino la comprensión profunda de su funcionamiento y la actuación consecuente.

Nuestra historia reciente sobre la enseñanza de la meditación en occidente ya nos ha dejado episodios muy reveladores de cómo esta debería ser, o al menos cómo no debería serlo. En los años 60 y 70, muchos occidentales utilizaron los escritos sobre el Zen de D. T. Suzuki para justificar una forma de vida diametralmente opuesta a la que en realidad proponía este sabio. Al explicar cómo “desinstalar” el ego, Suzuki dio por sentado que el Tao (en chino, Camino; en daoísmo el Tao representa el orden y fluir armónico de todas las cosas y fenómenos) se manifestaría, mientras que lo que se produjo fue la afirmación sin inhibiciones de los instintos más elementales.

La escuela de meditación Zen da por supuesto que uno debe haber adoptado un modelo de vida ético y que ha de estar versado en la sabiduría de los textos sagrados. Este supuesto podría haber estado presente en la élite social de algunas sociedades orientales, pero no necesariamente en las occidentales. Por lo tanto, cualquier enseñanza responsable sobre la meditación debe incluir a la ética como un aspecto integral de la práctica.

La generación de pensamientos positivos es un tema que ha ganado gran popularidad en las últimas décadas, sin embargo, es una antigua técnica espiritual, bien conocida. Una intención de alcance global y holístico es lo que marca la principal diferencia entre un enfoque espiritual genuino y otro más centrado en uno mismo, propio de la mayoría de los métodos modernos de motivación, cuyo objetivo suele ser formulado en términos de refuerzo y crecimiento de la personalidad del individuo.

Esta promoción y fortalecimiento del yo es también uno de los principales objetivos de la psicoterapia moderna. No hay nada malo en este enfoque cuando está dirigido a enfermos mentales o personas que atraviesan por periodos de su vida donde una falta de autoestima o la apatía les puede llevar a la depresión. Sin embargo, conviene señalar que, al margen de esos casos, ese enfoque es limitado para potenciar el crecimiento real del individuo ya que carece de una dimensión espiritual genuina.

Por tanto, una mente auténticamente positiva debe impregnarse con pensamientos sanos que promuevan la felicidad, la alegría, la salud y prevean un resultado positivo a cada situación y acción. Pero, y este es el quid de la cuestión, no solo para ellos mismos sino para todos los seres.

El vegetarianismo fue una bendición incluso más importante y liberadora que el arrojado –simbólico– de la tele por la ventana, o el estiramiento corporal diario.

Siempre me gustó la naturaleza y traté de ser respetuoso con los animales, especialmente después de convivir con personajes tan variopintos y entrañables –por decir algo– como los gatos. Sus alegrías, miedos, neuras, invitaciones a jugar, trastadas, desplantes –mis favoritos–, y la infinidad de muestras de amor –a su manera– convirtieron sus relaciones en amistades tan auténticas o más que las entabladas con bípedos.

Pero desconocía que fuese factible alimentarse sin necesidad de comerlos. El libro “Diet for a New America” de John Robbins fue toda una revelación. Tras su lectura, me convertí en vegetariano y poco después en vegano (tampoco lácteos ni huevos ni producto alguno proveniente de los animales). Lo hice por amor y respeto a los animales, con la agradabilísima sorpresa adicional de que, desde entonces, nunca más volví a sufrir ni uno sólo de los misteriosos cortes de digestión que todos los meses y durante tantos años me habían martirizado. La causa del misterio, señores doctores, era la carne, pero a nadie se nos ocurrió.

No me gusta hacer bandera de mi condición de vegano porque estoy demasiado identificado con mi humanidad como para sentirme superior a nadie en función de lo que entra por mi boca, menos aún por lo que sale. La compasión por los indefensos animales, por el sufrimiento innecesario de los que están a ambos lados del tenedor, y por el impacto de nuestra dieta sobre este delicado planeta, han sido, sin embargo, motivación suficiente como para haber tratado de explicar, cuando así me fue requerido, los beneficios que a todos esos niveles reporta tal modo de alimentación.

Además, aunque no puedo demostrarlo, estoy convencido de que los humanos todavía nos exterminamos en cruentas guerras y actos de terrorismo, no tanto por importantísimos condicionamientos sociopolíticos, sino a causa del silencioso holocausto que estamos infringiendo a nuestros compañeros de viaje en esta cápsula espacial llamada Tierra.

Desafortunadamente, no creo que en esta vida vea amanecer el día en que sean reconocidos los derechos de los sin voz, de mis queridos animales, montañas, ríos, mares, y sobre todo de nuestra madre la Tierra.

Respetar a la Tierra, ¿no será este el más profundo de los comportamientos filiales que predicara el sabio Confucio? ¿Se puede denominar progresista a un modelo económico sostenido por la explotación mercantilista de nuestra propia madre?

Después de leer un par de libros Zen, me senté sobre la moqueta en la postura de una  ilustración.

“¡Imposible!”, pensé al verme achaparrado y con una rodilla casi a la altura de las orejas. La cosa mejoró con un cojín, pero lo de poner ambos pies encima de los muslos, en la postura del loto, parecía más una contorsión de circo que de monasterio. “Voy a necesitar un maestro.” Sin otra idea mejor, abrí las páginas amarillas (estamos hablando de 1998) por la letra eme (de monasterio, porque no me pareció el lugar más apropiado en el que buscar un maestro).

Había un monasterio budista a tan solo un par de manzanas de donde vivía. En realidad, el zendo consistía en  un coquetón cobertizo en el patio de una casa. Pagué cien dólares por acudir todas las mañanas de un mes, de seis a ocho, a sentarme durante cuarenta minutos, des-sentarme los siguientes veinte, y practicar una gimnasia coreana acompañada de música de tambor y voces roncas durante casi una hora.

El dolor de piernas que me causaba el sentarme inmóvil en el suelo, en silencio y a oscuras, covertía los cuarenta minutos en cuatrocientos. Mientras los demás tomaban un té e iban al servicio, yo seguía descruzando mis piernas a cámara lenta con embarazosas gesticulaciones, sin que a nadie pareciese importarle mi padecimiento. Acabado el periodo de “descanso”, empezaba un bailoteo sin más enseñanzas que un “haz lo que hacen los demás”. Ese fue mi bautismo de fuego meditativo: horroroso.

Finalizado el mes, abandoné descoyuntado, si bien ahora podía sentarme mi buena media horita con las piernas cruzadas en medio loto, y además había descubierto la tranquilidad de los amaneceres.

Hasta entonces, el pistoletazo del despertador me lanzaba a una carrera de obstáculos en la que debía sortear afeitados, cafés, buscar parejas (de calcetines), sacudir migas de documentos y conseguir llegar hasta la bici haciendo malabares con donuts acartonados. Podía hacerlo todo en apenas quince minutos, ducha incluida. Ahora me levantaba tranquilamente, me ejercitaba con una versión abreviada de la gimnasia coreana y me sentaba a meditar media hora mientras la intensidad de la luz del amanecer aumentaba lentamente en el cuarto, que no en mi mente, la cual seguía atrapada en alguno de los acertijos Zen, llamados koans

Un monje preguntó a Joshu: “¿Tiene un perro la naturaleza de buda, o no?”, a lo que Joshu respondió: “Mu”.

Yo no sabía ni lo que significaba “Mu”; todo lo que se me ocurría sobre el dichoso koan era cuestionarme por qué el monje le preguntaría sobre un perro y no sobre una vaca. Quizá esa fuese ya una temprana realización de que sin humor no hay camino espiritual.

En la víspera de Todos los Santos del último año del siglo pasado, el día de Halloween y del fin del año celta, cuando los mundos de las tinieblas y de lo tangible se intersectan, alcanzaría el Lejano Oriente, llevándole la contraria a la nomenclatura histórica de perspectiva eurocéntrica, es decir, llegaría a las Indias de Colón viajando hacia Occidente, allende Finisterre y el Oeste americano.

En el aeropuerto de Nagoya me esperaban dos de los que serían mis nuevos colegas, a quienes reconocí entre la muchedumbre que aguardaba a la salida porque sostenían un papel con mi nombre. Desde el coche en el que me condujeron hasta el hotel no conseguía ver las casitas con puertas y ventanas de papel de arroz, ni a las mujeres vestidas con el tradicional kimono con las que mi imaginación había poblado estas islas durante los meses anteriores a mi llegada. Más allá del reflejo de mis ojos en el cristal mojado por la lluvia y oscurecido por el anochecer, apenas si conseguía vislumbrar tristes edificios cuyas luces de neón parpadeaban sobre siluetas uniformadas con tristes trajes y paraguas, mientras esperaban a que la luz del semáforo les permitiese continuar hacia su destino, seguramente triste. En la distancia surgía imponente un castillo, el cual, según me dijeron mis nuevos colegas, era una réplica en hormigón del que existió allí hasta que las bombas norteamericanas arrasaron por completo la ciudad durante la segunda guerra mundial.

Los primeros días de mi singladura japonesa consistieron en la toma de contacto con la burocracia, pesada como un luchador de sumo. Gracias a la inestimable ayuda de un estudiante que se convertiría en amigo, conseguí arrendar un apartamento y comprar lo mínimo necesario para sobrevivir. El primer salto desde la vieja Europa a la nueva América se quedaba en pirueta de falda remangada sobre reguero estival, comparada con el segundo de los saltos desde la nueva América a la desconocida Asia, todo un triple salto mortal sin red.

El profesor principal del departamento era el prototipo de trabajador japonés, es decir, alguien que regresa a casa lo justo para dormir y ducharse, y sabe sólo por referencias que existen los fines de semana, y vacaciones que pueden llegar a ser de hasta un mes. El hecho de que yo proviniese de Berkeley y además bien avalado allanó tremendamente mi situación laboral. Desde un principio no entré en la rueda de las infinitas horas de laboratorio sin fines de semana, en la que desgraciadamente todos –estudiantes, profesores y demás investigadores extranjeros– giran en Japón, incapaces de escapar. Pero todo mi aval no hubiese servido de nada si no hubiese sido productivo, lo que en el mundo de la investigación se mide por el número de artículos escritos y por el prestigio de las revistas donde son publicados.

En Japón me dediqué a la investigación de materiales con diseños estructurales al nivel del nanómetro, es decir, rondando la millonésima parte de un milímetro, casi nada. Habían transcurrido ya varios meses desde mi llegada, y el experimento en el que me había enfrascado no acababa de salir como debía, hecho que estaba empezando a minar mi confianza. Cierto día, tras el periodo de meditación de la mañana, pedí sin más destinatario que al universo, una señal que me guiase. Entré en el departamento resuelto a no salir de vacío. Diseñé con seriedad el experimento a realizar, accedí al laboratorio con paso solemne pero decidido y, de acuerdo al plan establecido, procedí con extrema meticulosidad hasta su consumación. Era ya de noche cuando introduje la muestra fruto de tan intenso día de trabajo en el equipo de difracción de rayos X, el cual dictaminaría, no solo el éxito del experimento en sí, sino mi valía como investigador. De acuerdo con los resultados publicados por otros investigadores, debería de ver en el monitor un pico cuando el ángulo de incidencia del haz de rayos X sobre la muestra fuese de solo 2 grados o inferior. Apreté el botón que abre la portezuela que libera la radiación, y me alejé rápidamente hasta el monitor para observar sobrecogido la evolución de la medición. El eje X indicaba el ángulo incidente, y el Y la intensidad de la señal. La línea ploteada seguía muerta, plana, sin registrar señal alguna, mientras las décimas de grado subían: 1,5; 1,6; 1,7… la ansiedad me superó y empecé a gritar:

–¡Vamos, vamos!

 

Mi amigo, el estudiante japonés, se acercó sorprendido y curioso.

–¿Qué pasa? –preguntó.

Silencio tenso… 1,8; 1,9; 2,0; 2,1…

–¡Desastre total! –exclamé finalmente mientras me reclinaba sobre la silla con las manos cruzadas bajo la nuca y la mirada perdida en el techo. Tras volver en mí, empecé a explicarle a mi amigo los pormenores del fracasado experimento. Luego deslicé el puntero hasta el botón de abortar la medición; pero, justo cuando estaba a punto de apretarlo, un “bip” sonó en el equipo, como cuando un encefalograma plano registra una señal de vida. No podía ser, ¡estábamos por encima de los tres grados! La señal subía de intensidad, y con ella el volumen de mis manifestaciones de alegría ante el asombro del pobre japonesito.

Gracias a su conversación había dejado que la medición se extendiese mucho más allá de lo razonable, y, en lugar de abortarla como tantas veces hiciera con anterioridad, en esta ocasión conseguí detectar la señal que desde el primer experimento estaba ahí, aunque no donde se suponía. Mi problema no lo era tal; el verdadero problema es que yo buscaba las soluciones en el lugar equivocado.

El extraordinario resultado de ese único día de trabajo daría juego suficiente como para publicar mucho y bien durante los tres años que me quedaría a investigar en Nagoya. De todos los momentos vividos como científico, puede que ese fuese del que guardo mejor memoria. La mañana de aquel día había pedido al universo una señal, pero nunca imaginé que la respuesta iba a producirse de un modo tan literal, mediante esa inusual señal en la pantalla de un monitor.

El día que desde lo alto de una de las montañas de los Alpes japoneses –espinazo del país de nombre sorprendentemente europeo– pude admirar al monte Fuji, sobresaliendo majestuoso sobre un mar de nubes y bajo una lluvia de estrellas fugaces verdes, me acordé del pico que unos años antes había visto en el monitor, y gracias al cual podía entonces disfrutar de la vista de otro pico, mucho mayor e interesante.

Durante las últimas décadas, cientos de investigaciones sobre la meditación han producido hallazgos significativos en áreas del ámbito del conocimiento tan diversas como la fisiología, la psicología, y en otros menos conocidos de tipo transpersonal.

Aunque son muchos los autores que afirman que existen evidencias sobre el efecto positivo de la meditación en numerosas enfermedades y sintomatologías, la pobre calidad (en términos de procedimientos científicos) de la mayor parte de la literatura publicada sobre este tema evita conclusiones definitivas.

Dada la subjetividad del tema, no es de extrañar que las conclusiones científicas sobre la meditación resulten ambiguas. Por ejemplo, se ha constatado una correlación entre las ondas cerebrales de los meditadores y las ondas producidas durante el sueño profundo. ¿Les entraría el sueño a los “experimentados meditadores”? Ironías aparte, se ha comprobado que el aumento de las ondas zeta observado durante la meditación puede estar relacionado con el aprendizaje que nos permite mantenernos conscientes a un nivel de proceso fisiológico similar, pero no idéntico, al de sueño. De hecho, en ambos casos –meditando y soñando– hay un mayor acceso a una consciencia que funciona como testigo de la actividad mental.

Por otro lado, la psicología cognitiva parece cada vez más interesada en los “comportamientos meditativos” como un prometedor campo de investigación. Sin embargo, la meditación educa el modo de conocer y cultiva la contemplación profunda, la sabiduría y la compasión, cualidades y conceptos no necesariamente fáciles de evaluar por la psicología cognitiva. La meta-atención y el desapego a los procesos mentales no deben ser tomados como técnicas cognitivo-conductuales descontextualizadas y manejadas dentro de un paradigma insuficiente para poder llevar a cabo semejante evaluación.

El método científico, basado en la objetividad analítica, es incapaz de alcanzar la gnosis que deriva de estados mentales elevados, situados más allá de la mente racional, alcanzables a través de disciplina moral y capacidad para focalizar la atención. Como resultado, lo que realmente sucede en los estudios comparativos entre el modo de conocer a través de la ciencia y de la meditación se limitan al estudio de las escrituras sagradas en las que se enraíza la meditación, por ser este el único ámbito de conocimiento al que puede acceder la mente discursiva racional que utiliza la ciencia. Y, sin embargo, los significados e interpretaciones de los textos sagrados no son únicos, sino que pueden ser muy diferentes dependiendo de la capacidad del lector. Además, estas escrituras pueden afectar a la mente a niveles subliminales, más profundos que el intelectual, mediante el hábil uso de un lenguaje lleno de repeticiones, de imágenes arquetípicas, metáforas, etc., todo lo cual pasa completamente inadvertido en una interpretación intelectual de sus contenidos.

Mientras los investigadores continúen aplicando los métodos del positivismo científico imperante, propios de un entendimiento reduccionista que presupone que solo lo mesurable y material –los objetos propios de análisis científico– constituyen toda la realidad, será imposible siquiera arañar la superficie de la subjetividad, o mejor dicho, la inter-subjetividad de la experiencia de la meditación.

Sin embargo, a pesar de las muchas limitaciones, una exploración conjunta de los puntos de vista científico y espiritual puede ser cuanto menos interesante y, dado el actual contexto histórico en que la tecnología se ha convertido en parte fundamental de nuestras vidas, tal vez incluso necesario.

Esta nota es la continuación de otra anterior en la que prosigo con la conversación que mantuve cierta noche en Yuksom…

–¿Tú también eres médico? –pregunté al americano.

–No, yo soy periodista –contestó–. Estoy documentándome sobre la historia del Shangri-La de Sikkim.

A mi mente acudieron memorias en color sepia de lecturas de adolescente sobre paraísos terrenales escondidos en remotos valles del Himalaya.

–¿Existe Shangri-La? –pregunté sin rodeos.

–El término Shangri-La se popularizó con la publicación en 1933 de la novela Horizontes Perdidos de James Hilton haciéndose eco de la fascinación que lo oriental ejercía sobre la Europa de comienzos del siglo pasado. No obstante, es cierto que en ciertos escritos del canon budista tibetano se mencionan “beyuls” (tierras puras) y reinos como el de “Shambala”, donde sus habitantes gozan de gran longevidad y felicidad.

–¿En Sikkim? –lo interrumpí.

–Existen escritos, pinturas y leyendas que sitúan en Sikkim un beyul llamado Pemako, asociado al cuerpo de una deidad.

–¿Estás diciendo que la geografía física de Sikkim correspondería a la de una divinidad?

–Sí –contestó–. Es más, los tibetanos consideran que la tierra sobre la que viven es una ogresa decúbito supino (un gigante femenino acostado sobre su espalda), y que existen lugares especialmente sagrados en función de la anatomía de la ogresa…

–¿Por ejemplo?

–El lugar más sagrado del Himalaya es el monte Kailash, situado en el extremo occidental de la cordillera, el cual coincidiría con el entrecejo de la ogresa. Una de las razones de haber venido a Yuksom es para tratar de contactar con un anciano monje eremita que puede tener información sobre Pemako, el otro gran lugar sagrado de la ogresa, situado en su zona genital.

–¿Hay ermitaños por aquí? –pregunté.

–Sí, alguno hay.

–¿Tenéis una cita?

–En realidad no. Los lugareños nos han dicho que no hace falta solicitarla, él sabe de antemano cuando alguien viene en su búsqueda y, si le parece oportuno, él es quien se presenta.

–Increíble. Pero por aquí no es infrecuente encontrarse con monjes. ¿Cómo lo reconoceréis?

–Nos han dicho que tiene una larga barba blanca, y siempre lleva consigo un cayado –respondió ahora la médico portuguesa.

Yo estaba fascinado con estas y otras historias, pero la oscuridad y el frío de la noche terminaron por imponer sus condiciones. Nos despedimos deseándonos lo mejor.

A la mañana siguiente, me levanté dispuesto a disfrutar de un estupendo día de caminata. Mi intención era llegar a uno de los lugares más sagrados de Sikkim, la estupa Tashiding, situada a unos veinte kilómetros al sur de Yuksom, y donde una leyenda cuenta que el mismísimo Gurú Rimpoche pasó algunos días meditando en esa montaña.

Avanzaba por el único camino de salida de Yuksom cuando, a lo lejos, divisé la figura de un monje caminando en sentido contrario al mío. Cuando nos encontrábamos aproximadamente a cien metros de distancia, comprobé que el monje en cuestión encajaba perfectamente con la descripción del ermitaño que el periodista me había proporcionado la noche anterior: monje anciano con larga barba blanca que caminaba apoyándose en un bastón. Me paré sin saber qué hacer, y finalmente decidí postrarme en el suelo en gesto de respeto, lo que no es nada raro entre aquellas gentes. Cuando me incorporé, ¡el monje había desaparecido!

Miré hacia atrás y… ¡allí estaba!, cien metros más allá.

“No es posible, no es posible”, me repetí varias veces. Me sentí tentado a perseguirlo, pero finalmente no me atreví. Seguramente iba al encuentro de la pareja con la que había hablado la pasada noche. Reanudé mi camino cavilando: “Postrarme no me lleva más de diez segundos, y cien metros por delante y otros cien por detrás, supone que el anciano tuvo que moverse a veinte metros por segundo, ¡el doble de rápido que un velocista profesional!, y pasar a mi lado y a esa velocidad ¡sin que yo lo notase!”.

Recordé entonces que la aventurera y escritora francesa Alexandra David-Néels –cuya obra admiro– menciona en sus libros haber sido testigo de proezas extraordinarias mientras vivió en comunidades budistas tibetanas a principios del siglo pasado, precisamente en Sikkim. Por ejemplo, ella describe con minuciosidad una técnica llamada “lung-gom”, cuyo dominio le permite al practicante caminar a enormes velocidades. “¿Sería esa la explicación al extraño suceso?”, me preguntaba rodeado de montañas como de otro mundo, entre las cuales lo imposible no lo parecía tanto.

Una de los subproductos de la práctica de la meditación es el desarrollo de poderes espirituales, como el de moverse a gran velocidad, volar, adivinar los pensamientos de los demás, ver y oír en los reinos celestiales, o tener conocimiento de vidas pasadas. A pesar de lo espectacular o increíbles que puedan parecernos estas facultades, todos los maestros genuinos nos advierten sobre su potencial peligro. Uno ha de tener mucho cuidado de no sentirse tentado a orientar la práctica espiritual hacia la búsqueda y desarrollo de estos poderes, pues no solo no conducen hacia la realización genuina sino que pueden incluso convertirse en una fuente de problemas, sobre todo cuando aparecen antes de que la sabiduría del meditador se encuentre lo suficientemente madura como para saber cómo utilizarlos y cumplir con la regla de oro: nunca en beneficio propio. De hecho, algunos falsos maestros pueden hacer uso de este tipo de poderes para aprovecharse de la impresionabilidad de la gente.

Hace unos días fue mi cumpleaños, hoy es el de un hermano, y no hace mucho lo fue el del otro. Mañana nos juntamos para celebrarlo. Me acordé de un pasaje del Sutra Surangama que traduje directamente del chino hace varios años, mientras servía de novicio en un monasterio de California, y que podría titularse: “No todo envejece”. Si nunca has leído un texto de dos mil años de antigüedad escrito en la India (aunque solo ha sobrevivido su traducción al chino), puede que te sorprenda su vigencia. Dice así:

Entonces, el rey Prasenajit se puso en pie y se dirigió respetuosamente al Buda:

–Antes de ser instruido por el Buda, conocí a Katyayana y a Vairatiputra. [1] Ambos me explicaron que cuando este cuerpo muere, nosotros dejamos de existir y nos convertimos en nada. Esa mismísima nada es lo que ellos llamaban nirvana. Ahora, aunque he conocido al Buda, todavía guardo cierta cautela y tengo mis dudas. ¿Cómo puedo llegar a conocer la verdadera mente fundamental, esa que no es fabricada ni perece? A todos los que en esta asamblea tenemos efusiones nos gustaría que nos aclarase este punto.

El Buda dijo al rey:

–Permítame antes que le pregunte, ¿es su cuerpo indestructible como el vajra,[2] o se halla sujeto al decaimiento?

–Venerable, mi cuerpo decae y lo continuará haciendo hasta finalmente morir.

–Su Majestad no ha muerto todavía, ¿cómo sabe que lo hará?

–Venerable, aunque es cierto que todavía no me he muerto, mi cuerpo y mente son impermanentes, puedo ver cómo cada uno de mis pensamientos se desvanece y es seguido por otro nuevo, el cual tampoco permanece. Como fuego que pasa a cenizas, mis pensamientos están en constante extinción, pereciendo siempre, por lo que estoy convencido de que mi cuerpo también ha de perecer.

–Así es, majestad. ¿Cómo compararía su vejez con su juventud?

–Venerable, yo de niño tenía la piel tersa y suave, y en mi lozanía estaba lleno de vitalidad. Pero ahora, en estos últimos años, con los achaques propios de la vejez, mi cuerpo se ha marchitado y debilitado, mis fluidos vitales están exangües, mi pelo encanecido y mi piel arrugada. No me ha de quedar mucho tiempo. ¿Cómo puede mi situación actual ser comparada con la que tenía en la flor de mi vida?

–Majestad, la apariencia de su cuerpo no puede haberse deteriorado repentinamente.

–Venerable, el cambio ha sido tan sutil que apenas lo he notado. He llegado a este punto gradualmente, con el transcurrir de los años. Así, en mis veintes todavía era joven, pero ya parecía mayor que en mi adolescencia. Mis treintas marcaron un declinar adicional al de mis veintes, y ahora, dos años por encima de sesenta, al mirar hacia atrás, mis cincuentas podrían considerarse como años de cierto vigor, saludables incluso. Pero, cuando ahora reparo en estas sutiles transformaciones, Venerable, me doy cuenta de que los cambios acaecidos en este declinar hacia la muerte resultan evidentes no solo de década en década, sino también en incrementos más cortos. En una consideración más detenida, uno puede ver que, al igual que con las décadas, los cambios se suceden año tras año. En realidad, ¿cómo podrían ocurrir solo de año en año? Dichos cambios han de ocurrir cada mes, pero ¿cómo podrían tener lugar solo de mes en mes? Estos cambios han de ocurrir día a día, y, si uno contempla profundamente esto, uno puede ver que el cambio es incesante, momento a momento,[3] con cada sucesivo pensamiento. Es por ello que sé bien que mi cuerpo continuará cambiando hasta perecer.

–Al observar estos cambios e incesantes transformaciones, usted concluye que ha de morir, pero ¿sabe si al hacerlo queda algo suyo que no muere?

–Realmente no lo sé –respondió el rey Prasenajit juntando las palmas.

–Ahora le revelaré qué es eso que ni surge ni perece. Majestad, cuando por primera vez vio el río Ganges, ¿qué edad tenía?

–Tenía tres años. Mi querida madre me llevó a presentar respetos a la diosa Jiva[4] y, cuando pasamos cerca del río, me dijeron que se trataba del Ganges.

–Su Majestad dijo que comparativamente había envejecido década tras década, año tras año, mes tras mes y día tras día. Dijo que, de hecho, en cada sucesivo pensamiento han ido teniendo lugar cambios hasta llegar ahora a la década de los sesentas. Reflexione sobre el río que vio a los tres años respecto al visto diez años después, cuando tenía trece, ¿en qué se diferenciaban esos ríos?

–El río parecía el mismo cuando lo vi con trece años que cuando lo vi con tres, e incluso ahora, cuando tengo sesenta y dos, parece todavía el mismo.

–Ahora lamenta sus canas y arrugas y es cierto que su rostro está ahora más estriado que en su juventud, pero, cuando ahora mira al Ganges, su consciencia visual, ¿es en algo diferente a la de entonces, cuando era un niño?

–No es diferente, Venerable.

–Majestad, su cara está arrugada, pero no así la naturaleza esencial de su consciencia visual. Lo que se arruga está sujeto al cambio; lo que no se arruga es lo que no cambia. Lo que cambia perecerá. Lo que no cambia, y por ende ni surge ni desaparece, ¿cómo podría verse afectado por los nacimientos y muertes? Por lo tanto, no se preocupe de lo que otros como Maskari Gosaliputra[5] dicen: que cuando este cuerpo muere uno deja de existir.

El rey asintió y supo que cuando dejamos este cuerpo continuamos en otro. Tanto él como el resto de los participantes en la gran asamblea se regocijaron por haber clarificado este punto.


[1] Kātyāyana y Vairāṭiputra fueron coetáneos del Buda que explicaban formas de escepticismo. Del primero en concreto se dice que fue un fiero oponente del Buda.

[2] Vajra, un material de extrema dureza y durabilidad, a veces traducido como diamante.

[3] Momento (sct. kṣaṇa). El más fugaz de los pensamientos dura noventa ksanas, y en cada ksana intervienen novecientas operaciones mentales.

[4] Jīva en sánscirto significa “principio vital”.

[5] En la época en la que vivió el Buda, en la India existían varias escuelas filosóficas lideradas por sus proponentes, como los mencionados por el rey Prasenajit, o como Maskari Gośālīputra, quienes proponían el fatalismo.

Yuksom fue la primera capital de Sikkim–un antiguo reino absorbido por la India en 1975–pero hoy en día es un pueblo que sobrevive como campamento del que salen frecuentes expediciones hacia el Himalaya.

Mi único plan era caminar por aquellos parajes visitando templos budistas tibetanos (gompas). A poco menos de una hora de caminata desde Yuksom, alcancé el que está considerado como el primer gompa de Sikkim, y hasta tuve “la fortuna” de que su celador me permitiese acceder a un santuario adyacente. En cuanto me asomé, entendí por qué estaba cerrado al público: aquello era una casa de los horrores. Meditar entre aquellos monstruos y escenas espeluznante sería toda una prueba de fuego.

Me alejé a paso ligero hasta la orilla de una tranquila laguna adornada con los típicos pendones y ristras de banderitas tibetanas ondeando al viento, esparciendo los mantras caligrafiados en sus telas. Pasé el resto de la tarde en sus alrededores, meditando sobre una gran roca, contemplando la belleza del lugar.

A la caída del Sol, me acerqué hasta la terraza de un pequeño local de Yuksom para cenar. Un plato de arroz y varios cuencos con diferentes verduras llegaron con la noche ya cerrada. Bajo la luz de una bombilla mortecina y dominado por un hambre canina, vertí con apresuramiento todos los cuencos sobre el plato de arroz y procedí a mezclarlo todo. Con la primera cucharada descubrí que uno de los cuencos vertidos no era un guiso, sino el recipiente del picante (un mejunje a base de guindillas molidas). Mi principio de no desperdiciar comida desoyó las súplicas de la lengua y de los poros del cuero cabelludo, sobresaltados con punzadas que parecían de alfileres. Sin encomendarme a ningún dios, procedí a engullirlo todo.

Cuando el camarero vio el recipiente del picante vacío, me miró como si estuviese ante el mismísimo yeti. Se metió dentro del local para salir poco después con otro recipiente a rebosar de lo mismo, que depositó con suma lentitud en el borde de la mesa opuesto al que yo me sentaba, sin quitarme ojo, listo para salir por piernas a la más mínima indicación de que pudiese abalanzarme sobre él.

–Are you OK? –me preguntó con voz temblorosa y ojos desorbitados, mientras los míos, inyectados con sangre, competían con la nariz por ver quién liberaba más mucosidad.

–OK –contesté casi sin voz–. Me gusta la comida alegre. Una botella de agua, por favor.

Cuando por fin había vuelto en mí, una pareja de occidentales me pidió permiso para sentarse a compartir la única mesa de la terraza.

–Yo ya me iba –dije con ademanes de levantarme.

–¿Español? –preguntó la chica.

–Se nota, ¿verdad?

Ese fue el comienzo de una larga velada en la que disfruté de una conversación interesante como no recuerdo otra igual. Ella era portuguesa y él estadounidense, y ambos eran de los pocos occidentales autorizados a acceder en la zona norte de Sikkim, de acceso restringido. Ella era una médico que había renunciado a su cómoda vida lisboeta para trabajar en aquellas remotas aldeas.

–El gobierno indio muestra más interés por líneas fronterizas imaginarias que por estas gentes –dijo amargamente.

–Quizás ese abandono pueda ser una suerte de bendición para mantener las costumbres locales –comenté.

–Ya no quedan culturas vírgenes. ¿Qué pueblo, por remoto que sea su hábitat, permanece hoy en día ajeno al efecto del turismo o de la televisión? La sabiduría que permite vivir en equilibrio armónico con el medio natural está desapareciendo; dentro de poco todo lo que quedará será un puñado de supersticiones. Ojalá hubiese más apoyo gubernamental para crear escuelas y hospitales. Aunque mi trabajo se centra en combatir la enfermedad, mi gran batalla es contra el sufrimiento en general. Yo enseño a las madres tanto a evitar infecciones durante los partos como a leer.

Escuchando a esa médico portuguesa sentí hallarme ante un bodisatva.

Nota: Un bodisatva (sct. bodhisattva) es alguien que renuncia al nirvana para poder seguir ayudando anónima y desinteresadamente a los demás.

Un día primaveral del año 1998 en Berkeley, recibí una petición de una amiga de España en el desempeño de la cual ocurriría algo muy especial. Viviendo en Asturias, a ella le resultaba difícil satisfacer su afición por la literatura Zen, por lo que me pidió que por favor le enviase algunos libros de un autor llamado D. T. Suzuki.

Me encaminé hacia la calle Telegraph, único vestigio de la cultura hippie que tapizó notoriamente Berkeley a finales de los sesenta, entré en una de las tiendas de libros usados que llevaba por nombre Shambala y me dirigí hacia la sección de libros Zen. Mis incursiones previas en la literatura Zen siempre me habían resultado frustrantes, particularmente los diálogos para besugos entre discípulos y maestros, así que, resuelto a no perder más tiempo del estrictamente necesario, arramblé con todos los libros que había del tal Suzuki, unos ocho o nueve. Cuando llegué a casa y me dispuse a prepararlos para su envío, me llevé la sorpresa, desagradable, de ver un mismo libro dos veces. En mi atolondramiento por acabar con el asunto zen lo antes posible, había comprado dos volúmenes del mismo título: Zen Buddhism, asunto que me incomodó porque no suelo cometer ese tipo de despistes. Obviamente, uno de ellos se quedó descansando sobre mi mesita mientras los demás se abrigaban con papel de estraza, preparándose para su viaje transoceánico.

Nunca invertí mejor tres dólares con cincuenta centavos que en la compra involuntaria de aquel pequeño libro. No lo cerré hasta terminar por completo su lectura, solo perturbada por el “ploc” de lágrimas que, ajenas a mi conocimiento, se desprendían de mis ojos, golpeando sus hojas. A la mañana siguiente, casi sin haber dormido, me planté frente a la misma librería esperando a que abriesen las puertas para comprar otro libro, esta vez The Three Pillars of Zen de un canadiense llamado Philip Kapleau.

El mensaje encerrado en la botella que había arrojado simbólicamente a la bahía hacía unas semanas solicitando ayuda había sido escuchado y ahora recibía cumplida contestación a través de esos libros.

El horizonte de mi vida se extendía de modo ilusionante gracias a una nueva vía que sugería que la respuesta al misterio de la existencia se encontraba no tanto en los objetos a investigar como en el sujeto que investiga. Los libros Zen indicaban que hemos de investigar nuestra herramienta de investigación: la mente.

El funcionamiento del cerebro ha sido objeto de numerosísimos estudios científicos sin que exista un consenso sobre cuál es su grado de involucramiento con la mente o con eso que denominamos ambiguamente consciencia. Intuitivamente, supongo que debido a mi conocimiento del funcionamiento científico, supe que el estudio del cerebro no era la manera de conocer mi mente. El Zen indicaba que hay que investigar la mente con la mente, pero no mediante auto-psicoanálisis sino mediante meditación.

El objetivo del maestro Zen es contestar de modo tal que el discípulo aparque su raciocinio y dé un salto al mundo del “razonamiento no-lógico”, más intuitivo, más allá de las restricciones de la lógica cartesiana. Las respuestas de los maestros Zen han de ser, en consecuencia, ¡inconsecuentes!

Las conversaciones de besugos ya no me lo parecían tanto porque estaba convencido de haber empezando a entender el quid del asunto, convirtiéndome en uno… no en el uno “unidad no dual”, sino en un besugo.

Cuando se cumplían casi cuatro años desde el comienzo de mi andadura monástica (cinco si contamos el año de postulante), empecé a notar, preocupado, una inusual incapacidad para descansar por las noches, así como una frecuencia inusitada del tipo de pesadillas en las que me caía por precipicios, me perseguían asesinos o aparecía desnudo en lugares públicos. Además, parecía haberme olvidado de meditar, y observaba con creciente frustración mi impericia para serenarme.

Cierta noche me levanté desvelado con la sospecha de que me estaba volviendo loco. Allí, de pie y asustado, por fin descubrí la causa de todo mi desasosiego. Como cuando se abre la válvula de una olla exprés, un único pensamiento conseguiría liberar de inmediato toda la presión: “Quizás no sirvo para la vida de monje”.

Aunque se debía de haber estado cociendo a fuego lento desde mucho antes, y a niveles más profundos, esa fue la primera vez que, desde mi decisión de hacerme monje, dicho pensamiento afloró en mi mente. Esa noche descansé como hacía tiempo que no lo hacía. Durante la meditación de la mañana siguiente pude serenarme como solía hacerlo. Esa frase liberaba el estado de ansiedad al que había desembocado conforme la ceremonia de mi ordenación se iba aproximando y yo, en lugar de feliz expectación, sólo sentía ansiedad.

Afortunadamente, el retiro invernal, con su semana de recitación del nombre del Buda Amitabha, seguida de otras tres semanas de meditación intensiva, se acercaba y, al igual que hacía cuatro años había decidido hacerme monje después de dicho retiro, ahora tendría la oportunidad de ratificar mi decisión o de plantearme otras vías.

La semana de recitación terminó con una puesta de sol especialmente bella sobre una chopera deshojada. Bajo una ligera llovizna, un grupo de ciervos permanecía inmóvil a escasa distancia del monasterio. Me acerqué hasta muy pocos metros de ellos y durante algunos minutos recité el nombre del Buda Amitabha. La recitación del nombre de ese buda es la práctica más devocional del Budismo Mahayana. Los devotos piden renacer en la Tierra Pura de Amitabha porque allí el logro de la iluminación es mucho más sencillo que en esta Tierra. Al día siguiente observé que dos monjes charlaban frente al monasterio, y luego uno de ellos se dirigía hacia mí para pedirme ayuda: “Por favor, trae una pala del monasterio para cavar una fosa”. Un ciervo había amanecido muerto, ¡justo sobre el lugar en que yo había estado recitando la noche anterior! -¿Habría ido a renacer a la tierra pura? –cavilaba para mis adentros mientras lo levantábamos por las patas y lo enterrábamos, mirando hacia el oeste. Volvimos a recitar el nombre del Buda Amitabha durante algunos minutos al pie de su tumba y luego regresamos al monasterio caminando en silencio bajo la fría llovizna.

En la sala de meditación, y en los participantes, nada parecía haber cambiado respecto a retiros invernales anteriores. Sin embargo, yo sí había cambiado. Durante ese retiro, los intentos vanos de todo el mundo por mantenerse despiertos y todo aquel esfuerzo físico y mental, en lugar de parecerme encomiable, incluso divertido, me pareció trágicamente baldío. Descubrí lleno de tristeza que aquellas gentes consideraban que la meditación, y en general toda práctica espiritual, consistía en machadas ascéticas. Yo no me sentía mejor que ninguno de ellos, ni tampoco capaz de hacerlo mejor en el futuro. Fue durante ese retiro cuando, sin necesidad de decidir nada, la vida elegía otro camino para mí. No me ordenaría. Volvía a la vida de laico.

PD: Gracias Tito por enviarme el enlace del video.

Caminaba deprisa, evitando mendigos y “rickshaws”, esos carritos tirados por bicicletas, el medio de transporte público más económico de la India, pues me parecía éticamente inaceptable que otro ser humano se partiese el alma para llevarme a ver alguna atracción local. Intentando llegar al parque memorial de Gandhi en Nueva Delhi, uno de los rickshaws se me acercó con la particularidad de que el conductor hablaba en perfecto inglés y parecía estar convencido de que acabaría por doblegar mi voluntad. Lo cierto es que, cuando se acercó a mí, estaba perdido. Negociamos un precio y, no sin cierto remilgo, abordé el carruaje.

Alabé su destreza con el inglés, y me comentó que tuvo la oportunidad de practicarlo cuando trabajó en Calcuta ayudando a la Madre Teresa. La mera idea de que alguien tan humilde como mi chófer tuviese inclinaciones en ayudar a otros todavía más pobres lo convertía en un santo, o en el mayor de los pícaros.

En su relato, se consideraba muy afortunado por haber encontrado esposa, y porque ahora podía trabajar en Delhi conduciendo un rickshaw con tracción a pedales. Antes había trabajado en Calcuta, pero allí la única tracción era la de los pies directamente sobre la mugre. Él creía que el buen karma de haber ayudado a los demás era lo que le había permitido disfrutar ahora de una buena familia y un buen trabajo en la capital. Su sueño era ahorrar cien dólares con los que poder comprarse su propio rickshaw, pues todavía tenía que alquilarlo.

Le pregunté sobre su idea del karma, a lo que me contestó que, a diferencia de la mayoría de sus conciudadanos hindús, él se consideraba buda. En ese instante lo interrumpí para matizar:

-Querrás decir budista…

–Eso, eso, buda… soy buda –repitió mientras se ponía en pie para aplicar sobre los pedales todo el poco peso de su enjuto cuerpo. Parecía no entender la diferencia… ¿o era yo quién no la entendía?

Llegamos al parque de Gandhi y, en lugar de alejarse, mi original chófer aparcó el rickshaw y se ofreció como guía. Obviamente, no era la primera vez que ejercía como tal, pues su explicación estaba bien documentada y resultó interesante. Además, sabía que le daría otra buena propina.

A la finalización de la visita le pedí un favor, que ahora me permitiese a mí dar pedales. Sonreímos y me dio unas cuantas explicaciones sobre el manejo del vehículo. Bromeando, le pregunté adónde quería ir y, continuando la broma, contestó:

-¡A mi casa! ¿Te gustaría conocer a mi familia?

Sin nada mejor que hacer, respondí afirmativamente. El vehículo era difícil de manejar y mucho más pesado de lo que intuí antes de montarme en él, pero estaba disfrutando de la situación.

Los edificios y el asfalto empezaron a ser sustituidos por chabolas y por caminos de tierra surcados por aguas fecales. Me sorprendió la infinidad de niños desnudos jugando por doquier, siempre sonrientes, y las bromas en hindi del vecindario ante lo extraño de la visión que les proporcionábamos. Finalmente llegamos hasta su chabola, donde sus hijos, unos cuatro rapacines con aspecto de pequeños budas con las cabezas al cero, supongo que para evitar piojos, nos rodearon, abrazando al padre y guardando cierta distancia ante mí, quien debía de parecerles rarísimo, ya que dudo que en su corta vida conociesen otra cosa que aquel universo de chabolas. Rechacé una taza de “chai”, un té con leche hirviendo que es la bebida preferida de los indios, y pedí regresar antes de que se hiciese demasiado tarde. Intercambiamos de nuevo las posiciones y mientras regresábamos a la “civilización”, mi chófer me dio un consejo:

-Cambia las ropas. Llamas demasiado la atención.

Me llevó hasta una tienda donde evidentemente llevaba comisión, y me compré uno de esos atuendos indios de camisa larga llegando hasta casi las rodillas y pantalón a juego, de color negro, y el más sencillo del muestrario, para frustración del vendedor que cuando me vio caer en su tela de araña pensó que le proporcionaría un mayor bocado.

De regreso al hotel, le daría una buena propina a mi guía y consejero, y ya en mi habitación sonreí al acordarme de mi lectura del Bhagavad Gita hacía años, cuando Krishna, a las riendas de una cuadriga, guía a Arjuna hacia la victoria en el campo de batalla. Lo vivido ese día bien podía ser una parodia de tan célebre historia sagrada.

Fuese un buda como él reconoció, o el octavo avatar del dios Vishnu, o, mucho más probablemente, un pícaro que se aprovechó de mi ingenuidad para sacarme unas cuantas rupias, el caso es que a partir de ese encuentro mi percepción de la India, y de lo que creemos necesario para ser felices, cambió por completo.

PD: No te pierdas el video sugerido en el comentario dejado por Alice.

Cuando en el año 1997 salí de España para hacer un posdoc en EE. UU., pensaba que este país sería como el de sus películas. Creía además que no habría ningún lugar en el mundo en el que fuese posible vivir más a gusto que en España. Tres años después todavía albergaba ciertas dudas; doce años después ya no me quedaba duda alguna de lo contrario.

Desde el primer momento, la calidad humana y de vida en Berkeley resultaron mucho mejor de lo que me imaginaba debido en gran parte a su famoso “melting pot”, el gran crisol de razas y culturas. Cualquiera que se haya dado un paseo por el campus universitario o por las calles próximas, o visitado San Francisco al otro lado de la bahía, se habrá dado cuenta de que allí están representadas todas las razas, templos, restaurantes, caligrafías y vestimentas que uno se puede encontrar en el mundo.

Mis primeros amigos fueron italianos y españoles, pero el círculo no tardó en expandirse para incluir también a alemanes, indios, chinos, y, cuando el idioma dejó de ser un obstáculo, hasta algún norteamericano.

En tales circunstancias, resulta imposible no darse cuenta de que todas las personas compartimos las mismas inquietudes vitales, independientemente de nuestro lugar de procedencia y experiencias. Poco a poco, mi idea sobre España se fue modificando para convertirse en mi país de origen, del que me sentía orgulloso, pero sin fanatismo alguno.

Lo mismo me ocurrió con mis preferencias sobre las comidas, o con mis prejuicios sobre preferencias políticas, religiosas o sexuales. Probé comidas japonesas, etíopes, indias, chinas, mexicanas… charlé con musulmanes, ateos, budistas, mormones, católicos, protestantes, wicca, agnósticos, ateos… conocí gays, lesbianas, bisexuales y hasta heteros… y en todo y todos había de todo: bueno, malo y regular.

Esa experiencia multicultural permitió que me abriese a otras ideas diferentes a las que traía preconcebidas de España, de un modo en el que, lejos de renunciar a mis convicciones más asentadas, estas se enriquecieron con nuevos puntos de vista. Ahora soy incapaz de discriminar a nadie en función de sus preferencias (siempre y cuando no haya daño de por medio) porque todos tenemos algo importante que decir y compartir, como personas y como representantes de nuestro modo de entender la vida.

Cuando abrimos nuestra mente a otras opiniones y creencias sin miedo a ser contaminados, nuestros convencimientos, si son verdaderos y genuinos, siempre salen revitalizados, pero no por oposición sino por identificación.

Ideas que antes nos parecían irrespetuosas -incluso peligrosas- en el peor de los casos se convierten en algo inocuo, y en el mejor pueden convertirse en el catalizador que oxigene nuestra vida interior. Gracias a ello, podemos llegar a reconocer al mismo principio verdadero operando bajo apariencias muy distintas y en un ámbito mucho mayor del que imaginábamos, tanto que no hay límite físico ni cultural ni religioso ni de índole alguna en el que no se manifieste con toda su intensidad.

En el mes de junio del año 2003 realicé un peregrinaje en bici alrededor de la isla japonesa de Shikoku, la cuarta en extensión del archipiélago.

En el siglo VIII, el monje Kobo Daishi diseñó un peregrinaje alrededor de sus costas convirtiéndola así en un mandala de enormes dimensiones sobre la cual el peregrino ha de engarzar ochenta y ocho templos con aproximadamente mil doscientos kilómetros de hilo invisible. El nombre asociado a cada una de las cuatro prefecturas de la isla (Shikoku significa “cuatro países”) indica el tipo de transformación espiritual a la que el peregrino va a ser sometido: preparación, adiestramiento, iluminación y nirvana.

Fue, sin duda, una “aventura espiritual” diseñada por alguien capaz de correlacionar la topografía de aquella isla especial con la topografía más sutil de la mente humana, y de hacerlo mediante un proceso catalizador de mecanismos muy profundos de transformación espiritual.

Muchas fueron las anécdotas acontecidas; la siguiente fue una de ellas.

Cierto día lluvioso de una de las etapas más solitarias, se me ocurrió echar los cuernos del manillar de la bici hacia delante para conseguir una posición más aerodinámica. El aumento de la velocidad fue inmediato y considerable. Noté como las pulsaciones se aceleraban progresivamente, la boca se abría para inhalar más aire en perfecta coordinación con el esfuerzo, mi vista se fijó en la carretera desierta y mis pensamientos cesaron. En ese momento, en lugar de sentir cansancio, y a pesar de estar rindiendo a una elevada prestación, mi mente permanecía en absoluta calma.

Tal era mi concentración que, cuando levanté la vista, ya era de noche y no tenía ni idea de dónde me hallaba. Paré para preguntar en la casa de un pueblo costero cuánto faltaba para el templo al que me dirigía. El señor que me abrió la puerta me indicó entre risas: “¡Te lo has pasado!” Entonces, el cansancio me sobrevino de repente. La combinación de haber dejado de pedalear y la mojadura que llevaba encima me provocaron una gran tiritona. Mientras me alejaba, el señor dijo: “¡Espera! Mi hermana tiene un ryokan (hostal tradicional de estilo japonés) justo en la base de la carretera que conduce a la montaña donde está el templo. Si quieres, te puedo llevar en coche”. No podía creer mi suerte. Dejamos la bici en su jardín y salimos hacia el ryokan, el cual resultó especialmente agradable y barato. Después de muchos kilómetros bajo la lluvia, agradecí el imprevisto ofuro (baño comunal en agua muy caliente) y el tatami de la habitación. Tras el reparador sueño y la meditación de cada mañana, salí para visitar el templo; luego regresé caminando hasta la casa donde había dejado la bici la noche anterior. En la cesta de mi bici había un taper lleno de arroz y una nota que decía: “Arroz vegetariano. Ánimo peregrino”.

Seguro que todos hemos experimentado situaciones en las que estamos tan absortos en lo que hacemos que nos olvidamos de todo lo demás. En aquellos de naturaleza más intelectual, esta experiencia puede ocurrir mientras estudiamos o tratamos de resolver un problema de cálculo; en las personas más inclinadas al ejercicio físico, estos “estados pico” de elevada concentración pueden surgir -como en el caso que he mencionado- durante un esfuerzo físico prolongado. También pueden darse cocinando, reparando un trasto, pintando, tocando un instrumento, rezando, etc.

¿Podemos definir a ese estado elevado de concentración mental como meditación? No. La mente concentrada durante una actividad no equivale a la mente concentrada durante una “inactividad”. Es cierto que las técnicas de meditación basadas en la concentración utilizan un elemento, como la respiración o una imagen mental o un mantra, para lograr aquietarse, lo que sería similar al caso de una mente aquietada por estar focalizada en una actividad. Sin embargo, ese logro es sólo preliminar; es a partir de esa mente aquietada cuando podemos empezar a hablar de meditación. En ese estado preliminar, la mente necesita algo a lo que agarrarse y por lo tanto es un estado que depende de un “elemento externo”. No obstante, esas experiencias nos resultan siempre especialmente agradables porque nos permiten vislumbrar la existencia de un estado mucho más centrado, eficiente y libre de preocupaciones del que usualmente experimentamos.

Cuando aprendemos a mantener esa misma mente, sin necesidad de un elemento externo, y en todo tipo de situaciones, incluso charlando, entonces podemos hablar de verdadero samadhi o poder mental.

La meditación practicada en inmovilidad sirve para entrenar esta capacidad porque lo único que sucede, y no es poco, es nuestra actividad mental. El objetivo es aprender a concentrarse trascendiendo toda actividad, incluso la mental en reposo. ¿Imposible? Eso parece al principio; pero, poco a poco, nos vamos dando cuenta de que ese es el único camino de vuelta hacia nuestra propia naturaleza, que es pura, tranquila, luminosa e imperturbable ante el incesante ruido de nuestras mentes y los estímulos que nos rodean, todo lo cual queda reducido a un rumor, como electricidad estática… como un sueño.

Lejos de convertirnos en bloques de hielo, entonces, nos convertimos en seres realmente efectivos, funcionando con sabiduría en lugar de inteligencia; llenos de empatía por todo lo que nos rodea, porque ahora somos más conscientes de nuestro sufrimiento y del de los demás, que no es en nada diferente al de uno mismo.

La palabra meditación se utiliza para describir aquellas prácticas que conllevan la autorregulación del cuerpo y la mente mediante la manipulación intencionada de mecanismos específicos que potencian la atención.

Teniendo en cuenta que la regulación de la atención es el denominador común de los diferentes métodos de meditación, podemos clasificarlos en dos grandes grupos: “desapego” y “concentración”. La mayoría de las técnicas de meditación se ubican entre los polos de estos dos métodos generales.

Las prácticas de desapego, también conocidas como “contemplación profunda” (sct., vipasyana; pali, vipassana), permiten que los pensamientos, sentimientos y sensaciones surjan mientras la mente que procesa estos fenómenos adopta una función pasiva de mera observadora, atenta pero desapegada, sin proceder a juicios o análisis de ningún tipo. Los dos ejemplos tradicionales de este tipo de meditación son el Zen (en chino, Chan) y Vipassana.

Las prácticas de concentración, también conocidas como “quedarse en calma” (sct., samatha), tratan de que la mente se centre o focalice sobre un objeto o actividad específica, como puede ser la repetición de un sonido (por ejemplo, un mantra), la visualización de una imagen o contar respiraciones.

Las prácticas de desapego requieren el mantenimiento de la atención en un estado receptivo, mientras que las de concentración requieren la focalización de la atención. Sin embargo, en muchos casos, resulta difícil clasificar una determinada práctica como puramente de desapego o de concentración, puesto que las dos se superponen en su enfoque hacia la misma meta: el desarrollo de una nueva perspectiva, la de un observador que trasciende su contenido mental.

Así, en las de desapego es necesario también concentrarse para logar un estado mental que no entre a juzgar ni la información sensorial ni sus consecuencias mentales, de modo que pueda aparecer un meta-cognición que simplemente se limita a ser testigo de los contenidos de la mente. Y en las prácticas de concentración es necesario desapegarse de los pensamientos y sensaciones que surgen mediante una constante redirección de la atención hacia el objeto o tópico específico elegido. Por lo tanto, aunque los métodos utilizados para regular la atención difieren en sus prácticas, los resultados son similares, pues ambos suscitan una experiencia equivalente: la expansión de la idea de uno mismo, que pasa a no estar limitada al cuerpo y sus contenidos mentales.

En cierta ocasión, mientras vivía en un monasterio de Berkeley, un pastor presbiteriano de Oakland llamó por teléfono porque deseaba hablar con un monje budista. Yo le contesté que el monje residente se hallaba ausente pero, si no le importaba hablar con un novicio, era del todo bienvenido.

Esa misma tarde, un señor muy mayor, de unos ochenta años, afroamericano, alto pero de apariencia débil, vestido elegantemente con toda la gama de marrones posible, se presentó en el monasterio.

–Siempre admiré la entereza de los budistas –empezó a decir mientras sorbía el té verde que le ofrecí.

–Yo personalmente no lo estoy pasando nada bien; estoy sufriendo un virulento ataque del “fuego de San Antonio” (herpes zoster) –me quejé. Él me miró a través de sus gafas marrones y dijo suavemente:

–Tengo cáncer. Mi hermana, el único familiar que me queda, está siendo operada en estos momentos a corazón abierto. Vine a Oakland para sustituir al pastor anterior porque sufría alzhéimer, y hace poco pasó a mejor vida. La congregación apenas si tiene fondos para seguir manteniendo abierta la iglesia donde vivo… la vida tiene estas rachas.

No había ironía alguna en su voz, aunque yo no pude evitar sentirme ridículo a causa de mi anterior comentario. No supe muy bien a lo que había venido, pero sus últimas frases, pronunciadas mientras se incorporaba lentamente, me dejaron estupefacto:

–Soy muy afortunado. Gracias a mi labor pastoral he podido conocer, ayudar y compartir mi vida con muchas personas. Durante los periodos más duros aprendí a ser paciente, pero es solo ahora que todo se desmorona a mi alrededor cuando he aprendido algo más: gratitud. –Yo estaba impresionado, sin poder decir nada. Luego añadió:

–De hecho, lo único que he aprendido de verdad en la vida es gratitud. Esta es la puerta de mi liberación.

Lo acompañé hasta la puerta –la del monasterio– y siempre me arrepentiré por no haberlo escoltado hasta la estación de metro, pues según me dijo le habían robado el coche hacía poco.

Yo acababa de regresar de un retiro dedicado al estudio de un sutra (texto sagrado budista) llamado Guirnalda Floral (Avatamsaka), concretamente a su capítulo final conocido como Gandavyuha. En este texto, el protagonista es un joven peregrino que va visitando a varios maestros, cada uno de los cuales le confieren una enseñanza, le indican dónde puede encontrar al siguiente maestro, y siempre se despiden de él con la misma frase: “Buen hombre, yo sólo conozco esta puerta de la liberación”.

El pastor pronunció exactamente la misma expresión “la puerta de la liberación”, y no precisamente una que se oye todos los días, sino una que aparece en un libro de unos dos mil años de antigüedad escrito en sánscrito. Además, su mensaje tenía algo de arcano, como cuando se da una vuelta más a lo que parece que ya ha llegado a su límite. La paciencia ante el sufrimiento no sorprende a nadie, pero ¿gratitud?

El anciano encontró esa puerta de la liberación. Yo me limito a reflexionar sobre ello. Ánimo a todos los que sufren… que somos todos.

Semana Santa en Astorga, 2011He pasado la Semana Santa en mi pueblo, y por primera vez me acerqué a ver las procesiones de las que Astorga presume. Me sorprendió comprobar la existencia de tantas cofradías tan nutridas en una ciudad relativamente pequeña (12 000 habitantes), muestra inequívoca de la vitalidad y fortaleza que esta tradición posee en este rincón de España. Cada cofradía sale de las diferentes iglesias de la ciudad en dirección a la Plaza Mayor, donde confluyen antes de desembocar en la catedral. Las coloridas túnicas y capirotes, los tambores, los botafumeiros esparciendo la fragancia del incienso y la solemne multitud congregada, con presencia de numerosos peregrinos del Camino de Santiago, son algunos de los estímulos presentes en Astorga durante estas celebraciones.

En estas fechas se rememora la muerte y resurrección de Jesús. Cuando pensamos en esos acontecimientos históricos, en tiempos de los romanos, tenemos la sensación de que sucedieron en una época remota de la antigüedad. Sin embargo, los habitantes de la península Ibérica ya habían pintado las magníficas cuevas de Altamira unos doce mil años antes, y aún podríamos retroceder varias decenas de miles de años a pinturas similares encontradas en las proximidades de los Pirineos. Es decir, hasta la llegada de los romanos y el cristianismo, los íberos habían desarrollado a lo largo de milenios su propia cosmología y religión, con incorporaciones celtas, fenicias, cartaginesas y griegas durante el último milenio antes de Cristo. Visto así, en perspectiva, nos damos cuenta de que el cristianismo no es una religión tan antigua como pensábamos.

Durante los primeros siglos después de Cristo, en su proceso de introducción en el occidente europeo, el cristianismo incorporó las milenarias tradiciones locales como propias para convertir más fácilmente a las gentes, adaptadas a una nueva iconografía pero respetando y manteniendo un significado simbólico muy similar.

Los dos principales eventos anuales del cristianismo son la Navidad y la Semana Santa, la primera se celebra el 25 de diciembre y la segunda en una fecha basada en un calendario solar y lunar que coincide con la primavera. Este detalle por sí solo nos proporciona una pista muy poderosa sobre la cosmología que precedió al cristianismo. El solsticio de invierno es cuando tiene lugar el día más corto del año, a partir del cual los días comienzan a crecer de nuevo. Conforme avanza el invierno, el sol amanece cada mañana un poquito más hacia el norte sobre el horizonte, y así continúa hasta alcanzar el equinoccio de primavera, a partir del cual la duración del día es mayor que la de la noche.

Los padres del cristianismo fijarían la fecha de la Natividad, el nacimiento de Jesús, en torno al solsticio de invierno para canalizar una tradición ancestral que celebraba el nacimiento simbólico del sol durante el solsticio de invierno. De igual modo, fijarían la muerte y resurrección de Jesús con la llegada de la primavera, íntimamente asociada a la resurrección de la vida, tras la finalización del invierno. Concretamente, la Semana Santa se fija a partir de la primera luna llena después del equinoccio de primavera. Existe una razón cósmica para ello, y es que en esa fecha es cuando el sol por primera vez en el año consigue salir sobre el horizonte más hacia el norte que la luna llena.

Cromlech de Los Almendres, Alentejo, Portugal

Precisamente, en esa fecha es cuando en Iberia se conmemoraba el triunfo del sol sobre la luna hace al menos siete mil años, en monumentos como el crómlech de Almendres, en el Alentejo (Portugal), uno de los monumentos más antiguos del mundo. Este monumento fue obra de los llamados constructores de megalitos. Esta cultura existió durante unos tres milenios (entre el 4600 y el 1600 a.C.). En aquella época, el sol transitaba entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera sobre las constelaciones zodiacales de Acuario, Aries y Piscis. Si ahora prestamos atención a las representaciones de estos signos invernales descubriremos algo sorprendente.

La representación de Acuario, como un joven vertiendo agua desde un cántaro apoyado sobre su cintura, “recuerda” muchísimo a la sangre que derrama Jesús desde la herida de su costado mientras es crucificado. “Uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado y al instante salió sangre y agua”, dicen los evangelios (Juan 19: 33-34). Así pues, la sangre derramada desde el constado de Jesús podría ser una referencia a la constelación de Acuario. El icono fundamental del cristianismo, sobre todo en el catolicismo, es Jesús crucificado, derramando sangre. ¿Supervivencia simbólica de sacrificios humanos llevados a cabo durante los solsticios de invierno en la época megalítica? Muy posiblemente. La intención sería la de transferirle vida al sol para salvar a la humanidad de morir en la oscuridad.

  

La asociación de Jesús con los símbolos del pez y del cordero también se puede explicar en clave cósmica, porque las otras dos constelaciones invernales durante el megalitismo, Piscis y Aries, son representadas precisamente mediante los peces y el cordero.

En definitiva, en la iconografía cristiana se perciben los ecos de un sustrato muy anterior de cariz cósmico. La Semana Santa en concreto deriva de los sacrificios humanos acaecidos durante el invierno, propios de una cultura solar, durante la época del megalitismo.

La pasión con la que se vive la Semana Santa en España podría ser el legado transmitido a través de nuestra consciencia colectiva de aquellos primeros sacrificios humanos al sol, transmutados en iconografía cristiana a Jesús dando su vida para salvar a la humanidad.

Si este artículo te pareció interesante, échale un vistazo a este otro: Cristo nació antes de Cristo.

El viaje de Chihiro (en inglés Spirited Away) es una extraordinaria película de animación del director japonés Miyazaki, rebosante de simbolismo.

La película narra las aventuras de una niña en un pueblo fantasma para rescatar a sus padres, convertidos en cerdos. Como vamos a ver, debajo de esta fábula es posible vislumbrar la mayor de las conquistas del ser humano: la de uno mismo.

El pueblo fantasma representa la vida. La casa de baños es nuestro cuerpo, y Chihiro representa nuestro anhelo espiritual.

La regenta de la casa de baños (cuerpo) es Yubaba, la mente o ego. Yubaba cuida de un enorme y caprichoso bebé al que mantiene encerrado, aislado del exterior en una habitación llena de juguetes. Este bebé representa las emociones.

En los aposentos de Yubaba, en lo alto de la casa de baños (en la cabeza), hay un pájaro malévolo y tres cabezas saltarinas. Miyazaki ilustra así los tres niveles evolutivos: reptiliano (pájaro), mamífero (bebé) y humano (Yubaba). En otras palabras: el instinto de supervivencia (comida y sexo), las emociones y la inteligencia.

Como en un espejo, Miyazaki refleja nuestra existencia sobre un pueblo fantasma: la vida cotidiana durante el día se refleja en la actividad frenética del pueblo fantasma durante la noche. Y viceversa, cuando nos acostamos cada noche es cuando amanece en el pueblo, por eso Yubaba (el ego) abandona volando la casa de baños. Magnífica metáfora de lo que sucede al quedarnos dormidos, la sensación de que nuestro ego nos abandona, que sale volando.

La multitud de empleados que trabajan en la casa de baños representa la multitud de pensamientos y actividades mentales que realizamos durante el día para atraer a los fantasmas (estímulos sensoriales). Miyazaki dibuja a los empleados como ranas, seres anfibios, para simbolizar la transición entre pensamientos (agua) y actos (tierra).

En la casa de baños habitan tres personajes especiales (no son ranas): Haku, Kamaji y Lin. Cada uno de ellos representa un aspecto fundamental de nuestra reconquista. El joven Haku puede transformarse en un dragón y es respetado por todos, pero sufre porque Yubaba le ha robado el nombre. Entre él y Chihiro surge una profunda amistad, un amor puro entre el anhelo espiritual (Chihiro) y la capacidad de transformación (Haku), capaz de derrotar a la tiranía del ego.

Haku aconseja a Chihiro que vaya a ver al viejo Kamaji y le pida un trabajo en las calderas, en la parte baja de los baños, donde prepara aguas aromáticas. Kamaji representa el cuerpo al servicio de la mente, trabajando sin descanso para satisfacer todos sus deseos. Incluso las células aparecen como bolitas negras que arrojan carbón a las calderas.

Kamaji le dice a la niña que suba a hablar con Yubaba, que es quien toma las decisiones. Para llegar hasta la parte alta de la casa de baños donde habita Yubaba (en la cabeza), Chihiro ha de montarse en varios ascensores. Allí conoce a Lin, una joven sirvienta refunfuñona pero siempre dispuesta a echar una mano. Lin representa la capacidad de sacrificio y el esfuerzo.

Yubaba accede a regañadientes a contratar a Chihiro robándole su nombre; supone que la dureza del trabajo hará que lo olvide. Miyazaki le otorga al ego la capacidad de apropiarse de nombres, indicando que su poder es más conceptual que real.

El primer trabajo de Chihiro es bañar a un enorme fantasma pestilente: ha llegado la hora de remangarse y limpiar lo más apestoso de nuestra personalidad. Con el esfuerzo de todos, incluido Yubaba, libran al pesado fantasma de la porquería que arrastraba hasta revelar su auténtica naturaleza: un reluciente espíritu de río. El agradecido espíritu recompensa a Chihiro con una bola mágica, con la que ella piensa liberar a sus padres. Este episodio ilustra el primero y más duro de los trabajos espirituales: limpiar la mente y corregir los malos hábitos.

El segundo de los fantasmas que Chihiro ha de tratar es una sombra negra con careta que no parece tan desagradable, incluso es ella quien lo invita a entrar en la casa de baños. Este fantasma tiene el poder de generar pepitas de oro, a cambio de las cuales los sirvientes se desviven en atenciones. Conforme el fantasma devora los manjares ofrecidos y comienza a aumentar de tamaño, se vuelve descontrolado, engulle varios empleados y amenaza con destruir la casa de baños. Pero Chihiro no se deja tentar por el oro, siente pena por él y acaba dándole la mitad de la bola mágica. El fantasma comienza a vomitar, a purificarse, hasta revertir de nuevo en su aspecto inocuo, una sombra que ahora sigue sumisa a la niña. Este episodio simboliza el autocontrol de impulsos, codicias y apetitos.

En su intento por lograr su libertad y la de Chihiro, Haku roba un talismán a otro de los personajes clave de la película: la hermana gemela de Yubaba. Aunque idénticas físicamente, los principios por los que rigen sus vidas son diametralmente opuestos, como imágenes especulares. La hermana de Yubaba es el reverso del ego, el resultado de transformar la inteligencia en sabiduría. La hermana (sabiduría) entra en los aposentos de Yubaba (ego) guiada por Chihiro (anhelo espiritual) sin ella saberlo. Una vez dentro, convierte al gigantesco bebé en un ratoncito y al pájaro malvado en una mosca. El efecto de la sabiduría cuando accede a la mente es ese: reducir las emociones infantiles y la maldad hasta convertirlas en aspectos inofensivos de nuestra personalidad.

Durante el robo del talismán, Haku es herido gravemente. Chihiro le da la otra mitad de la bola mágica y decide devolver el talismán a la hermana de Yubaba. Para ello ha de emprender un largo viaje en tren sobre las aguas que rodean al pueblo fantasma, en compañía del ratón, la mosca y el fantasma sin cara. Se bajan en una solitaria parada donde son recibidos por un candil. La luz les guía hasta la hermana de Yubaba, quien los recibe con hospitalidad en una casa de campo sencilla y acogedora. Poco después aparece Haku trasformado en un espléndido dragón, a lomos del cual Chihiro regresa al pueblo fantasma. Mientras vuelan, Chihiro recuerda la identidad de Haku como la del espíritu del río en el que ella casi se ahoga de pequeña. Al escuchar su nombre, Haku consigue romper el maleficio de Yubaba. Todo este episodio ejemplifica el momento en el que nosotros, en total dominio de emociones y apetitos y en contacto con la sabiduría, reconocemos nuestra verdadera naturaleza, esencial e innata.

La aventura está a punto de concluir, pero antes nuestra heroína ha de superar una última prueba: para dejarla partir, Yubaba la reta a que identifique a sus padres entre un grupo de cerdos. Chihiro contesta que ninguno es su padre o su madre y, efectivamente, todos los cerdos eran sirvientes (pensamientos) transformados. En ese momento, nuestro anhelo espiritual (Chihiro) logra al fin su objetivo: ya nunca más seremos engañados por el ego y sus pensamientos. Ahora sí, somos libres.

Chihiro regresa a la entrada del pueblo, al punto de partida en el que aguardan sus padres, quienes no se han enterado de nada. En apariencia somos los mismos; sin embargo, en nuestro interior se ha obrado una profunda e irreversible transformación.

Si este artículo te pareció interesante, prueba a leer los primeros capítulos de mi novela La Corona del Zodiaco.

Hace un par de días fui invitado a dar una charla sobre meditación en una compañía cuyas oficinas se encuentran en uno de los rascacielos del centro de Oakland, con unas preciosas vistas sobre el Lago Merrit. Fue un charla informal para un pequeño grupo de ingenieros y secretarias que decidieron quedarse sin su descanso de media mañana para hacer algo diferente. Tratamos de modo distendido varios tópicos, y pensé que en esta nota podría escribir sobre ello.

La sociedad nos educa para producir, hacer, construir, fabricar, pero no nos enseña a descansar, relajarnos, desconectar, mucho menos transcender, porque algo así -discurren los bienpensantes- no solo no necesita ser educado sino que puede ser contraproducente. Craso error. No se puede ser eficiente en nuestra vida activa si no sabemos ser eficientes en nuestra vida pasiva, pues de esta nace la creatividad, la capacidad para regenerarnos y para transcender las limitaciones de nuestra mente racional y el ego que todo lo controla.

Somos muchísimo más de lo que ordinariamente pensamos que somos, pero nadie nos lo ha enseñado. Las religiones se han convertido en un reducto de tradiciones desconectadas de su verdadero significado y propósito. Rezamos a dioses externos con la esperanza de que nos ayuden, pero somos incapaces de mirar hacia nuestro interior para religar -el significado etimológico de religión- con los verdaderos principios que intuitivamente sabemos conducen hacia una vida más plena y feliz.

Vivimos tan ocupados con el trabajo, la familia y los entretenimientos que nunca encontramos tiempo para desconectar, para darnos un tiempo a nosotros mismos en el que no hacemos nada, lo que no significa convertirse en zombis frente a una pantalla, o dormir. Existen muchas maneras de desconectar la mente a la vez que permanecemos despiertos, y una de las más eficaces es meditar. ¿Por qué? Porque cuando dejamos el cuerpo inmóvil, lo único que se mueve es la mente, lo que nos da la oportunidad de estudiar su comportamiento.

Con cierta práctica, podemos descubrir y desarrollar una capacidad mental que todos tenemos y que es de vital importancia para llevar una vida más auténtica, y es la capacidad para desapegarnos de nuestros procesos mentales. No somos nuestros pensamientos. Esta afirmación, en una civilización construida sobre el “pienso luego existo” de Descartes, no deja de ser una provocación. Podríamos incluso decir que la meditación propone justo lo contrario: “pienso luego no existo”, porque el pensamiento no es más que un procesado de conceptos del que surge la sensación de un “yo” ficticio, ilusorio, que enmascara nuestra verdadera naturaleza.

Nuestra verdadera mente no está limitada a un cerebro y sus pensamientos, sino que se extiende sin límite y trasciende toda separación o discriminación espacial o temporal. La meditación es una herramienta que sirve para realizar el gran descubrimiento de todos los místicos de todas las tradiciones espirituales y de todos los tiempos. Alcanzar esta realización no es fácil, sin embargo es posible, y cada minuto que dedicamos a ello es el más precioso, porque el camino también cuenta. Es en el camino donde realmente aprendemos y tenemos la capacidad de implementar lo aprendido.

Terminado el descanso, cada uno volvió a sus quehaceres. Yo abandoné el rascacielos y me dirigí hacia el chinatown, teledirigido hacia el restaurante vietnamita en el que suelo comer cuando estoy en Oakland. Cutre donde los haya, sin pretensiones, sin música ambiental, solo comida deliciosa y barata servida por gente amable y sencilla.

Siempre termino con un refrescante vaso de tapioca con leche de coco. Si alguien me preguntase en ese momento a qué sabe la meditación contestaría que como ese postre… o como un vaso de agua fresca tomado del manantial de una montaña en una soleada tarde de verano. O eso quiero pensar, porque hay días en que sabe a aceite de ricino. Pero esto tal vez no debiera decirlo.

Este blog lo inauguré el 11 de marzo de 2011, pero durante varios días apenas si pude escribir nada, conmocionado como quedé al leer las noticias del devastador terremoto y tsunami que ese día golpeó Japón. Yo además tengo el agravante de haber vivido en aquellas islas varios años (tres), de cuyas gentes guardo muchos gratos recuerdos y unos pocos amigos.

Leo en las noticias que los japoneses no lloran, pero los periodistas no matizan del todo que no lo hacen en público –ni llorar ni cualquier otra muestra de afecto– como es costumbre en occidente, lo que no significa en absoluto que no sientan exactamente lo mismo.

Las cifras de muertos ya nadie las mira, y que sean 10.000 o 20.000 no causa mayor sensación. Al horror de las pérdidas humanas se le añade el desastre nuclear.

Acabo de leer que en Europa pretenden cerrar las centrales nucleares que no superen cierto examen de resistencia. La prepotencia del ser humano es tal que todavía no entiende que no existe nada que no sea infalible, ni en la vida, ni en la naturaleza y mucho menos en las obras del ser humano. Solo cuando entendamos profundamente este principio podremos darnos cuenta del descomunal riesgo que entraña una concentración tan elevada de peligro. ¿Puede alguien realmente evitar que un avión se estrelle contra una central nuclear en lugar de contra un rascacielos? ¿O que otro terremoto o calamidad natural no afecte de igual o peor modo a cualquiera de las centrales nucleares diseminadas por el mundo?

No deberían existir lugares donde la concentración de un poder de destrucción sea tan elevado, porque solo hace falta un único accidente para que el daño a la vida en este planeta sea irreparable.

Por otro lado, ¿cómo nos sentiríamos nosotros si las antiguas civilizaciones -los romanos, o los aztecas o los constructores de megalitos- hubiesen dejado cientos de piscinas llenas de materiales radioactivos? Esa será la herencia que dejaremos a los habitantes del futuro, si es que los hay.

Las centrales nucleares pertenecen a la era de la prepotencia industrial del siglo pasado, como el petróleo y el carbón. Solo sirven para generar una energía que enriquece a los pocos que la controlan. ¿Por qué han de ser siempre las compañías energéticas las que más dinero ganan? Debemos dar un paso adelante como sociedad hacia formas de producción de energía más democráticas, menos agresivas, más deslocalizadas, más limpias, y más generadoras de riqueza repartida entre muchos en lugar de acumulada en unos pocos.

No debemos dejarnos engañar por los que defienden el actual monstruo energético a costa de agitar el espantajo de la recesión económica, la subida de precios o el desempleo. Su verdadero miedo es perder su privilegiado estatus.

Si cada una de nuestras casas, coches y empresas fuese responsable de la energía que consume, lo que veríamos sería un florecimiento económico, muchos nuevos y diferentes puestos de trabajo relacionados, y sobre todo una sana competencia creativa por lograr fuentes de energía más limpias, locales y respetuosas con la vida.

Deseo con todo mi ser que la tragedia de Japón se resuelva sin mayores consecuencias y que el desastre nuclear sea controlado, pero al mismo tiempo deseo que sirva para hacernos reflexionar sobre nuestro futuro, sobre el modo en el que queremos vivir. Los ciudadanos del mundo debemos levantar nuestras voces contra la miopía de los gobiernos y la avaricia de los de siempre.

Hay una fecha en mi vida que difícilmente podré olvidar, el 26 de diciembre de 2004, el día en el que me ordenaba como novicio. Pero esa no fue la única razón por la que se quedó grabada indeleblemente en mi corazón. A la vez que yo hacía mis votos de obediencia, pobreza y castidad en un monasterio budista de California, en el otro lado del planeta se producía uno de los maremotos más devastadores de todos los tiempos. Durante la ceremonia, las costas de Indonesia y de otros países vecinos eran barridas por una colosal ola que se llevaba la vida de más de 200,000 personas. En mi subconsciente, las gigantescas olas de mis votos y las del océano se solaparon para dar como resultado un inesperado armónico, la profunda realización de lo frágil e impredecible que es la vida.

Ese día yo también moría, pero de un modo muy diferente al de todos aquellos que esa mañana se levantaron para trabajar, o para disfrutar de un día más de vacaciones en unas playas tropicales, sin saber qué ese sería el último. Con la cabeza afeitada, cubierto del hábito monástico, con un nuevo nombre y un cambio radical en mi modo de vida, la comparación con la muerte y el renacimiento se entiende ahora que no sea tan exagerada; después de todo, los rituales iniciáticos de cualquier tradición espiritual buscan precisamente eso, la muerte y el renacimiento simbólicos del candidato a ser iniciado.

Aunque cuatro años después decidí no tomar los votos de monje, mi vida no volvió a ser la misma que la que fue antes de esa ceremonia. Desde aquella fecha, cuando me levanto cada mañana, lo primero que hago es juntar las palmas de las manos y dar gracias por disponer de un día más en el que poder intentar (y fracasar la mayoría de las veces) hacer algo positivo con mi vida.

Algunas veces la vida se muestra tan dura, o simplemente anodina, que al despertar cada mañana podemos sentir justo lo contrario, un nuevo día en el que retomar un montón de viejas preocupaciones, o un día más de una vida sin sentido. Yo pensaba así cuando la vida me mostraba su cara menos dulce. Sin embargo, ahora, a pesar de que los palos siguen cayendo con regularidad, los tomo de otra manera, y hasta trato de ver qué puedo sacar en limpio del dolor, la vergüenza, el arrebato, la desidia o lo que quiera que sea que en ese momento consigue desestabilizarme. Poco a poco, las caras dulces y amargas de la vida ya no aparecen tan diferenciadas.

Sin duda, una práctica regular de la meditación ayuda a ver las cosas con una perspectiva mucho más objetiva, menos emocional y seguramente más acertada en las respuestas. Todos podemos despertarnos cada día no tanto para bregar como para aprender. La vida es una escuela y la mayoría somos repetidores.

Esta nota es una reflexión personal propiciada por la tragedia de Japón, sobre la que escribiré la siguiente nota como una reflexión social.

CM (Círculo de Meditación) se puede definir como una nueva metodología de meditación que integra en una sola práctica diferentes disciplinas tradicionales procedentes en su mayoría del budismo. CM está diseñada para poner la meditación al alcance de todos, siendo su adaptabilidad y su postura no sectaria sus características más distintivas.

Todos aquellos, independientemente de que posean o no experiencia previa de meditación, a quienes les gustaría reforzar la dimensión espiritual de sus vidas y entrar en contacto con su sabiduría y compasión innatas, encontrarán en CM una herramienta extraordinaria.

CM entiende la meditación no solo como algo relativo a la mente, por ello adopta un enfoque holístico que involucra a  la mente y al cuerpo en quietud y en movimiento. Además, las dos principales técnicas de meditación, concentración y desapego, se ensamblan en un equilibrio que progresa de forma dinámica a lo largo del período de práctica formal.

CM hace frente a los principales problemas encontrados en todas las técnicas contemplativas: distracción, una abrumadora presencia de pensamientos y somnolencia. A través de un diseño que llama la atención del meditador a intervalos regulares de tiempo (cada cinco minutos), la capacidad de focalización mental se ve reforzada.

Además, su diseño pretende borrar la distinción entre una meditación formal durante la práctica en sí y el resto de las actividades diarias. Para ello, CM trata de inculcar una mayor capacidad de atención a lo particular dentro de un marco global de respeto a la vida en todas sus manifestaciones.

CM ha sido empíricamente probada y ajustada en función de los resultados. Las respuestas iniciales de los participantes han sido muy positivas, sin embargo, todavía está por ver si esta novedosa semilla conseguirá florecer.

La meditación CM de media hora está especialmente diseñada para los principiantes, y la ofrezco en la página meditación CM. A quienes les gustaría saber algo más sobre el fundamento teórico que sustenta su diseño, o practicar la versión avanzada de una hora de duración, podéis hacerlo comprando el libro Círculo de Meditación.

Sinceramente creo que se necesita introducir la meditación tradicional en la sociedad si de verdad queremos corregir su curso hacia auténticas formas de sabiduría y felicidad. Después de mucho “meditar”, creo que esta es la mejor manera, si no la única,  de sobrevivir espiritualmente en medio del torbellino consumista, egoísta y miope en el que estamos inmersos.

Toda práctica espiritual que se precie de tal debe inducir un proceso de autotransformación que dé sentido a la existencia y nos conduzca hacia una experiencia vital más auténtica, más feliz. La meditación, acompañada de una simplificación del estilo de vida, puede ser dicha práctica.

Mi intención no es solo hablar de meditación, sino también sobre nuestro estilo de vida. Concebir la meditación como una práctica aislada del resto de actividades diarias carece de sentido.

También daré mi opinión sobre los temas de actualidad que llamen mi atención. En estos artículos me gustaría ofrecer un punto de vista basado en la apreciación holística de la vida que la meditación ayuda a desarrollar.

Para qué vamos a engañarnos, ya existe una cantidad abrumadora de información sobre la meditación procedente de todo tipo de fuentes, desde gurús con coleta y sayos que se autoproclaman iluminados, hasta las tradiciones que siguen practicando de modo riguroso y auténtico diversas técnicas tradicionales originarias de Oriente, pasando por los que se anuncian por todas partes garantizando la iluminación mediante métodos que suelen mezclar lo cuántico con los ángeles y que supuestamente funcionan activando vete tú a saber qué ondas cerebrales (todo en veinte minutos por el módico precio de…)

En vista de lo cual, ¿hace falta alguien más escribiendo sobre el tema? Probablemente no. Sin embargo, todos tenemos nuestro punto de vista y experiencias únicas que pueden ser útiles a los demás, aunque solo sea para evitar que tropiecen en las mismas piedras. Además, desde un punto de vista personal, estoy seguro de que mi práctica también se puede beneficiar de esta interacción.

Yo llevo meditando a diario los últimos catorce años, cinco de ellos como “profesional” (si así se le puede llamar a un monje budista). Esta modesta pero sincera práctica  es la que considero me habilita para hablar del tema y para ser de utilidad a aquellos interesados en esta práctica. Lo dicho no quiere decir que haya alcanzado un estado mental privilegiado, ni mucho menos, ni tan siquiera que haya llegado a vislumbrar el ilimitado potencial que todos poseemos. La meditación es un proyecto de vida y no una solución mágica contra todos los males; sin embargo, cuanto antes nos pongamos a ello, antes podremos comenzar a experimentar su capacidad liberadora y potenciadora de la creatividad.

Si lo has intentado antes pero te pareció que la meditación no era para ti, o estás meditando pero sientes que tu práctica se encuentra estancada, es muy posible que también puedas encontrarle alguna utilidad a la perspectiva que me gustaría ofrecer en este blog.

Si, a pesar de todo, decides que la meditación no es para ti, siempre podrás encontrar información de utilidad sobre el modo de hacer más auténtica y enriquecedora nuestra vida a través de su simplificación, discutiendo sobre temas mundanos o espirituales, acerca de la naturaleza, los hábitos (buenos y malos), y todo lo que la realidad del momento vaya sugiriendo.

Bienvenido.

carátula CdZ
Arriba: Novela.
Abajo: Trilogía.

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Marineros de piedra
"Un libro extraordinario que revoluciona la historia".
-Gavin Menzies, autor de 1421 y The Lost Empire of Atlantis

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