Semana Santa en Astorga, 2011He pasado la Semana Santa en mi pueblo, y por primera vez me acerqué a ver las procesiones de las que Astorga presume. Me sorprendió comprobar la existencia de tantas cofradías tan nutridas en una ciudad relativamente pequeña (12 000 habitantes), muestra inequívoca de la vitalidad y fortaleza que esta tradición posee en este rincón de España. Cada cofradía sale de las diferentes iglesias de la ciudad en dirección a la Plaza Mayor, donde confluyen antes de desembocar en la catedral. Las coloridas túnicas y capirotes, los tambores, los botafumeiros esparciendo la fragancia del incienso y la solemne multitud congregada, con presencia de numerosos peregrinos del Camino de Santiago, son algunos de los estímulos presentes en Astorga durante estas celebraciones.

En estas fechas se rememora la muerte y resurrección de Jesús. Cuando pensamos en esos acontecimientos históricos, en tiempos de los romanos, tenemos la sensación de que sucedieron en una época remota de la antigüedad. Sin embargo, los habitantes de la península Ibérica ya habían pintado las magníficas cuevas de Altamira unos doce mil años antes, y aún podríamos retroceder varias decenas de miles de años a pinturas similares encontradas en las proximidades de los Pirineos. Es decir, hasta la llegada de los romanos y el cristianismo, los íberos habían desarrollado a lo largo de milenios su propia cosmología y religión, con incorporaciones celtas, fenicias, cartaginesas y griegas durante el último milenio antes de Cristo. Visto así, en perspectiva, nos damos cuenta de que el cristianismo no es una religión tan antigua como pensábamos.

Durante los primeros siglos después de Cristo, en su proceso de introducción en el occidente europeo, el cristianismo incorporó las milenarias tradiciones locales como propias para convertir más fácilmente a las gentes, adaptadas a una nueva iconografía pero respetando y manteniendo un significado simbólico muy similar.

Los dos principales eventos anuales del cristianismo son la Navidad y la Semana Santa, la primera se celebra el 25 de diciembre y la segunda en una fecha basada en un calendario solar y lunar que coincide con la primavera. Este detalle por sí solo nos proporciona una pista muy poderosa sobre la cosmología que precedió al cristianismo. El solsticio de invierno es cuando tiene lugar el día más corto del año, a partir del cual los días comienzan a crecer de nuevo. Conforme avanza el invierno, el sol amanece cada mañana un poquito más hacia el norte sobre el horizonte, y así continúa hasta alcanzar el equinoccio de primavera, a partir del cual la duración del día es mayor que la de la noche.

Los padres del cristianismo fijarían la fecha de la Natividad, el nacimiento de Jesús, en torno al solsticio de invierno para canalizar una tradición ancestral que celebraba el nacimiento simbólico del sol durante el solsticio de invierno. De igual modo, fijarían la muerte y resurrección de Jesús con la llegada de la primavera, íntimamente asociada a la resurrección de la vida, tras la finalización del invierno. Concretamente, la Semana Santa se fija a partir de la primera luna llena después del equinoccio de primavera. Existe una razón cósmica para ello, y es que en esa fecha es cuando el sol por primera vez en el año consigue salir sobre el horizonte más hacia el norte que la luna llena.

Cromlech de Los Almendres, Alentejo, Portugal

Precisamente, en esa fecha es cuando en Iberia se conmemoraba el triunfo del sol sobre la luna hace al menos siete mil años, en monumentos como el crómlech de Almendres, en el Alentejo (Portugal), uno de los monumentos más antiguos del mundo. Este monumento fue obra de los llamados constructores de megalitos. Esta cultura existió durante unos tres milenios (entre el 4600 y el 1600 a.C.). En aquella época, el sol transitaba entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera sobre las constelaciones zodiacales de Acuario, Aries y Piscis. Si ahora prestamos atención a las representaciones de estos signos invernales descubriremos algo sorprendente.

La representación de Acuario, como un joven vertiendo agua desde un cántaro apoyado sobre su cintura, “recuerda” muchísimo a la sangre que derrama Jesús desde la herida de su costado mientras es crucificado. “Uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado y al instante salió sangre y agua”, dicen los evangelios (Juan 19: 33-34). Así pues, la sangre derramada desde el constado de Jesús podría ser una referencia a la constelación de Acuario. El icono fundamental del cristianismo, sobre todo en el catolicismo, es Jesús crucificado, derramando sangre. ¿Supervivencia simbólica de sacrificios humanos llevados a cabo durante los solsticios de invierno en la época megalítica? Muy posiblemente. La intención sería la de transferirle vida al sol para salvar a la humanidad de morir en la oscuridad.

  

La asociación de Jesús con los símbolos del pez y del cordero también se puede explicar en clave cósmica, porque las otras dos constelaciones invernales durante el megalitismo, Piscis y Aries, son representadas precisamente mediante los peces y el cordero.

En definitiva, en la iconografía cristiana se perciben los ecos de un sustrato muy anterior de cariz cósmico. La Semana Santa en concreto deriva de los sacrificios humanos acaecidos durante el invierno, propios de una cultura solar, durante la época del megalitismo.

La pasión con la que se vive la Semana Santa en España podría ser el legado transmitido a través de nuestra consciencia colectiva de aquellos primeros sacrificios humanos al sol, transmutados en iconografía cristiana a Jesús dando su vida para salvar a la humanidad.

Si este artículo te pareció interesante, échale un vistazo a este otro: Cristo nació antes de Cristo.

Anuncios