En cierta ocasión, mientras vivía en un monasterio de Berkeley, un pastor presbiteriano de Oakland llamó por teléfono porque deseaba hablar con un monje budista. Yo le contesté que el monje residente se hallaba ausente pero, si no le importaba hablar con un novicio, era del todo bienvenido.

Esa misma tarde, un señor muy mayor, de unos ochenta años, afroamericano, alto pero de apariencia débil, vestido elegantemente con toda la gama de marrones posible, se presentó en el monasterio.

–Siempre admiré la entereza de los budistas –empezó a decir mientras sorbía el té verde que le ofrecí.

–Yo personalmente no lo estoy pasando nada bien; estoy sufriendo un virulento ataque del “fuego de San Antonio” (herpes zoster) –me quejé. Él me miró a través de sus gafas marrones y dijo suavemente:

–Tengo cáncer. Mi hermana, el único familiar que me queda, está siendo operada en estos momentos a corazón abierto. Vine a Oakland para sustituir al pastor anterior porque sufría alzhéimer, y hace poco pasó a mejor vida. La congregación apenas si tiene fondos para seguir manteniendo abierta la iglesia donde vivo… la vida tiene estas rachas.

No había ironía alguna en su voz, aunque yo no pude evitar sentirme ridículo a causa de mi anterior comentario. No supe muy bien a lo que había venido, pero sus últimas frases, pronunciadas mientras se incorporaba lentamente, me dejaron estupefacto:

–Soy muy afortunado. Gracias a mi labor pastoral he podido conocer, ayudar y compartir mi vida con muchas personas. Durante los periodos más duros aprendí a ser paciente, pero es solo ahora que todo se desmorona a mi alrededor cuando he aprendido algo más: gratitud. –Yo estaba impresionado, sin poder decir nada. Luego añadió:

–De hecho, lo único que he aprendido de verdad en la vida es gratitud. Esta es la puerta de mi liberación.

Lo acompañé hasta la puerta –la del monasterio– y siempre me arrepentiré por no haberlo escoltado hasta la estación de metro, pues según me dijo le habían robado el coche hacía poco.

Yo acababa de regresar de un retiro dedicado al estudio de un sutra (texto sagrado budista) llamado Guirnalda Floral (Avatamsaka), concretamente a su capítulo final conocido como Gandavyuha. En este texto, el protagonista es un joven peregrino que va visitando a varios maestros, cada uno de los cuales le confieren una enseñanza, le indican dónde puede encontrar al siguiente maestro, y siempre se despiden de él con la misma frase: “Buen hombre, yo sólo conozco esta puerta de la liberación”.

El pastor pronunció exactamente la misma expresión “la puerta de la liberación”, y no precisamente una que se oye todos los días, sino una que aparece en un libro de unos dos mil años de antigüedad escrito en sánscrito. Además, su mensaje tenía algo de arcano, como cuando se da una vuelta más a lo que parece que ya ha llegado a su límite. La paciencia ante el sufrimiento no sorprende a nadie, pero ¿gratitud?

El anciano encontró esa puerta de la liberación. Yo me limito a reflexionar sobre ello. Ánimo a todos los que sufren… que somos todos.

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