Cuando en el año 1997 salí de España para hacer un posdoc en EE. UU., pensaba que este país sería como el de sus películas. Creía además que no habría ningún lugar en el mundo en el que fuese posible vivir más a gusto que en España. Tres años después todavía albergaba ciertas dudas; doce años después ya no me quedaba duda alguna de lo contrario.

Desde el primer momento, la calidad humana y de vida en Berkeley resultaron mucho mejor de lo que me imaginaba debido en gran parte a su famoso “melting pot”, el gran crisol de razas y culturas. Cualquiera que se haya dado un paseo por el campus universitario o por las calles próximas, o visitado San Francisco al otro lado de la bahía, se habrá dado cuenta de que allí están representadas todas las razas, templos, restaurantes, caligrafías y vestimentas que uno se puede encontrar en el mundo.

Mis primeros amigos fueron italianos y españoles, pero el círculo no tardó en expandirse para incluir también a alemanes, indios, chinos, y, cuando el idioma dejó de ser un obstáculo, hasta algún norteamericano.

En tales circunstancias, resulta imposible no darse cuenta de que todas las personas compartimos las mismas inquietudes vitales, independientemente de nuestro lugar de procedencia y experiencias. Poco a poco, mi idea sobre España se fue modificando para convertirse en mi país de origen, del que me sentía orgulloso, pero sin fanatismo alguno.

Lo mismo me ocurrió con mis preferencias sobre las comidas, o con mis prejuicios sobre preferencias políticas, religiosas o sexuales. Probé comidas japonesas, etíopes, indias, chinas, mexicanas… charlé con musulmanes, ateos, budistas, mormones, católicos, protestantes, wicca, agnósticos, ateos… conocí gays, lesbianas, bisexuales y hasta heteros… y en todo y todos había de todo: bueno, malo y regular.

Esa experiencia multicultural permitió que me abriese a otras ideas diferentes a las que traía preconcebidas de España, de un modo en el que, lejos de renunciar a mis convicciones más asentadas, estas se enriquecieron con nuevos puntos de vista. Ahora soy incapaz de discriminar a nadie en función de sus preferencias (siempre y cuando no haya daño de por medio) porque todos tenemos algo importante que decir y compartir, como personas y como representantes de nuestro modo de entender la vida.

Cuando abrimos nuestra mente a otras opiniones y creencias sin miedo a ser contaminados, nuestros convencimientos, si son verdaderos y genuinos, siempre salen revitalizados, pero no por oposición sino por identificación.

Ideas que antes nos parecían irrespetuosas -incluso peligrosas- en el peor de los casos se convierten en algo inocuo, y en el mejor pueden convertirse en el catalizador que oxigene nuestra vida interior. Gracias a ello, podemos llegar a reconocer al mismo principio verdadero operando bajo apariencias muy distintas y en un ámbito mucho mayor del que imaginábamos, tanto que no hay límite físico ni cultural ni religioso ni de índole alguna en el que no se manifieste con toda su intensidad.

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