Cuando se cumplían casi cuatro años desde el comienzo de mi andadura monástica (cinco si contamos el año de postulante), empecé a notar, preocupado, una inusual incapacidad para descansar por las noches, así como una frecuencia inusitada del tipo de pesadillas en las que me caía por precipicios, me perseguían asesinos o aparecía desnudo en lugares públicos. Además, parecía haberme olvidado de meditar, y observaba con creciente frustración mi impericia para serenarme.

Cierta noche me levanté desvelado con la sospecha de que me estaba volviendo loco. Allí, de pie y asustado, por fin descubrí la causa de todo mi desasosiego. Como cuando se abre la válvula de una olla exprés, un único pensamiento conseguiría liberar de inmediato toda la presión: “Quizás no sirvo para la vida de monje”.

Aunque se debía de haber estado cociendo a fuego lento desde mucho antes, y a niveles más profundos, esa fue la primera vez que, desde mi decisión de hacerme monje, dicho pensamiento afloró en mi mente. Esa noche descansé como hacía tiempo que no lo hacía. Durante la meditación de la mañana siguiente pude serenarme como solía hacerlo. Esa frase liberaba el estado de ansiedad al que había desembocado conforme la ceremonia de mi ordenación se iba aproximando y yo, en lugar de feliz expectación, sólo sentía ansiedad.

Afortunadamente, el retiro invernal, con su semana de recitación del nombre del Buda Amitabha, seguida de otras tres semanas de meditación intensiva, se acercaba y, al igual que hacía cuatro años había decidido hacerme monje después de dicho retiro, ahora tendría la oportunidad de ratificar mi decisión o de plantearme otras vías.

La semana de recitación terminó con una puesta de sol especialmente bella sobre una chopera deshojada. Bajo una ligera llovizna, un grupo de ciervos permanecía inmóvil a escasa distancia del monasterio. Me acerqué hasta muy pocos metros de ellos y durante algunos minutos recité el nombre del Buda Amitabha. La recitación del nombre de ese buda es la práctica más devocional del Budismo Mahayana. Los devotos piden renacer en la Tierra Pura de Amitabha porque allí el logro de la iluminación es mucho más sencillo que en esta Tierra. Al día siguiente observé que dos monjes charlaban frente al monasterio, y luego uno de ellos se dirigía hacia mí para pedirme ayuda: “Por favor, trae una pala del monasterio para cavar una fosa”. Un ciervo había amanecido muerto, ¡justo sobre el lugar en que yo había estado recitando la noche anterior! -¿Habría ido a renacer a la tierra pura? –cavilaba para mis adentros mientras lo levantábamos por las patas y lo enterrábamos, mirando hacia el oeste. Volvimos a recitar el nombre del Buda Amitabha durante algunos minutos al pie de su tumba y luego regresamos al monasterio caminando en silencio bajo la fría llovizna.

En la sala de meditación, y en los participantes, nada parecía haber cambiado respecto a retiros invernales anteriores. Sin embargo, yo sí había cambiado. Durante ese retiro, los intentos vanos de todo el mundo por mantenerse despiertos y todo aquel esfuerzo físico y mental, en lugar de parecerme encomiable, incluso divertido, me pareció trágicamente baldío. Descubrí lleno de tristeza que aquellas gentes consideraban que la meditación, y en general toda práctica espiritual, consistía en machadas ascéticas. Yo no me sentía mejor que ninguno de ellos, ni tampoco capaz de hacerlo mejor en el futuro. Fue durante ese retiro cuando, sin necesidad de decidir nada, la vida elegía otro camino para mí. No me ordenaría. Volvía a la vida de laico.

PD: Gracias Tito por enviarme el enlace del video.

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