Hace unos días fue mi cumpleaños, hoy es el de un hermano, y no hace mucho lo fue el del otro. Mañana nos juntamos para celebrarlo. Me acordé de un pasaje del Sutra Surangama que traduje directamente del chino hace varios años, mientras servía de novicio en un monasterio de California, y que podría titularse: “No todo envejece”. Si nunca has leído un texto de dos mil años de antigüedad escrito en la India (aunque solo ha sobrevivido su traducción al chino), puede que te sorprenda su vigencia. Dice así:

Entonces, el rey Prasenajit se puso en pie y se dirigió respetuosamente al Buda:

–Antes de ser instruido por el Buda, conocí a Katyayana y a Vairatiputra. [1] Ambos me explicaron que cuando este cuerpo muere, nosotros dejamos de existir y nos convertimos en nada. Esa mismísima nada es lo que ellos llamaban nirvana. Ahora, aunque he conocido al Buda, todavía guardo cierta cautela y tengo mis dudas. ¿Cómo puedo llegar a conocer la verdadera mente fundamental, esa que no es fabricada ni perece? A todos los que en esta asamblea tenemos efusiones nos gustaría que nos aclarase este punto.

El Buda dijo al rey:

–Permítame antes que le pregunte, ¿es su cuerpo indestructible como el vajra,[2] o se halla sujeto al decaimiento?

–Venerable, mi cuerpo decae y lo continuará haciendo hasta finalmente morir.

–Su Majestad no ha muerto todavía, ¿cómo sabe que lo hará?

–Venerable, aunque es cierto que todavía no me he muerto, mi cuerpo y mente son impermanentes, puedo ver cómo cada uno de mis pensamientos se desvanece y es seguido por otro nuevo, el cual tampoco permanece. Como fuego que pasa a cenizas, mis pensamientos están en constante extinción, pereciendo siempre, por lo que estoy convencido de que mi cuerpo también ha de perecer.

–Así es, majestad. ¿Cómo compararía su vejez con su juventud?

–Venerable, yo de niño tenía la piel tersa y suave, y en mi lozanía estaba lleno de vitalidad. Pero ahora, en estos últimos años, con los achaques propios de la vejez, mi cuerpo se ha marchitado y debilitado, mis fluidos vitales están exangües, mi pelo encanecido y mi piel arrugada. No me ha de quedar mucho tiempo. ¿Cómo puede mi situación actual ser comparada con la que tenía en la flor de mi vida?

–Majestad, la apariencia de su cuerpo no puede haberse deteriorado repentinamente.

–Venerable, el cambio ha sido tan sutil que apenas lo he notado. He llegado a este punto gradualmente, con el transcurrir de los años. Así, en mis veintes todavía era joven, pero ya parecía mayor que en mi adolescencia. Mis treintas marcaron un declinar adicional al de mis veintes, y ahora, dos años por encima de sesenta, al mirar hacia atrás, mis cincuentas podrían considerarse como años de cierto vigor, saludables incluso. Pero, cuando ahora reparo en estas sutiles transformaciones, Venerable, me doy cuenta de que los cambios acaecidos en este declinar hacia la muerte resultan evidentes no solo de década en década, sino también en incrementos más cortos. En una consideración más detenida, uno puede ver que, al igual que con las décadas, los cambios se suceden año tras año. En realidad, ¿cómo podrían ocurrir solo de año en año? Dichos cambios han de ocurrir cada mes, pero ¿cómo podrían tener lugar solo de mes en mes? Estos cambios han de ocurrir día a día, y, si uno contempla profundamente esto, uno puede ver que el cambio es incesante, momento a momento,[3] con cada sucesivo pensamiento. Es por ello que sé bien que mi cuerpo continuará cambiando hasta perecer.

–Al observar estos cambios e incesantes transformaciones, usted concluye que ha de morir, pero ¿sabe si al hacerlo queda algo suyo que no muere?

–Realmente no lo sé –respondió el rey Prasenajit juntando las palmas.

–Ahora le revelaré qué es eso que ni surge ni perece. Majestad, cuando por primera vez vio el río Ganges, ¿qué edad tenía?

–Tenía tres años. Mi querida madre me llevó a presentar respetos a la diosa Jiva[4] y, cuando pasamos cerca del río, me dijeron que se trataba del Ganges.

–Su Majestad dijo que comparativamente había envejecido década tras década, año tras año, mes tras mes y día tras día. Dijo que, de hecho, en cada sucesivo pensamiento han ido teniendo lugar cambios hasta llegar ahora a la década de los sesentas. Reflexione sobre el río que vio a los tres años respecto al visto diez años después, cuando tenía trece, ¿en qué se diferenciaban esos ríos?

–El río parecía el mismo cuando lo vi con trece años que cuando lo vi con tres, e incluso ahora, cuando tengo sesenta y dos, parece todavía el mismo.

–Ahora lamenta sus canas y arrugas y es cierto que su rostro está ahora más estriado que en su juventud, pero, cuando ahora mira al Ganges, su consciencia visual, ¿es en algo diferente a la de entonces, cuando era un niño?

–No es diferente, Venerable.

–Majestad, su cara está arrugada, pero no así la naturaleza esencial de su consciencia visual. Lo que se arruga está sujeto al cambio; lo que no se arruga es lo que no cambia. Lo que cambia perecerá. Lo que no cambia, y por ende ni surge ni desaparece, ¿cómo podría verse afectado por los nacimientos y muertes? Por lo tanto, no se preocupe de lo que otros como Maskari Gosaliputra[5] dicen: que cuando este cuerpo muere uno deja de existir.

El rey asintió y supo que cuando dejamos este cuerpo continuamos en otro. Tanto él como el resto de los participantes en la gran asamblea se regocijaron por haber clarificado este punto.


[1] Kātyāyana y Vairāṭiputra fueron coetáneos del Buda que explicaban formas de escepticismo. Del primero en concreto se dice que fue un fiero oponente del Buda.

[2] Vajra, un material de extrema dureza y durabilidad, a veces traducido como diamante.

[3] Momento (sct. kṣaṇa). El más fugaz de los pensamientos dura noventa ksanas, y en cada ksana intervienen novecientas operaciones mentales.

[4] Jīva en sánscirto significa “principio vital”.

[5] En la época en la que vivió el Buda, en la India existían varias escuelas filosóficas lideradas por sus proponentes, como los mencionados por el rey Prasenajit, o como Maskari Gośālīputra, quienes proponían el fatalismo.

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