Esta nota es la continuación de otra anterior en la que prosigo con la conversación que mantuve cierta noche en Yuksom…

–¿Tú también eres médico? –pregunté al americano.

–No, yo soy periodista –contestó–. Estoy documentándome sobre la historia del Shangri-La de Sikkim.

A mi mente acudieron memorias en color sepia de lecturas de adolescente sobre paraísos terrenales escondidos en remotos valles del Himalaya.

–¿Existe Shangri-La? –pregunté sin rodeos.

–El término Shangri-La se popularizó con la publicación en 1933 de la novela Horizontes Perdidos de James Hilton haciéndose eco de la fascinación que lo oriental ejercía sobre la Europa de comienzos del siglo pasado. No obstante, es cierto que en ciertos escritos del canon budista tibetano se mencionan “beyuls” (tierras puras) y reinos como el de “Shambala”, donde sus habitantes gozan de gran longevidad y felicidad.

–¿En Sikkim? –lo interrumpí.

–Existen escritos, pinturas y leyendas que sitúan en Sikkim un beyul llamado Pemako, asociado al cuerpo de una deidad.

–¿Estás diciendo que la geografía física de Sikkim correspondería a la de una divinidad?

–Sí –contestó–. Es más, los tibetanos consideran que la tierra sobre la que viven es una ogresa decúbito supino (un gigante femenino acostado sobre su espalda), y que existen lugares especialmente sagrados en función de la anatomía de la ogresa…

–¿Por ejemplo?

–El lugar más sagrado del Himalaya es el monte Kailash, situado en el extremo occidental de la cordillera, el cual coincidiría con el entrecejo de la ogresa. Una de las razones de haber venido a Yuksom es para tratar de contactar con un anciano monje eremita que puede tener información sobre Pemako, el otro gran lugar sagrado de la ogresa, situado en su zona genital.

–¿Hay ermitaños por aquí? –pregunté.

–Sí, alguno hay.

–¿Tenéis una cita?

–En realidad no. Los lugareños nos han dicho que no hace falta solicitarla, él sabe de antemano cuando alguien viene en su búsqueda y, si le parece oportuno, él es quien se presenta.

–Increíble. Pero por aquí no es infrecuente encontrarse con monjes. ¿Cómo lo reconoceréis?

–Nos han dicho que tiene una larga barba blanca, y siempre lleva consigo un cayado –respondió ahora la médico portuguesa.

Yo estaba fascinado con estas y otras historias, pero la oscuridad y el frío de la noche terminaron por imponer sus condiciones. Nos despedimos deseándonos lo mejor.

A la mañana siguiente, me levanté dispuesto a disfrutar de un estupendo día de caminata. Mi intención era llegar a uno de los lugares más sagrados de Sikkim, la estupa Tashiding, situada a unos veinte kilómetros al sur de Yuksom, y donde una leyenda cuenta que el mismísimo Gurú Rimpoche pasó algunos días meditando en esa montaña.

Avanzaba por el único camino de salida de Yuksom cuando, a lo lejos, divisé la figura de un monje caminando en sentido contrario al mío. Cuando nos encontrábamos aproximadamente a cien metros de distancia, comprobé que el monje en cuestión encajaba perfectamente con la descripción del ermitaño que el periodista me había proporcionado la noche anterior: monje anciano con larga barba blanca que caminaba apoyándose en un bastón. Me paré sin saber qué hacer, y finalmente decidí postrarme en el suelo en gesto de respeto, lo que no es nada raro entre aquellas gentes. Cuando me incorporé, ¡el monje había desaparecido!

Miré hacia atrás y… ¡allí estaba!, cien metros más allá.

“No es posible, no es posible”, me repetí varias veces. Me sentí tentado a perseguirlo, pero finalmente no me atreví. Seguramente iba al encuentro de la pareja con la que había hablado la pasada noche. Reanudé mi camino cavilando: “Postrarme no me lleva más de diez segundos, y cien metros por delante y otros cien por detrás, supone que el anciano tuvo que moverse a veinte metros por segundo, ¡el doble de rápido que un velocista profesional!, y pasar a mi lado y a esa velocidad ¡sin que yo lo notase!”.

Recordé entonces que la aventurera y escritora francesa Alexandra David-Néels –cuya obra admiro– menciona en sus libros haber sido testigo de proezas extraordinarias mientras vivió en comunidades budistas tibetanas a principios del siglo pasado, precisamente en Sikkim. Por ejemplo, ella describe con minuciosidad una técnica llamada “lung-gom”, cuyo dominio le permite al practicante caminar a enormes velocidades. “¿Sería esa la explicación al extraño suceso?”, me preguntaba rodeado de montañas como de otro mundo, entre las cuales lo imposible no lo parecía tanto.

Una de los subproductos de la práctica de la meditación es el desarrollo de poderes espirituales, como el de moverse a gran velocidad, volar, adivinar los pensamientos de los demás, ver y oír en los reinos celestiales, o tener conocimiento de vidas pasadas. A pesar de lo espectacular o increíbles que puedan parecernos estas facultades, todos los maestros genuinos nos advierten sobre su potencial peligro. Uno ha de tener mucho cuidado de no sentirse tentado a orientar la práctica espiritual hacia la búsqueda y desarrollo de estos poderes, pues no solo no conducen hacia la realización genuina sino que pueden incluso convertirse en una fuente de problemas, sobre todo cuando aparecen antes de que la sabiduría del meditador se encuentre lo suficientemente madura como para saber cómo utilizarlos y cumplir con la regla de oro: nunca en beneficio propio. De hecho, algunos falsos maestros pueden hacer uso de este tipo de poderes para aprovecharse de la impresionabilidad de la gente.

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