Durante las últimas décadas, cientos de investigaciones sobre la meditación han producido hallazgos significativos en áreas del ámbito del conocimiento tan diversas como la fisiología, la psicología, y en otros menos conocidos de tipo transpersonal.

Aunque son muchos los autores que afirman que existen evidencias sobre el efecto positivo de la meditación en numerosas enfermedades y sintomatologías, la pobre calidad (en términos de procedimientos científicos) de la mayor parte de la literatura publicada sobre este tema evita conclusiones definitivas.

Dada la subjetividad del tema, no es de extrañar que las conclusiones científicas sobre la meditación resulten ambiguas. Por ejemplo, se ha constatado una correlación entre las ondas cerebrales de los meditadores y las ondas producidas durante el sueño profundo. ¿Les entraría el sueño a los “experimentados meditadores”? Ironías aparte, se ha comprobado que el aumento de las ondas zeta observado durante la meditación puede estar relacionado con el aprendizaje que nos permite mantenernos conscientes a un nivel de proceso fisiológico similar, pero no idéntico, al de sueño. De hecho, en ambos casos –meditando y soñando– hay un mayor acceso a una consciencia que funciona como testigo de la actividad mental.

Por otro lado, la psicología cognitiva parece cada vez más interesada en los “comportamientos meditativos” como un prometedor campo de investigación. Sin embargo, la meditación educa el modo de conocer y cultiva la contemplación profunda, la sabiduría y la compasión, cualidades y conceptos no necesariamente fáciles de evaluar por la psicología cognitiva. La meta-atención y el desapego a los procesos mentales no deben ser tomados como técnicas cognitivo-conductuales descontextualizadas y manejadas dentro de un paradigma insuficiente para poder llevar a cabo semejante evaluación.

El método científico, basado en la objetividad analítica, es incapaz de alcanzar la gnosis que deriva de estados mentales elevados, situados más allá de la mente racional, alcanzables a través de disciplina moral y capacidad para focalizar la atención. Como resultado, lo que realmente sucede en los estudios comparativos entre el modo de conocer a través de la ciencia y de la meditación se limitan al estudio de las escrituras sagradas en las que se enraíza la meditación, por ser este el único ámbito de conocimiento al que puede acceder la mente discursiva racional que utiliza la ciencia. Y, sin embargo, los significados e interpretaciones de los textos sagrados no son únicos, sino que pueden ser muy diferentes dependiendo de la capacidad del lector. Además, estas escrituras pueden afectar a la mente a niveles subliminales, más profundos que el intelectual, mediante el hábil uso de un lenguaje lleno de repeticiones, de imágenes arquetípicas, metáforas, etc., todo lo cual pasa completamente inadvertido en una interpretación intelectual de sus contenidos.

Mientras los investigadores continúen aplicando los métodos del positivismo científico imperante, propios de un entendimiento reduccionista que presupone que solo lo mesurable y material –los objetos propios de análisis científico– constituyen toda la realidad, será imposible siquiera arañar la superficie de la subjetividad, o mejor dicho, la inter-subjetividad de la experiencia de la meditación.

Sin embargo, a pesar de las muchas limitaciones, una exploración conjunta de los puntos de vista científico y espiritual puede ser cuanto menos interesante y, dado el actual contexto histórico en que la tecnología se ha convertido en parte fundamental de nuestras vidas, tal vez incluso necesario.

Anuncios