Inmediatamente después de leer un par de libros sobre el Zen, me senté sobre la moqueta de mi apartamento con las piernas cruzadas tratando de imitar la postura de una de las ilustraciones del libro.

“¡Imposible!”, pensé al contemplarme achaparrado y con una rodilla casi a la altura de mi oreja. El asunto adquirió una mejor apariencia tras colocar bajo mis posaderas un generoso cojín, pero lo de poner ambos pies encima de los muslos, es decir, en la postura del loto, me parecía una contorsión más propia de circo que de monasterio. “Voy a necesitar un maestro”, pensé, y, sin otra idea mejor, abrí las páginas amarillas y busqué en la letra eme (de monasterio, porque no me pareció lugar apropiado donde buscar un maestro).

¡Eureka! Había un monasterio budista a tan solo un par de manzanas de donde vivía, así que allá que me fui. En realidad, el zendo consistía en  un coquetón cobertizo instalado en el patio de una casa. Pagué cien dólares por un mes de poder acudir todas las mañanas de seis a ocho a sentarme cuarenta minutos, des–sentarme durante veinte, y practicar una gimnasia coreana acompañada de música de tambor y voces roncas durante casi una hora.

Mi bautismo de fuego meditativo fue simplemente horroroso, en especial por el intensísimo dolor de piernas que me causaba el sentarme inmóvil en el suelo, en silencio y a oscuras, durante cuarenta minutos que se me hacían cuatrocientos. Mientras los demás tomaban un té e iban al servicio, yo seguía descruzando mis piernas a cámara lenta con embarazosas gesticulaciones, sin que a nadie pareciese importarle mi padecimiento. Acabado el periodo de “descanso”, empezaba un bailoteo sin más enseñanzas que un “haz lo que hacen los demás”.

Finalizado el mes, abandoné descoyuntado, si bien ahora podía sentarme mi buena media horita con las piernas cruzadas en medio loto, y además había descubierto la tranquilidad de los amaneceres.

Hasta entonces, el pistoletazo del despertador me lanzaba a una carrera de obstáculos en la que debía sortear afeitados, cafés, buscar parejas (de calcetines), sacudir migas de documentos, y conseguir llegar hasta la bici haciendo malabares con donuts acartonados. Podía hacerlo todo en apenas quince minutos, ducha incluida. Ahora me levantaba tranquilamente, me ejercitaba con una versión abreviada de la gimnasia coreana, y luego me sentaba a meditar media hora mientras la intensidad de la luz del amanecer aumentaba lentamente en el cuarto, que no en mi mente, la cual seguía atrapada en alguno de los acertijos Zen, llamados koans…

Un monje preguntó a Joshu: “¿Tiene un perro la naturaleza de buda, o no?”, a lo que Joshu respondió: “Mu”.

Yo no sabía ni lo que significaba “Mu”; todo lo que se me ocurría sobre el dichoso koan era cuestionarme por qué el monje le preguntaría sobre un perro y no sobre una vaca. Quizá esa fuese ya una temprana realización de que sin humor no hay camino espiritual.

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