Una mente bien entrenada desarrolla una actitud ética no por imposición, adoctrinamiento o temor supersticioso, sino como una consecuencia natural de ver las cosas tal y como son, es decir, con profundo conocimiento de los mecanismos causales que operan en la totalidad de las estructuras de la vida. La conducta derivada de tal sabiduría reconduce la vida hacia la eliminación del sufrimiento.

La importancia de cultivar la dimensión ética de nuestra personalidad para avanzar con fundamento en nuestra práctica debe ser enfatizada. Cualquier acción mediante el cuerpo, la palabra o incluso la intención mental que introducimos en el tejido del universo traerá de vuelta una respuesta equivalente cuando las condiciones sean las adecuadas.

Esta simple regla de causa y efecto –popularmente conocida como karma– debe ser tenida muy en cuenta si no queremos ser abrumados por todo tipo de dificultades, tanto externas como internas, que afecten a nuestra salud física y mental. El camino de la practica espiritual ya es bastante difícil en sí mismo como para que además lo carguemos con problemas adicionales causados por lidiar inadecuadamente con el karma.

El despertar o la iluminación no significa la eliminación completa del karma, sino la comprensión profunda de su funcionamiento y la actuación consecuente.

Nuestra historia reciente sobre la enseñanza de la meditación en occidente ya nos ha dejado episodios muy reveladores de cómo esta debería ser, o al menos cómo no debería serlo. En los años 60 y 70, muchos occidentales utilizaron los escritos sobre el Zen de D. T. Suzuki para justificar una forma de vida diametralmente opuesta a la que en realidad proponía este sabio. Al explicar cómo “desinstalar” el ego, Suzuki dio por sentado que el Tao (en chino, Camino; en daoísmo el Tao representa el orden y fluir armónico de todas las cosas y fenómenos) se manifestaría, mientras que lo que se produjo fue la afirmación sin inhibiciones de los instintos más elementales.

La escuela de meditación Zen da por supuesto que uno debe haber adoptado un modelo de vida ético y que ha de estar versado en la sabiduría de los textos sagrados. Este supuesto podría haber estado presente en la élite social de algunas sociedades orientales, pero no necesariamente en las occidentales. Por lo tanto, cualquier enseñanza responsable sobre la meditación debe incluir a la ética como un aspecto integral de la práctica.

La generación de pensamientos positivos es un tema que ha ganado gran popularidad en las últimas décadas, sin embargo, es una antigua técnica espiritual, bien conocida. Una intención de alcance global y holístico es lo que marca la principal diferencia entre un enfoque espiritual genuino y otro más centrado en uno mismo, propio de la mayoría de los métodos modernos de motivación, cuyo objetivo suele ser formulado en términos de refuerzo y crecimiento de la personalidad del individuo.

Esta promoción y fortalecimiento del yo es también uno de los principales objetivos de la psicoterapia moderna. No hay nada malo en este enfoque cuando está dirigido a enfermos mentales o personas que atraviesan por periodos de su vida donde una falta de autoestima o la apatía les puede llevar a la depresión. Sin embargo, conviene señalar que, al margen de esos casos, ese enfoque es limitado para potenciar el crecimiento real del individuo ya que carece de una dimensión espiritual genuina.

Por tanto, una mente auténticamente positiva debe impregnarse con pensamientos sanos que promuevan la felicidad, la alegría, la salud y prevean un resultado positivo a cada situación y acción. Pero, y este es el quid de la cuestión, no solo para ellos mismos sino para todos los seres.

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