El 1 de julio, la mitad de los españoles se van de vacaciones (la otra mitad lo hace el uno de agosto). Pensé en escribir una nota con algunas pinceladas de cómo recuerdo yo aquellas huídas de Barcelona y Madrid, cuando era un niño. (Hoy la cosa no va de “meditación”, lo siento).

Todos los veranos, la familia al completo –mis padres, mi abuela paterna, mis dos hermanos pequeños y un servidor– salíamos por esas carreteras de Dios a pasar las vacaciones en la casa de un pueblo de la provincia de León, de donde somos originarios, y por el cual discurren unos ríos con nombres que a mí siempre me parecieron deliciosamente extravagantes: Combarros, Porcos y Tuerto.

Íbamos en un R8 –más adelante en un 131– rebosante de gente, bultos, canciones para que no se duerma el conductor, y el colchón de turno a modo de remate, o algún otro de esos trastos que cuando caen en desgracia siempre hacen escala en una casa de pueblo antes de lograr su descanso definitivo.

Estoy convencido de que por aquel entonces las leyes de la aerodinámica todavía no existían en el mundo, y tanto el colchón como la estufa catalítica iban la mar de contentos sujetos a la baca con aquellas gomas de neumático terminadas en ganchos metálicos, cuyo manejo quedaba totalmente restringido a mi padre, pues, según mi abuela, podían sacarte un ojo por menos de nada.

A mí me encantaba hurgar en las viejas habitaciones llenas de trastos raros de la casa de mis abuelos, y más de una vez di un disgusto con mis experimentos con los sulfatos y otras lindezas químicas contra el escarabajo de la patata que todavía rondaban por carcomidos armarios.

Mis abuelos fueron labradores, hasta que un médico con mal tino a la hora de recetar se cruzó en la vida de él cuando rondaba todavía los sesenta, logrando lo que toda la metralla miliciana de su cuerpo no había sido capaz durante la guerra civil.

En el viaje de vuelta, el colchón era sustituido por un saco de patatas, y la estufa por la vecina del pueblo ansiosa ante el encuentro con la gran metrópoli; si bien, a diferencia de la estufa, ésta viajaba en el interior del coche, pues estoy igualmente convencido de que las leyes de Arquímedes tampoco eran tenidas en cuenta por aquel entonces, seguramente por ser cosa de los clásicos.

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