Cuando me fui a vivir a Japón, el primer paseo que di por el barrio en el que alquilé el apartamento, en la ciudad de Nagoya, acabó casualmente en un templo budista en cuyo interior y encerrado por altas paredes se podía vislumbrar parcialmente una granítica estupa (construcción dedicada a preservar reliquias) rematada con bonitos oropeles. Meses después, y de visita por otro templo, reconocería en la foto de un folleto el curioso monumento. El texto a pie de foto me sorprendió sobremanera, pues decía que los restos de Buda estaban depositados allí.

“Sin duda debe tratarse de un error de traducción –pensé mientras leía el folleto–, ¿cómo habrían ido a parar las reliquias del maestro indio a un lugar tan anodino y lejano como Nagoya?” La historia me pareció fascinante.

Aproximadamente quinientos años antes de Cristo, un príncipe llamado Gotama vivió en un reino del norte de la India en la frontera con el actual Nepal. A los veintinueve años de edad renunciaría a su aristocrática vida para entregarse a una intensísima búsqueda espiritual que culminaría seis años después con un gran descubrimiento. Desde ese momento pasó a ser conocido como Buda, que en sánscrito significa “despierto”, y dedicaría el resto de su vida a explicar cómo lograr tal despertar o iluminación. Murió a los ochenta años de edad después de dar su última instrucción: “todo lo compuesto ha de deshacerse. Sed diligentes en la búsqueda de vuestra liberación”. Los restos de su incineración fueron repartidos en ocho partes que el paso de los siglos acabó por borrar sus localizaciones.

Sin embargo, en el año 1897, en el norte de la India, tendría lugar el excepcional hallazgo arqueológico de una urna cuya inscripción atribuía las reliquias en ella contenidas a Buda.

El entonces virrey de la India decidiría donarlas al rey de Tailandia (por aquel entonces Siam), porque era el único país independiente oficialmente budista. En 1904, el rey de Tailandia donaría parte de las reliquias al pueblo japonés, cuya población era, aunque no oficialmente, también mayoritariamente budista. Sin embargo, todas las numerosas denominaciones budistas que convivían en Japón reclamarían ser merecedoras de recibir tan especial donación, lo que degeneraría en un conflicto de intereses que se resolvería con la construcción de un templo y una estupa sin denominación sectaria donde se depositarían las reliquias. El lugar elegido fue el centro de Japón, precisamente en Nagoya.

Con el transcurrir del siglo pasado, los nagoyeses se han olvidado casi por completo de su tesoro, como pude atestiguar en las numerosas ocasiones en que me acerqué hasta sus inmediaciones, siempre solitarias. Actualmente, la estupa se halla entre el cementerio municipal y un tétrico cementerio militar cuyo monolito en forma de misil compite en altura, y gana en visibilidad, al sagrado relicario.

Yo provenía de una cultura donde la posesión de una astilla de la cruz donde murió Jesús, o una hebra de su sudario, o un mero apéndice incorrupto de algún santo, ejercían de reclamos irresistibles ante los fieles siempre necesitados de milagros; incluso la búsqueda del cáliz que Jesús sostuvo durante su última cena con los apóstoles propiciaría mil aventuras de legendarios caballeros.

Aunque sospecho que la capacidad de atracción que tales reliquias ejercen sobre los jóvenes de hoy en día haya decaído considerablemente, nada es comparable con la situación de manifiesta indiferencia en la que se encuentran los átomos oxidados del cuerpo de uno de los humanos más preclaros que jamás hayan existido.

No obstante, he de admitir que la situación podría revertir, caso de que prosperen las iniciativas que ofrecen visitas a la estupa coordinadas con las del zoo y el parque de atracciones, relativamente cercanos. Sin palabras.

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