Al atardecer de un día especialmente caluroso sobre la isla de Shikoku, tras muchos kilómetros de dar pedales por paisajes costeros deshabitados, divisé en lo alto de un cerro un singular edificio. Destacaba por su blancura, entre el oscuro verde del bosque y el azul intenso del cielo. Me pregunté quién sería el afortunado que vivía allí.

Al cabo de un rato alcancé el desvío que conducía a dicho lugar, donde un letrero decía: “Hotel para Peregrinos. Habitaciones desde 2,000 yenes”. El precio era ridículo, más barato incluso que los ridículos hoteles cápsula.

No pude resistir la curiosidad y subí por el empinado acceso, entré en la luminosa recepción y, casi avergonzado, pregunté por el precio de la habitación. No daba crédito a lo que oía, efectivamente había habitaciones por ese precio para peregrinos, ¡y yo lo era! Tras muchos días de pernoctar a la intemperie, mi cuerpo agradeció el ofuro (baño caliente comunal) con vistas sobre el océano, y dormir bajo techo.

A la mañana siguiente, el director del hotel, un señor de mediana edad y aspecto saludable, se acercó y me preguntó en perfecto inglés:

–¿Puedo invitarte a un té? –Asentí y nos sentamos a una mesa.

–El hotel es magnífico –dije tras las protocolarias presentaciones–, ¿pero es rentable?

Inspiró profundamente antes de contestar.

–No lo hago por negocio. Yo ya gané mucho dinero en Tokio, aunque allí nunca fui feliz. Hace algunos años decidí comprar este edificio y retirarme a vivir en él, con la idea de habilitarlo como hotel, especialmente para los peregrinos.

No hizo falta que le preguntase si ahora era feliz, su aspecto radiante lo delataba. Salió a despedirme y se hizo una foto conmigo y la bicicleta. (Desafortunadamente no la he podido encontrar, y es la única que tenía del peregrinaje).

Esa mañana me acordé de otro encuentro acaecido unos días atrás, cuando me desvié de la carretera en un pueblecito para preguntar cómo llegar al próximo templo. Topé con un señor de mediana edad que me dio cumplida explicación.

–Está anocheciendo –añadió a continuación–. Si quieres, puedes quedarte a dormir en esta casa –señalando una elegante casa tradicional–. Era la de mis padres y ahora no vive nadie en ella. Yo vivo en esta otra –y señaló una casa de moderna construcción, un cubo de ladrillo gris, situada justo al lado. Acepté agradecido.

–Después de instalarte, acércate a mi casa para tomar algo –dijo.

Regresé y nos sentamos a la mesa de una inmensa cocina, llena de cacharros sin fregar.

–¿Una cerveza?

Decliné el ofrecimiento y en su lugar sugerí una taza de té. Después de charlar un rato, el hombre rompió a llorar mientras me contaba la historia de su vida.

–Yo era un ejecutivo de una compañía discográfica en Tokio. Tenía mucho dinero y a menudo organizaba fiestas en esta casa. Cuando los negocios empezaron a ir mal, los supuestos amigos me dieron la espalda. Hasta mi mujer me abandonó. Perdí todo mi dinero. Ahora vivo aquí, solo.

Pasamos al enorme salón, amueblado con una ruleta, sofás por todas partes, una pantalla gigante de video y estanterías llenas de películas para adultos. No me resultó difícil imaginar el tipo de fiestas que debió de haber organizado allí.

A la mañana siguiente, cuando estaba a punto de partir, mi anfitrión salió para despedirse. Le agradecí su hospitalidad y le entregué una nota. «El peregrino comparte su mérito con todo aquel que le ayuda a tener éxito en su empresa. Arigato».

El paralelismo entre ambos personajes no me pasó inadvertido. Los dos habían sido acaudalados hombres de negocios en Tokio. Uno invirtió su dinero en un hotel para peregrinos, y el otro en una casa donde organizar timbas. El primero era un hombre que ahora vivía feliz en un palacio con vistas magníficas sobre el océano, y el otro vivía encerrado en una casa gris, sólo, y sin más vistas que la siguiente lata de cerveza.

Historias con moralina, pero tan ciertas como la vida misma.

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