Abandoné mis peregrinaciones por la India, Nepal y Japón y regresé a Madrid, en pleno verano. Huí inmediatamente del sofoco capitalino para refugiarme junto a mis padres en la casa de mis abuelos, en las montañas del norte de España. Lo primero que hice al llegar fue habilitar en una de las habitaciones un altar con todas las cosillas que había enviado desde Japón. En dicho cuarto, los tres practicaríamos yoga y meditación todas las mañanas antes de desayunar. Al terminar, alguno siempre decía: «ya estamos cultivados».

Disfrutamos de las bondades del verano por aquellas tierras, de su calor que raramente aprieta, de los paseos montunos, y de los generosos frutos de la huerta de mi tío, guardia civil retirado y el mejor pescador a mosca seca del mundo. Al finalizar el verano, mis padres regresaron a Madrid pero yo me quedé allí. Con un sol que ya no calentaba más que un rato al mediodía, y sin el bullicio de los visitantes que durante unas semanas vuelven al lugar que los vio nacer, en su mayoría provenientes de Madrid y Barcelona, el pueblo regresó a su estado de reposo habitual. Compré en Astorga un par de guías de setas, y salía casi todos los días al monte a disfrutar identificando ejemplares. Las encontré de cardo, lepiotas –algunas con sombreros de casi medio metro de ancho– algún boleto y champiñón comestible, y también terribles amanitas. Hacia la festividad de Todos los Santos, los níscalos y la seta de los caballeros, muy densa y de color amarillo azufre, se convirtieron en las reinas de los pinares.

Además de a mi nueva afición micológica, me dediqué a leer. Si algo había echado de menos durante mis viajes, era tener tiempo para ello. Ese otoño me pude desquitar a gusto. Leí varias biografías y alguna novela de las que rondaban por casa.

Por esas fechas, hacía justo un año que me había reciclado de peregrino a ermitaño, y de nuevo volvía a encontrarme a punto de comenzar otra aventura. Tenía la intención de plasmar en negro sobre blanco las vivencias de los viajes y peregrinaciones del último año. No obstante, el proyecto, que sin duda podría llevarme muchos meses, si no años, no acababa de convencerme. Decidí consultar el I Ching, el libro de las mutaciones. Dispuse sobre una mesa camilla un tapete blanco con tres monedas encima, encendí algo de incienso, y me senté a meditar durante algunos minutos. Tal y como indica el protocolo, lancé las monedas seis veces y calculé el correspondiente hexagrama. Abrí el libro con cierta ansiedad, y su respuesta fue tremenda, como un puñetazo en la boca del estómago: “Ya existe suficiente insensatez en el mundo para que tú añadas todavía más”. El oráculo se había pronunciado con tal contundencia que la idea del libro dejó de ser una posibilidad. No había previsto la eventualidad de una contestación tan imposible de ser interpretada de ningún otro modo. Las interpelaciones al I Ching han de ser pocas y directas, y por ello no podía preguntarle lo que realmente quería saber: qué hacer con mi vida.

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