Al contrario que el ermitaño con el que me crucé a la salida de Yuksom (la antigua capital de Sikkim), yo caminaba despacio, admirando el paisaje que ofrecía la serpenteante carretera trazada sobre laderas de montes cuya inclinación imponía respeto hasta a las cabras.

Los pocos habitantes de aquellas regiones han aprendido, no obstante, a cultivar y a construir sus casas en aquellas tremendas pendientes. Apenas si me crucé con nadie, excepto algunos picapedreros, mujeres y niños que, sentados sobre un montón de guijarros, los van rompiendo uno a uno a martillazos, hasta transformarlos en grava. El corazón se me encogió al darme cuenta de que aquellas carreteras estaban construidas con grava producida a mano.

Al verme, los niños se me acercaban gritando: “¡Rupis, rupis!”, aunque yo, en lugar de rupias, les daba algunos caramelos que llevaba precisamente para tal eventualidad.

Al atardecer llegué al poblado de Tashiding, en la base de un esbelto cerro con forma cónica en cuyo alto se ubica la estupa de igual nombre. Sin poder esperar al día siguiente, inicié el ascenso y coroné todavía con luz diurna.

Arriba, además de las construcciones monásticas y algunas casas privadas, me sorprendió la presencia de dos chicas rubias muy altas, una apoyada contra la puerta de un gompa con pose “matahari”, y otra que, nada más verme, se acercó para aconsejarme que me alojase allí arriba y no en el poblado de abajo. No volví a ver a ninguna de las dos, pero agradecí la sugerencia. Disponía de una habitación sencilla en un caserón para mí solo, y una familia local me preparaba todas las noches un buen plato de arroz con vegetales acompañado de chapatti (tortas de pan).

Todo el lugar invitaba a la contemplación, externa e interna, en especial desde una roca plana, un balcón sin barandilla asomándose a un precipicio en cuyo fondo se divisaba la confluencia de los ríos Rangit y Rathong.

Durante las madrugadas de los siguientes cinco días me levanté para sentarme sobre la roca a contemplar como las manos del sol descolgaban del cielo poco a poco un velo transparente que, primero teñía de dorado a los picos nevados, luego de azul a los picos no nevados, y por último de verde a la piel del valle que se abría frente a mí.

El día anterior a mi partida, bajé al poblado para comprar unos juguetes para la pareja de niños de la familia que tan bien me había atendido. Ambos, niño y niña, me acompañaron entusiasmados durante unos metros a modo de despedida. Seguramente aquellos juguetes fueron los primeros de su vida.

(En el post de la semana que viene contaré un encuentro muy especial que me sucedió a la salida de Tashiding).

Anuncios