Un fin de semana me acerqué hasta el monasterio Eiheiji, el principal centro de formación de los monjes Zen de la Escuela Soto, quienes viven en sus dependencias durante  un año y luego regresan al templo familiar, traspasado de padres a hijos como los negocios.

Sin embargo, ante la afluencia de visitantes que cada fin de semana se acerca a saborear la vida monástica, me fue imposible encontrar alojamiento. No muy desilusionado -el ambiente de Eiheiji, al menos en lo concerniente a los visitantes, me pareció más de balneario que de monasterio-, proseguiría mi viaje a lo largo de la costa del mar del Norte hasta la ciudad de Kanazawa. Acababa de salir el último tren de regreso a Nagoya y no había otro hasta la madrugada siguiente. En lugar de ir a descansar a un hotel, metí la mochila en una de las taquillas de la estación y salí a pasear bajo una fina lluvia por sus calles desiertas.

A la orilla del río principal me topé con un minúsculo letrero con el nombre D. T. Suzuki y una flecha. Sin nada mejor que hacer, lleno de curiosidad, decidí seguir la inesperada indicación. Arribé a un lugar medio abandonado entre vallas y feos edificios, donde lo único que apenas destacaba del resto era un esquinazo de menos de un metro cuadrado recortado a un solar vacío, con arbolito y una roca con placa. A pesar de la penumbra, la lluvia y la escritura japonesa, pude confirmar que en dicho lugar estuvo la casa en la que nació y pasó su infancia la persona que había revolucionado mi vida con sus escritos (ver Libros que te cambian la vida). Emocionado ante lo inesperado del encuentro, me senté a contemplar el humildísimo memorial a la natividad de una de las personas más influyentes y genuinamente espirituales del siglo pasado.

La sorpresa no terminaría ahí, porque el siguiente fin de semana, de visita por la península de Kamakura, entraría en uno de sus monasterios y me toparía de nuevo con un letrero que ahora indicaba que las cenizas de D. T. Suzuki estaban depositadas allí. No podía dar crédito a mis ojos. Inintencionadamente, en el intervalo de una semana y en geografías tan dispares, me había topado con los lugares de nacimiento y muerte de quien considero con agradecimiento como mi mentor, aunque solo lo conociese a través de sus escritos, pues moriría un año antes de mi nacimiento, a la avanzada edad de noventa y seis años (1870-1966).

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