Pensando sobre qué podría escribir en mi primer post del año, se me ocurrió hacerlo sobre mi primer día en la Tierra. El de la foto con cara “la que me espera” soy yo en el único descapotable que he tenido.

Feliz año, y espero no aburrir demasiado con algo tan personal.

Tras rebobinar la cinta de la película de mi vida hasta el principio y apretar el botón play, que en inglés significa literalmente jugar, en el primer fotograma aparecen las murallas medievales, la catedral de Santa María y el palacio episcopal de Astorga, capital de la Maragatería.

Visto en retrospectiva, tal diese la impresión de que mis padres hubiesen pactado de antemano que el nacimiento de su primogénito tuviese lugar en territorio neutral, porque mi madre es del Bierzo y mi padre de la Cepeda.

Nací pues en la provincia de León, en el rincón del noroeste de España donde la Meseta pierde su almidonada planicie y comienza a impacientarse ante la vista de los picachos de la cordillera Cantábrica al norte y de los montes de León al oeste.

Astorga se siente orgullosa de su pasado romano vinculado al oro de Las Médulas (el pueblo de mi madre), aunque yo diría que todavía se enorgullece más por ser la encrucijada de dos caminos de enjundia: la Ruta de la Plata que la atraviesa de norte a sur en trashumante unión de verdes montañas cantábricas, dehesas extremeñas y abrasador suelo andaluz, y sobre todo del Camino de Santiago que lo hace de este a oeste y ha sido transitado durante siglos por peregrinos provenientes de todos los puntos de Europa en su búsqueda del Finisterre.

Pero aún hay dos elementos significativos de Astorga que no puedo dejar sin mencionar. El primero es el palacio que hace sonrojar de envidia a los más atrevidos de Walt Disney, y que diseñó el que —en mi humilde opinión— ha sido el mayor genio de la arquitectura: Gaudí, hijo de esa inagotable madre de artistas geniales que es Cataluña. El segundo es el chocolate.

Los primeros sonidos que escuché cuando desde el vientre de mi madre me asomé a este mundo fueron los tambores de la procesión que, en honor al Sagrado Corazón de Jesús, desfilaba precisamente en ese momento por delante del hospital. Quién sabe si mi gusto por el ritual y la ceremonia no arrancará ya de tan primigenio fogueo. La liturgia religiosa de cualquiera de las tradiciones del mundo, cuando consigo experimentarla más allá de los chovinismos que desafortunada e inevitablemente las han ido embadurnando con el paso de los siglos, tienen la capacidad de conectarme con un estado de consciencia más primordial que el que exhibo de ordinario. Algunas veces, algunas ceremonias me transportaron al lugar donde el tenue velo que separa la vida de la muerte ondula con las vibraciones de sincopada resonancia que de ambos parajes provienen, anulándose algunas y amplificándose otras.

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