En el templo de Nagoya donde había “conocido” a Kobo Daishi me informaron de que existía un peregrinaje imitación del de Shikoku en una de las dos penínsulas con las que Nagoya intenta abrazar al mar, concretamente en su brazo derecho, en la llamada península de Chita. A partir de entonces, cada sábado tomaría el primer tren de la mañana hasta llegar al último de los templos visitados el fin de semana anterior, y caminaría todo el día hasta el anochecer, en que regresaba a casa para ducharme y dormir, y volver a repetir la historia el domingo. Al gusto por viajar y el arte sacro se les unía ahora una dimensión extra: una manifiesta búsqueda espiritual bajo extenuante esfuerzo físico.

Descubrí que peregrinar tiene poco en común con hacer turismo, y que el tipo de encuentros y situaciones acaecidas durante los peregrinajes suelen adquirir carices muy especiales. Recuerdo el primer día en que salí, mango de la escoba en mano, del templo número uno del peregrinaje de Chita en dirección al número dos. Mi primera parada fue en una pequeña tienda de un pueblo para comprar el equivalente japonés a un pincho español, un “onigiri”, o bola de arroz conteniendo en su interior alguna delicia. La dependienta me miró con curiosidad y me preguntó: “¿Es usted un peregrino?”. Tras admitirlo con timidez, oiría por vez primera una expresión que desconocía: “Osetai”, que escucharía en muchas más ocasiones, y cuyo significado viene a ser algo así como “por favor, acepte esta irrechazable ofrenda y comparta el mérito de su peregrinaje con esta humilde persona que ahora le ayuda y le desea suerte en su búsqueda”.

Recibiría comida, té, dulces, dinero, a veces alojamiento, conversación, ánimos y la extraña sensación de que el universo apoyaba mi “inútil” caminar en redondo, de vuela al punto de partida.

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