A veces no resulta sencillo distinguir entre lo que puede ser una ayuda o un contratiempo, como me sucedió el primer día de mi peregrinaje alrededor de la península de Chita. (Por cierto, el mapa que incluyo es el que tenía colgado en la pared, en el que iba señalando los lugares que visitaba).

Poco después de haber dado cuenta del delicioso “osetai” que mencioné en el post anterior, llegaría a un cruce de carreteras con tráfico pesado, vías de tren, gasolineras y edificios de medio pelo; un entorno muy “yin”, muy negativo. Mientras esperaba a que el semáforo se abriese para los peatones, un individuo con gafas de sol y aspecto estrafalario se acercó hasta mí para preguntarme si hablaba inglés. Desconfiado, hice gestos de no entender y dije: “No inglis; mi espanis”. Error craso, ¡resultó que era brasileño!

Tras algo de conversación en la que le hice saber que era un peregrino, el personaje en cuestión empezaría a gritar con gestos de gran alegría: “¡Viva o rey, viva o rey!”. Ajeno a mi desaprobación primero, y a mi indiferencia después, el susodicho continuaría siguiéndome exclamando de tan inusual manera, dispuesto a acompañar a su “señor”, visto lo cual, decidí probar algo diferente. Le dije que aceptaría su compañía si antes regresaba al primer templo para que su peregrinaje fuese completo.

La estratagema pareció surgir efecto, pues salió raudo hacia allá, mientras yo hacia otro tanto pero en la dirección contraria, hacia el templo número dos. Subí de tres en tres las escaleras del puente que cruzaba las vías del tren y, una vez arriba, un señor me cortó el paso y me preguntó: “¿Dónde va usted?”. Le expliqué que era un peregrino en busca del siguiente templo. Me pidió el plano que llevaba en la mano, y empezó a consultarlo durante un tiempo que a mí me parecía una eternidad, porque mi “fiel escudero” podría regresar en cualquier momento. Necesitaba mi mapa y aquel “guardián” no parecía dispuesto a devolvérmelo por más que educadamente intenté recuperarlo. La escena parecía una parodia de las justas medievales de don Suero de Quiñones en el puente romano de Hospital de Órbigo, solo que ahora, en lugar de Paso Honroso, el episodio acabó en retirada deshonrosa, obvio como resultaba que aquel personaje no quería que cruzase el puente.

Desandando mis pasos y temeroso de volver a encontrarme con mi “vasallo”, saldría en otra de las direcciones, más pensando en escapar de aquel extraño lugar que en aproximarme a mi destino. Tras mucho caminar y cariacontecido ante mi desastroso comienzo del peregrinaje, me llevaría la tremenda sorpresa de arribar al templo número dos. ¡Y yo pensaba que iba en la dirección contraria!… que debería haber cruzado aquel puente.

Eso el primer día del peregrinaje. ¿Quiénes eran aquellos personajes?

Por cierto, ¡feliz año del dragón!

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