Té en el templo KiyomizudoEl peregrino debe sellar su libro de ruta en cada uno de los templos visitados, a cuyo mantenimiento contribuye mediante un donativo de cien yenes (aproximadamente un euro).

Cierto día, en mi apartamento, me entretuve con un pensamiento bien cicatero: cien yenes por ochenta y ocho templos, mas los billetes de metro y tren….

Ese fin de semana, al salir de casa para reanudar el peregrinaje,  encontré en el suelo un billete válido de metro con el que viajé gratis hasta la estación de tren. El primer tren de la mañana hacia mi destino aguardaba ya en el andén. Tomé asiento en el vagón vacío y esperé por el revisor para abonarle el importe del pasaje. Este llegó puntal (como todo en Japón), comprobó en su ordenador portátil el número de mi asiento, y sin cobrarme nada abandonó el vagón con una reverencia. ¡En su ordenador figuraba que ese asiento, el único ocupado del vagón, estaba pagado!

Llegué, por lo tanto, al punto donde reiniciaba mi peregrinaje sin gastar ni un solo yen.

En el primer templo que visité, me recibió una señora diminuta y muy mayor, encorvada y sosteniendo una trompetilla sobre la oreja, como las que hasta entonces sólo había visto dibujadas en los tebeos. La señora me invitó a un té verde con dulces típicos japoneses (hechos a base de habas pintas). La conversación acaecida, entre lo exiguo de mi japonés y el curioso amplificador de gritos que portaba ella, debió resultar de lo más rocambolesca.

Sin todavía saber muy bien el porqué, la señora entró en el templo y salió con una bolsa idéntica a las que en las ilustraciones de cuentos de piratas contienen doblones de oro, una especie de saquito cerrado con una cuerda corredera, ¡repleta de monedas de cien yenes!, suficientes para pagar las tasas de sellado de todo el peregrinaje. Pensé que la buena anciana no andaba bien de la cabeza, así que me dirigí hacia un señor que debía ser un familiar para explicarle lo del dinero, pero éste simplemente se limitó a corroborar que se trataba de “osetai”, de un regalo al peregrino.

Ese día recibí una lección que nunca olvidaré sobre el valor de dinero.

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