Cuenta una leyenda que todos los peregrinos se encuentran al menos una vez con Kobo Daishi (el monje fundador del peregrinaje). Yo no puedo ratificar la leyenda, pero tampoco desmentirla.

Caminaba en paralelo a la costa cuando me di de bruces con un vallado que se extendía hacia unas colinas, bloqueándome el paso. Di media vuelta y me dirigí hacia un par de individuos que fumaban apoyados sobre un murete. Con gesticulación exagerada, me indicaron que debía dar un gran rodeo para evitar las obras de construcción. En ello estábamos cuando de repente noté que miraban inquietos sobre mi hombro. Al girame vi a una viejecita con ropas de campesina corriendo hacia nosotros, con la mano me indicaba que fuese con ella. Decidí seguirla.

Atravesamos la alambrada por un agujero y caminamos sorteando trastos y maquinaria de construcción durante un buen rato, hasta llegar a una arboleda en lo alto de un cerro, donde la señora se detuvo y me indicó que a partir de ahí debía continuar yo solo. Antes de doblar la última curva me volví para despedirme de tan curioso personaje. Me miraba con una amplia sonrisa.

Lo siguiente que recuerdo fue caer de rodillas ante la belleza de lo que se divisaba desde aquel cerro: una ensenada con un pueblecito y un colosal Kobo Daishi a modo de estatua de la libertad. De no haber sido por la viejecita, hubiese seguido el consejo de aquel par de individuos y me hubiese perdido uno de los momentos más memorables que guardo del peregrinaje por la península de Chita.

Por cierto, al descender hasta la orilla, comprobaría que un suelo rocoso se extiende sin apenas sobresalir del mar hasta la isla donde se erige la monumental estatua. Me arremangué los pantalones y “caminando sobre el agua” alcancé la isla y me abracé a la estatua. ¿Habría encontrado a Kobo Daishi?

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