Inicié el peregrinaje en el que dormiría en la calle. Al anochecer del sábado, habiendo caminado mucho más que en fines de semana anteriores, me senté en el porche del último de los templos visitados.

El monje residente salió y entablamos una buena conversación. Cuando le dije que era un peregrino con la intención de dormir al raso, se conmovió de tal manera que, sin modo alguno de poder rechazarlo, me invitó a hospedarme en su templo.

Primero me llevó al “onsen” local, un spa relajante donde pude eliminar todo el polvo del camino. De regreso al templo, su mujer había preparado una opípara cena (los monjes de Japón se pueden casar). En todos los años en que he sido vegetariano, nunca he sentido más no participar de una comida que ese día, pero no por gula, sino por la sinceridad de la invitación. No obstante, no solo no lo entendieron, sino que además se impresionaron con mis principios.

Dormí como un ángel.

A la mañana siguiente acompañé al monje en la ceremonia matutina y regresamos para compartir un desayuno estupendo por su variedad, esmerada presentación, y ahora sí, vegetariano. La pareja era joven, y por el templo se podían encontrar algunos de los juguetes de un niño de corta edad. Los tres salieron a despedirse y me entregaron un paquete bajo la promesa de no abrirlo hasta bien alejado. Cuando así lo hice, no pude reprimir algunas lágrimas. Había de todo, desde un rosario y útiles de aseo, hasta dinero.

¡Cuánta generosidad!, pensé. Regresé a Nagoya embargado por los acontecimientos y sin estrenar el saco de dormir. La noche en que me había propuesto dormir a la intemperie resultó ser la más confortable de mi vida.

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