Mi primo Tito me ha enviado la foto que utilizo en el post de hoy. Es una pegatina del peregrinaje de los 88 templos alrededor de la isla de Shikoku del que tanto he hablado, que algún japonés (o japonesa) dejó pegada en el Hotel Medulio de mi primo Gelo, ¡en León! Curioso, ¿no? (Gracias Tito por la foto, y si váis por Las Médulas no dejéis de pasaros por el hotel).

Hoy voy a escribir el último post relacionado con el peregrinaje alrededor de la península de Chita, reconociendo que no todo son maravillas: a veces el peregrino también se ve asaltado por la enfermedad.

La decisión de dormir al aire libre trajo consigo más horas de caminata con la mochila a cuestas, especialmente pesada en invierno, y menos horas de descanso. Una madrugada de lunes invernal, tras un fin de semana de peregrinaje especialmente intenso, cuando me disponía a levantarme para ir al trabajo, sentí un dolor tremendo en la zona lumbar, unos trallazos que bajaban por una de las piernas y mortificaban hasta el menor de mis movimientos.

Me vestí a cámara lenta, y caminando como las muñecas de Famosa cuando se dirigen al Portal, llegué hasta la parada del autobús que me llevaría al hospital. Rápida, eficiente, moderna, y hasta cálidamente, los doctores y enfermeras atajaron el dolor y diagnosticaron una hernia discal. (Era la segunda vez que tenía que probar la medicina nipona en un corto plazo, la primera a causa del tormento infligido por un cálculo renal en su desgarrador viaje de salida, producto de una hidratación deficiente).

La lesión del disco intervertebral me forzó a aplazar el peregrinaje y a replantearme mi actitud. Las caminatas cargado como un burro, el comer una sola vez al día, beber poco y mal, los ayunos en días de luna nueva y llena, y dormir a la intemperie, habían topado con el límite de mi resistencia. Me asombraba la capacidad tan tremenda de trabajo del cuerpo, pero también su fragilidad.

Fueron semanas en el dique seco en las que me vi avocado a reflexionar sobre cómo vivir más equilibradamente.

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