Una vez presentada mi dimisión, debía decidir qué hacer con mi vida. Solo necesité el tiempo que me llevó tomarme una taza de sencha (té verde japonés): sería peregrino a tiempo completo.

Con la llegada de noviembre (del año 2002) salí a recorrer Japón en bicicleta. Durante las semanas anteriores a mi partida traté de deshacerme de todas mis pertenencias hasta quedarme con lo imprescindible.

Lo más valioso eran los libros, en especial los sutras, como el de la Guirnalda Floral (una docena de tomos), más conocido por su nombre en sánscrito, Avatamsaka, y que doné al templo de Kioto reminiscencia del de Antaiji, frecuentado por extranjeros deseosos de saborear el Zen en Japón.

El capítulo final de este Sutra —un libro en sí mismo llamado Gandavyuha— es una de las lecturas más fantásticas que jamás haya leído. Relata las aventuras de un joven peregrino llamado Sudhana en su búsqueda de la sabiduría a través de sus encuentros con maestros de lo más variopinto: monjes y monjas, un capitán de barco, una prostituta, unos amantes, ascetas, espíritus, bodisatvas, seres terroríficos, y así hasta cincuenta y tres encuentros. El peregrinaje culmina con el primero de los maestros, el bodisatva Manjushri, el de la sabiduría, quién certifica su despertar y le conmina a visitar todavía a un último maestro: el bodisatva Samantabhadra, el de la acción.

El otro gran sutra, el Sutra del Loto, se lo regalé a un buen amigo portugués que conocí en la Universidad de Nagoya (un abrazo, Artur), un ingeniero más interesado por lo espiritual que por los chips de silicio. La particularidad de este sutra son sus parábolas, algunas idénticas a las relatadas por Jesús, como por ejemplo la del hijo pródigo.

La lectura de esos sutras fue una de las principales fuentes de inspiración para que decidiese cambiar mi trabajo por un viaje sin prisa alrededor del mundo.

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