Cerré la puerta, dejé la llave en el buzón y encaje la mochila en la cesta del manillar de mi bici, una de paseo normal y corriente. La primera pedalada que puso la bici en movimiento bajo la fría llovizna de aquella mañana de noviembre no la olvidaré jamás. Esa pedalada me constató que no era un sueño, ¡estaba ocurriendo! Sin trabajo, sin casa, sin pertenencias, sin compromisos, sin destino cierto… libre como nunca antes me había sentido.

Un sencillo mapa de Japón y una brújula componían todo mi instrumental de navegación. Las carreteras y caminos los iba eligiendo sobre la marcha en función de la belleza o fealdad del paisaje y del tráfico. Avanzaba despacio, sin prisas y parándome allí donde encontraba sitios de interés, generalmente templos. Mi primer objetivo era acudir al retiro de meditación del mes de noviembre en un monasterio de las montañas que hay entre Kioto y Nara.

La búsqueda diaria de un lugar donde poder pasar la noche se terció en un ritual cotidiano. Allí donde el anochecer me encontraba procedía a recitar el mantra de la gran compasión mientras trataba de divisar algún templo, budista o sintoísta, en el que proferir solemnemente la misma rogativa. Pedía a los seres visibles e invisibles del lugar hospitalidad durante las horas de la noche. En mi descaro, hasta imponía una condición: que por favor mi presencia no molestase a nadie.

Una vez localizado el lugar, me lavaba los pies con algo de agua, me ponía ropa cómoda, desplegaba el aislante a cuya cabecera siempre colocaba una foto del maestro Hua, hacía los ejercicios de yoga, meditaba una hora, extendía el saco y me introducía en él para dormir unas siete horas. De madrugada, tras asearme y ponerme las ropas de caminante, recogía todo, hacía ejercicios de estiramientos, y volvía a meditar otra hora.

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