Ayer fue un día especial, porque viví en mis carnes esos cinco minutos de fama que a todos nos llegan alguna vez en la vida.

Como ya dije en otro post anterior, a veces envío las cosillas que escribo a concursos. El ayuntamiento de un pueblo del norte de Madrid (Moralzarzal) organizó un concurso literario al que envié uno de mis cuentos. Resulta que me llamaron porque estaba entre los ocho finalistas. Nos subieron a los ocho autores a un estrado dentro de la plaza de toros (!), y con la tensión de los Oscars (salvando las distancias), una señora comenzó a abrir el sobre en el que ¡estaba mi nombre! (lo pronunció mal y por un momento no supe si se refería a mí).

Después vinieron los aplausos, la entrega del premio, un discursito, entrevista para la televisión local, ¡hasta firmas del libro! pues ya lo habían publicado.

El cuento lo titulé Un cuento de niños para adultos, y es eso, un cuento en el que hablo metafóricamente de la importancia de controlar los cinco deseos que nunca son suficientes para sentirnos satisfechos (dinero, sexo, fama, comida y dormir). La fama nos parece la más inocua de la lista, pero precisamente por eso  puede resultar la más peligrosa.

La próxima semana voy a recoger otro premio parecido a Valencia, por un cuento que trata sobre la importancia de no apegarnos a las cosas materiales… ¿Un mensaje para el propio autor? Ahí estáis para corregirme.

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