La primera noche la pasé dentro de la barriga de un dragón. Anochecía cuando una ligera llovizna comenzó a caer justo en el momento en que atravesaba un parque infantil. De entre todos los cachivaches para la diversión de los niños, destacaba un enorme dragón de madera, cuyo ahuecado vientre proporcionaba un amplio cobijo. Decidí quedarme allí, y tomé como señal muy auspiciosa que en mi primera noche hubiese sido el huésped de tan distinguido anfitrión.

Los lugares más habituales en los que pasaría las noches fueron las espaldas de los templos, bajo los amplios alerones de sus tejados. Solían ser lugares tranquilos donde me sentía protegido, y donde frecuentemente encontraba por sus inmediaciones algún grifo con el que poder asearme. Además, el entarimado me proporcionaba un lugar perfecto sobre el que poder practicar yoga y sentarme a meditar.

No recuerdo lance alguno reseñable por su peligrosidad, si acaso, en un par de ocasiones me vi en ciertos apuros. Por ejemplo, en una noche especialmente fría, en lugar de continuar mi búsqueda hasta localizar un sitio que reuniese unas mínimas garantías, decidí acurrucarme en el portal de una casa, cuya única particularidad era que el coche aparcado en frente estaba cubierto de una manta, de cuyo abrigo yo me consideré más merecedor.

Serían las tantas de la mañana cuando la puerta se abrió justo detrás de mí, y se volvió a cerrar súbitamente. Me levanté azorado, recogí el tenderete, y volví a cubrir con la manta a su legítimo destinatario. La puerta volvió a abrirse enmarcando a una pareja de madrugadores ancianos con gesto sorprendido.

Les ofrecí todo tipo de sinceras disculpas y traté de explicar los motivos para tan intempestiva aparición en su portal. Cerraron la puerta sin mediar palabra. Con la bici de la mano, caminaba apesadumbrado por el inconveniente causado, cuando, de repente, escuché tras de mí: “Chotto matte kudasai!” (¡Espere por favor!).

El paisanín se acercó a paso ligero y, con ambas manos y una ligera reverencia, me ofreció un par de plátanos. Le puse el pie a la bici, y acepté el donativo con ambas manos e igual grado de inclinación en mi reverencia. Ese instante evaporaría toda mi pesadumbre, al igual que los rayos del sol harían con la helada algunas horas después.

Me alejé en el silencio del amanecer recitando el mantra de la gran compasión.

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