En el post anterior menciono que durante mi peregrinación en bici por Japón apenas si tuve percance alguno. No obstante, en una ocasión me topé con un par de fantasmas.

Cierta noche, mientras buscaba un lugar en el que poder descansar, entré en una casa abandonada a través de una de sus ventanas rotas. Una vez que mis ojos se aclimataron a la oscuridad reinante en su interior, intenté evaluar la conveniencia del lugar. La habitación todavía tenía cierto mobiliario destartalado y hasta una especie de pequeño altar con un incensario y un par de fotos que no podía distinguir. Decidí cogerlas y salir a la calle para verlas a la luz de una farola próxima. Volví a saltar por la ventana, pero cuando llegué a la farola me di cuenta de que las fotos no estaban en mi bolsillo.

El asunto me extraño sobremanera pues la pirueta necesaria para brincar por la ventana no daba ni mucho menos para tanto. Desanduve mis pasos y encontré las fotos justo sobre el alfeizar, como remisas a salir a la luz y desvelar su identidad. Esta vez no las guardé en el bolsillo, sino que con ellas en la mano regresé bajo la farola. Entonces, un escalofrío estremeció todo mi cuerpo. Eran las fotos de dos mujeres fantasmagóricas, horripilantes, una con aspecto de bruja aviesa, y la otra con aspecto fofo y ojos carentes de pupilas. Además, sobre las paredes del fondo del antro donde habían sido tomadas las fotos, se distinguían cuadros con seres diabólicos.

Regresé para arrojar las fotos por la ventana, y salí de allí pitando mientras recitaba el mantra de la gran compasión. Esa noche dormiría con un ojo abierto en los soportales del templo local. La experiencia me proporcionaría una importante lección a la hora de elegir los lugares propicios donde pasar las noches. ¡Nunca en lugares yin!

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