Cada pedalada me acercaba un poco más a mi objetivo, un monasterio situado en las montañas que se alzan entre Kioto y Nara al que acudía todos los meses para realizar un retiro de meditación, un sesshin de tres días sobre el que ya escribí un post anterior.

El ofuro (baño tradicional japonés) en la “pota de los caníbales” me supo a gloria bendita. Después de tres semanas de pedalear y dormir a la intemperie, disponer de techo sobre mi cabeza, tatami bajo mis pies, comida caliente en mi bol y, sobre todo, la tranquilidad del monasterio, no solo eliminaron de ese retiro toda sensación ascética, sino que, paradojas de la vida, casi lo convirtieron en unas balsámicas vacaciones. Incluso las muchas horas sentado inmóvil sirvieron para que la incipiente tendinitis de mis rodillas desapareciera casi por completo.

Cuando a su finalización, en lugar de tomar el autobús con mis compañeros, tomé la bici, no pude evitar un respingo. Mi siguiente destino era Antaiji, el monasterio donde los maestros Sawaki Roshi y Uchiyama Roshi revitalizaron el Zen el siglo pasado. Originalmente, Antaiji estaba ubicado en Kioto, pero hacía años que, por razones que desconozco, había sido trasladado a un plató sobre una montaña próxima a la costa del mar del Norte, en la prefectura de Hyogo.

Una de las principales celebraciones budistas tiene lugar el día en que se conmemora la iluminación del príncipe Gotama (cuando se convirtió en un buda, en un ser despierto), concretamente el octavo día del decimosegundo y último mes lunar. Las implicaciones cósmicas de estas fechas son las mismas que dan soporte a que el día de la natividad de Jesús se celebre el veinticinco de diciembre. El solsticio de invierno marca el punto de inflexión del ciclo del sol, cuando detiene su caída y comienza a escalar de nuevo por el horizonte. El solsticio de invierno es motivo de celebración luminosa en la mayoría de las civilizaciones porque, en las entrañas del mortecino invierno, el sol ya anuncia la llegada de otra primavera.

La modernización de Japón durante el periodo Meiji conllevó el abandono del calendario lunar en favor del solar, lo que supuso que la festividad de la iluminación de Buda se fijase en la fecha del ocho de diciembre. En los templos budistas es frecuente que la semana que culmina en tal día tenga lugar un retiro de meditación. Ese año llegaría en bici a Antaiji para participar en el retiro más importante del año.

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