Mientras pedaleaba a lo largo de la costa del mar del Norte de Japón, recordé que mi primer retiro de meditación tuvo lugar precisamente en la ciudad costera que volvía a visitar, situada al norte de Kioto , con una presencia telúrica audible, y con un nombre muy presidencial: Obama, en la prefectura de Fukui.

Recuerdo que en el templo la mayoría de los meditadores éramos extranjeros. Recuerdo también con una sonrisa mi inexperiencia, embutido en un chándal multicolor rodeado de gentes de sobria indumentaria y aires marciales.

El primer día del retiro (sesshin) me sobresalté pensando que se había declarado fuego en el templo, cuando, con el repiqueteo de una campana, todos se levantaron inmediatamente del cojín de meditar y salieron atropelladamente de la sala. Yo salí el último, todavía con una pierna dormida, pensando que íbamos a por cubos de agua, pero al volver una esquina, allí estaban todos, arrodillados y en fila, esperando turno para entrevistarse con el maestro, Harada Roshi.

Yo escuchaba aterrado la bronca que el imponente maestro zen soltaba al meditador que me precedía. Cuando llegó mi turno, accedí nervioso al cuarto, me arrodillé ante él y todo lo que se me ocurrió comentarle es que me dolían mucho las piernas.

Harada Roshi abrió los ojos, esbozó una sonrisa y dijo: “Itami to henwa, onaji mono desu” (dolor y placer son la misma cosa).

Volví a mi cojín reflexionando sobre la frase. Yo no ponía en duda que fueran la misma cosa, pero a ver quién era el guapo que convencía a mis piernas.

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