Después de varias semanas de dar pedales y de visitar templos de sobrecogedora belleza, alcancé la base de la montaña donde se emplazaba Antaiji. Ya sólo me quedaban cuatro kilómetros en subida para conocer uno de los principales templos Zen de Japón, y además durante el Rohatsu, el retiro de meditación más importante del año.

Mientras ascendía, especulaba sobre el número de monjes y meditadores congregados para la ocasión. Lo angosto del camino no anticipaba la planicie que se abría a su término, con el monasterio bien centrado en ella, y más grande de lo imaginado.

Llamé a la puerta y, para mi sorpresa, me recibió un monje alemán, prototipo de ario, quien me acompañó hasta la que sería mi habitación. Quedamos emplazados para la cena en el único cuarto caldeado mediante una estufa de leña situada justo en su centro. Me sorprendía el silencio y la ausencia del trajín que supuse intrínseco a tan importante retiro.

La conversación acaecida durante la cena me dejó estupefacto. Él era el único monje residente, el único heredero de Antaiji. El último maestro se había matado el invierno pasado, despeñado mientras quitaba la nieve del camino. Desde lo luctuoso del acontecimiento, los monjes, de por si ya pocos, fueron emigrando a otros templos, y así hasta quedar él sólo. Se acababa de casar con una rolliza japonesa y ambos conformaban todo el personal residente de Antaiji.

Los participantes del Rohatsu de ese año, 2002, seríamos él y yo. Me quedé desolado.

El retiro transcurrió con normalidad, y concluyó con un frío especialmente intenso que anunciaba la primera nevada del invierno. Descendí de la montaña, mientras arriba comenzaba a nevar.

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