Tras abandonar el retiro de meditación en Antaiji, y recuperar la bicicleta que había dejado aparcada en una estación de tren, reanudé mi peregrinaje. La brava costa del mar del Norte de Japón está salpicada de jirones de rocas con extrañas formas. Magnetizado por su agreste belleza, especialmente en esos días de invierno, continué viajando a su vera en dirección oeste, hasta que la climatología dijo basta.

El amanecer de cierta mañana reveló un paisaje completamente blanco, una delicia para la vista, que no tanto para los huesos. Cuando en el visor del termómetro digital de mi despertador apareció un signo menos delante de la cifra de la temperatura, supe que era el momento de poner rumbo sur, a la costa del Pacífico, considerablemente más cálida.

Pero, para ello, antes debía cruzar el sistema montañoso del interior. La visión del amenazante cielo que cubría las montañas, aunada a la de la carretera cubierta de nieve, y a la de mi endeble bicicleta, me hicieron titubear. Justo entonces, algo sorprendente ocurrió en el cielo: las nubes que cubrían las montañas se abrieron por un instante y un rayo de luz solar me impactó en los ojos. Era la señal que necesitaba.

Un quitanieves me adelantó y pude colocar mis ruedas sobre la rodada que iba dejando. Otros pocos vehículos equipados de cadenas en sus ruedas vinieron detrás, los conducidos por humanos se apartaban al adelantarme, los demás arrojaban sobre mí una andanada de sucia nieve, y unos y otros debían de preguntarse por el loco que se dirigía en bici hacia las ominosas montañas.

Empecé a negociar curva tras curva de un ascenso que dejaba en mera tachuela a mi familiar Pajares, algunas sobre la bici, y las más a pie sobre las botas empapadas por las riadas que frecuentemente cruzaban la carretera. Por fin, bien entrada la tarde, alcanzaría la cota más elevada, donde un larguísimo túnel me pondría en contacto con la vertiente sur. Me sentía eufórico, pensando que lo peor había pasado.

Sin embargo, el descenso sin dar pedales a tan bajas temperaturas provocó que todo mi cuerpo se congelase casi de inmediato, en especial las manos, la cara y los pies. En el primer pueblo del valle, al bajarme de la bici, estaba rígido como un témpano, y el dolor de pies y manos era tan intenso que me llevó muchos minutos descalzarme.

Entré en el local de un área de descanso y pedí un tazón de sopa (ramen) sobre el que hacer inhalaciones, sumergir los dedos (de las manos), y dar friegas a los pies, los cuales iban alcanzando la temperatura ambiente entre dolorosas punzadas provocadas por la sangre reconquistando la superficie. Tras recuperar las sensaciones, regresé para patear a la bici, pero no como castigo a su comportamiento, sino para liberarla de los mazacotes de hielo que la aprisionaban.

Gracias a los últimos rayos del sol de ese día, los mismos que me habían invitado a este lado de las montañas, disfruté de las vistas de unos paisajes montañosos inmaculados. Finalmente llegué a una pequeña ciudad donde pude secar la ropa, las botas y el saco de dormir en una lavandería pública. Esa noche encontré un pequeño templo especialmente tranquilo y acogedor donde disfruté de un sueño muy reparador.

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