Y hablando de monstruos, recuerdo la extraña visión que tuve una noche de verano en mi apartamento. Me levanté desvelado por el asfixiante calor y descansé la mirada sobre un mapa de Japón que había colocado sobre la pared, en el que marcaba con rotulador los lugares visitados. Luego giré la cabeza para observar la otra pared donde colgaba una lámina de Kobo Daishi (monje del siglo VIII muy venerado en Japón) vestido de peregrino. Mi pensamiento se detuvo. Volví a mirar el mapa de Japón y… ¡No podía creerlo! Mi mente había procesado algo que a mi intelecto le constaba digerir, aunque finalmente accedió, medio en broma medio en serio, a ponerle palabras. Se trataba de un descubrimiento de gran repercusión, aunque no al alcance de la mayoría de la gente (a excepción de los niños, claro).

Entre los seres que habitan las mitologías de la mayoría de las civilizaciones destacan por su frecuencia unos seres formidables, híbridos entre reptiles y aves, que surcan los cielos y los océanos escupiendo fuego por la boca: son los dragones. Yo acababa de descubrir que los dragones no son seres ficticios, sino que existen y están vivitos y coleando. ¿Dónde? Justo debajo de nuestras narices. ¡Vivimos sobre dragones! De hecho, los continentes son un grupo de dragones que viven en esta charca azul del universo que llamamos planeta Tierra. ¡Los terremotos son en realidad “dragón-motos”!

«¡Tonterías!», se apresura a enjuiciar nuestro henchido hemisferio cerebral izquierdo justo antes de fagocitar la pasa en la que se ha transformado el derecho, cuyas últimas palabras son: «pero es verdad». ¡Es verdad! Los dragones viven millones de años y por eso sus movimientos son muy lentos, o debería decir que a los humanos (que vivimos menos que lo que dura uno de sus resoplidos) nos parecen muy lentos. Japón es una cría de dragón, lógicamente inquieta, de ahí su especialmente marcada actividad sísmica.

¿Queréis verlo? Entonces abrid el atlas por la página de Japón y girarlo 50º hacia la derecha (o mirad el mapa de este post). La isla del extremo izquierdo (Kyushu) corresponde a la cabeza; la isla principal (Honshu) conforma el cuerpo, y la isla de la derecha (Hokkaido), la cola. La ristra de islas que se extiende hacia la izquierda desde su boca es lógicamente una bocanada de fuego (por eso hace tanto calor en Okinawa). La cordillera montañosa que la recorre de un extremo a otro no puede ser otra cosa que su poderosa columna vertebral. En la espalda de la cría del dragón hasta se pueden ver unas incipientes alas, y uniéndose al vientre se distinguen dos poderosas penínsulas, que no son sino las musculosas patas traseras. Sorprendente, ¿no?

¿Pero, entonces, qué será Shikoku, la isla más sagrada del archipiélago, la del peregrinaje de los 88 templos, situada sobre el pecho del dragón?

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