Si la anatomía de Japón no fuese ya de por sí sola dragonianamente convincente, los emplazamientos humanos y la historia de la nación aportan pruebas adicionales, cuando menos curiosas.

Por ejemplo, las antiguas capitales de Nara y Kioto se sitúan a la altura del corazón, mientras que la capital moderna, Tokio, se halla en la panza. El traslado de la corte imperial que tuvo lugar durante el periodo Meiji a finales del siglo XIX, desde el corazón a la panza, refleja el cambio experimentado en la sociedad japonesa de abandono de lo espiritual en favor de lo material.

El periodo Kamakura del siglo XII, así llamado porque el gobierno de la nación se estableció en la península de dicho nombre, posee las características propias del órgano de micción y sexual del dragón (hasta saliendo de él hay una ristra de islas a modo de gotitas). El periodo Kamakura se caracterizó por sus guerras y por su prolijidad en la aparición de profetas fundadores de las principales escuelas budistas propiamente japonesas que han sobrevivido hasta la actualidad. (Honen fundó la escuela Tierra Pura, Shinran la Nueva Tierra Pura, Eisai la Zen Rinzai, Dogen la Zen Soto, y Nichiren la que lleva su nombre). La tensión vivida en dicho periodo entre violencia y paz, entre guerras y búsquedas espirituales, lo convirtió en uno de los más seminales de toda la historia de Japón.

Asimismo, la política beligerante colonialista en la que se embarcó el país durante la primera mitad del siglo pasado, y que se cerró con las pavorosas explosiones de sendas bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, guarda cierta relación con el periodo Kamakura, pues de los horrores de la guerra resurgió una nación radicalmente comprometida con la paz. Curiosamente, Nagasaki se halla exactamente sobre los ojos del dragón, e Hiroshima sobre su garganta. Las proclamas violentas de un pueblo cegado por su codicia expansionista se transformaron en gritos de sufrimiento y clamores de “¡nunca más!”.

(Habrá que esperar para saber qué es la isla de Shikoku).

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