A las evidencias geográficas e históricas que hemos discutido sobre la hipótesis de que Japón sea un dragón todavía se le pueden añadir los aspectos más sutiles derivados de aplicar a su dragoniana anatomía las revelaciones de las tradiciones espirituales orientales.

Así, en la tradición alquimista china, el cuerpo contiene tres centros energéticos principales, denominados “dantien” (literalmente campos de cinabrio). El inferior se halla en la barriga (en japonés “hara”), el intermedio sobre el corazón, y el superior en la cabeza. Estos centros regulan los aspectos volicional, emocional e intelectual, respectivamente. La aséptica anatomía forense supongo que diría que todo lo que se halla en estos lugares son las glándulas suprarrenales, el timo y la pituitaria. El objetivo del alquimista consiste en reconocer y dominar dichos centros para acceder a la auténtica naturaleza de su ser, la cual se hace manifiesta a través de una profunda unión mística, un sentimiento de amor universal, y la posibilidad de realizar viajes extracorpóreos.

El dantien inferior o centro de gravedad del dragón coincidiría con nada menos que la montaña sagrada Fuji, el cono icono de la perfección y la serenidad. El dantien intermedio del corazón coincidiría con las antiguas capitales de Kioto y Nara, pero aún más significativo es el hecho de que el santuario sintoísta más sagrado e importante de Japón se halla precisamente allí, en Ise, y está dedicado a la diosa solar Amaterasu, reverenciada por su candidez y compasión, rasgos del todo atribuibles al corazón. Por último, el dantien superior coincidiría con la isla de Kyushu (cabeza), allí donde los contactos con las civilizaciones del interior del continente asiático han sido frecuentes durante toda la historia de Japón, y por donde entraron, entre otros conocimientos, el confucionismo de China y sobre todo el budismo originario de la India. En definitiva, filosofías y análisis sobre el significado de la vida y su propósito último, totalmente pertinentes y adecuadas a las capacidades atribuibles a la cabeza.

Aunque toda esta prolija descripción se produjo en apenas unos instantes, lo que realmente me convenció de estar sobre algo más que un juego de la imaginación fue el último de los descubrimientos, el que surgió justo después de mirar la lámina de Kobo Daishi. Se trataba de la isla de Shikoku, la cual no acababa de encajar en la anatomía del dragón. ¿Qué pintaba esa isla allí?, flotando sobre el pecho, como sostenida…. ¡Eureka! La última pieza del puzle encontró acomodo con suavidad y precisión en la foto final.

¡Los dragones siempre llevan consigo una joya de la que nunca se separan demasiado! ¡Shikoku es la joya del dragón! No es de extrañar, pues, que Shikoku fuese el lugar de nacimiento del místico Kobo Daishi, y quien apreció su calidad de mandala cósmico estableciendo sobre ella el famoso peregrinaje de los ochenta y ocho templos.

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