Después de haber “demostrado” que la imaginación nos puede servir para descubrir cosas tan interesantes como que Japón es un dragón, y que la isla de Shikoku es una perla enorme, puedo volver al peregrinaje en bicicleta que había “aparcado” después de cruzar las montañas que separan la costa del norte de la del sur de Japón.

La costa bañada por el Pacífico (la del sur) congrega a la mayor parte de la población, de ahí que el nuevo escenario de mi peregrinaje difiriera considerablemente del del mar del Norte (¡cuántos dels!), pues ahora me movía en entornos predominantemente urbanos. Especialmente desagradable resultó mi tránsito por el océano urbano de Osaka, la segunda ciudad en número de habitantes de Japón (tras la capital Tokio).

Cierto día, el único reducto en el que pude encontrar un lugar donde pasar la noche fue un cementerio. Bajo una estatua del bodisatva Jizo que protege a los viajeros, especialmente a los que emprenden su último viaje, planté mi reducido campamento entre los panteones con las cenizas de los muertos.

Y dormí como un ángel hasta que, ya de madrugada, algo me sacudió. Me incorporé sin saber muy bien qué verían mis ojos. Delante de ellos se acabó por perfilar la figura de una señora mayor de aspecto nada fantasmal, quien me apuraba a que me levantase. Justo cuando cargaba con la mochila al hombro y me disponía a abandonar mi “suite”, una tromba de gente con cubo y cepillo en mano entró al cementerio para limpiar los relicarios. Resultó que ese día era el de la limpieza. No sé quien sería aquella señora, pero fue toda una suerte que acudiese con antelación para despertarme.

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