Huyendo del entorno urbano de Osaka, puse rumbo a la zona montañosa del interior, donde encontré diseminados por sus laderas templos de pasado glorioso que yacían fosilizados y reconvertidos en meras atracciones turísticas de fin de semana. Bordeando la sierra regresé de nuevo hacia la costa, a la altura de Wakayama, la ciudad que se convertiría en el punto y final de mi singladura.

Me despedí de mi fiel montura, y la dejé aparcada en unos soportales, pensando que algún día podría volver a por ella. La última noche durmiendo en la calle sería en esa ciudad, y será difícil olvidar la forma en la que en dicha ocasión encontré “alojamiento”. Con las últimas luces del día vislumbré un templo con una entrada diferente a lo usual, y que me recordó, por la ligera subida y sus poderosas paredes, a la del castillo templario de Ponferrada. Accedí al portalón interior y, como de costumbre, procedí a mi rogatoria. Lo increíble fue que, de repente, una ráfaga de viento abrió una portezuela situada a mi izquierda que daba a un jardín interior. Aunque en mis noches de vagabundo había recibido contestaciones a mis ruegos espectaculares, esa fue una de las más sorprendentes por lo inesperado de la “coincidencia” y lo magnífico del lugar. El bodisatva Kannon fue mi anfitrión, a pesar de hallarse secuestrado en un bunker de hormigón.

Al tema de los búnkeres le viene que ni pintado el refrán “es peor el remedio que la enfermedad”. Con el fin de proteger a las esculturas y tallas sagradas más antiguas de la humedad y la eventualidad de un incendio o terremoto, en el recinto de algunos templos hay construido un bunker de hormigón donde dichas imágenes se guardan a temperatura y humedad constantes. El resultado es que el altar del templo pierde todo su encanto y los budas y bodisatvas se ven avocados a vivir cautivos entre cuatro paredes asépticas, ocultos a los ojos de los visitantes, sin incienso, sin flores, sin ofrendas… sin vida.

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