La historia de los bodisatvas secuestrados en búnkeres sobre la que escribí en el post anterior me recordó una de mis primeras excursiones en Japón, cuando fui de visita a un templo que se distinguía por su antigüedad y por la capacidad milagrosa de su talla principal, una escultura del bodisatva Kannon, el arquetipo de la compasión.

El templo se ubicaba en una región rural sin demasiadas señalizaciones por lo que me vi obligado a preguntar al menos a media docena de personas antes de alcanzar mi destino… que resultó ser nada menos que un dichoso búnker cerrado a cal y canto. Me senté en sus frías escaleras con la frustración de quién ha malgastado un día.

Sin embargo, al cabo de unos instantes, me giré para postrarme en el suelo ante las encaladas paredes, con lágrimas en los ojos, pero no de frustración sino de alegría.

Durante esos momentos en que permanecí allí sentado, sin querer, la película del día se proyectó sobre mi mente, y una tras otra, las “trivialidades” acontecidas adquirieron una cualidad diferente: el amable funcionario de la estación de tren dibujándome un plano, las sonrisas de los lugareños, el carnoso caqui que me ofreció un campesino, el sol otoñal, las terrazas fluviales rebosantes de arroz a punto para la cosecha, la anciana de ojos verdosos que me había dado las últimas indicaciones…

Mi frustración por no haber visto al bodisatva Kannon se tornó en vergüenza y humildad por no haber reconocido que, en realidad, no había dejado de verlo ni un solo instante de ese día.

Emprendí el regreso reflexionando sobre todo aquello que, por cotidiano, consideramos carente de valor. Avanzaba por un camino rural absorto en lo extraordinario de lo ordinario cuando, de repente, me encontré dos mil yenes en el suelo, y no pude evitar una carcajada ante lo ordinario que me pareció algo tan extraordinario.

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