Los días necesarios para que tramitaran el visado para la India los dediqué a conocer Tokio. Después de patear buena parte del centro, decidí que mi segunda noche, en lugar de dormir a la intemperie como en la primera, dormiría en una cápsula.

La idea de dormir dentro de uno de esos célebres hoteles japoneses podía resultar interesante como experiencia, y sin duda también para el bolsillo, pues son al menos tres veces más baratos que los hoteles y los ryokan (hotel tradicional japonés). Pagué por adelantado en el mostrador de la entrada, me dieron una llave que abría una taquilla donde me despojé de la mochila y las ropas de calle y me enfundé un yukata que hallé doblado en su interior.

La llave también servía para la cápsula, un nicho de la fila superior lo suficientemente alto como para poder sentarme dentro, cuyo único mobiliario era un televisor empotrado en una esquina. Las cuidada zona de baños disponía de ofuros (spas) separados para hombres y mujeres.

Entre los varios hoteles cápsula probados, el del último piso de un rascacielos próximo al templo Sensoji resultó ser el mejor. Desde su terraza se divisaba perfectamente todo el recinto del templo, la zona fluvial y algunos edificios emblemáticos, como las oficinas de una compañía cervecera japonesa, un edificio archiconocido no por su altura sino por la enorme caca situada sobre su entrada. El intento del arquitecto —un renombrado diseñador europeo— por recrear una llama dorada se le quedó en deposición colosal. Pagar una gigantesca factura por una gigantesca hez es como para replantearse el haraquiri.

Durante aquellos amaneceres, salía bien abrigado a la terraza para meditar en dirección al templo, más inspirador que el edificio del otro lado del puente.

Recogí mi pasaporte con un visado para la India válido por tres meses y regresé a Nagoya. Como siempre, compré el billete de avión más barato, lo que implicaba tener que pasar unos pocos días en Malasia. Me alegré de tener la oportunidad de conocer un poco mejor ese rincón del sudeste asiático.

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