Me despedí de Japón desde la ventanilla del avión, convencido de que algún día regresaría para cumplir mi sueño de peregrinar alrededor de Shikoku.

Kuala Lumpur (KL) es una metrópoli de grandes contrastes. Algunos de los rascacielos más altos del mundo, como las famosas Torres Petronas, proyectan sombras sobre humildes barriadas ocultas a la vista de los turistas tras kilométricos paneles de hormigón e infranqueables autopistas.

El país es oficialmente musulmán, pero hay comunidades de las principales religiones del mundo coexistiendo en precario equilibrio.

Una chica originaria de KL (gracias Foong Ming), a quien había conocido entre los extranjeros de la Universidad de Nagoya, me había proporcionado el teléfono de un amigo que, según ella, estaría encantado de ejercer de guía turístico. Efectivamente, al día siguiente de llegar, un amable malayo (étnicamente chino) me llevó primero de visita a un moderno templo budista de la floreciente comunidad china, y luego a las cuevas Bato, convertidas en un impresionante santuario hindú, cuya atmósfera invitaba primero al asombro y, una vez dentro, al recogimiento, como Covadonga.

Ya por mi cuenta, dedicaría un día entero en ir y volver a Malaca, una excolonia que pasó por manos portuguesas, holandesas y británicas, de cuya presencia dan fe algunas ruinas. Me impactó un pequeño cementerio, en cuyas lápidas todavía se podían leer los nombre de aquellos colonos europeos, hombres y mujeres que apenas llegaban a vivir una treintena de años.

No me tentó la idea de seguir descendiendo por la península malaya hasta Singapur, pues ya conocía la ciudad. Singapur es el espejo en el que se mira KL, una ciudad cosmopolita y lujosa, donde los peones entran desde Malasia en remolques de camionetas al amanecer y salen de igual modo al anochecer.

Sin embargo, sí que sentí no poder viajar un poco más al sur hasta la isla de Java para visitar Borobudur, una representación en piedra del cosmos budista, un mandala tridimensional en forma de pirámide cuyos relieves ilustran el peregrinaje de mi ídolo Sudhana, el joven protagonista del último capítulo del Sutra Avatamsaka.

Debía regresar a KL para desde allí continuar rumbo a la India.

 

 

 

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