Alunicé en Nueva Delhi. La India carece de posibles comparaciones.

Abordé un taxi con aspecto de coche de juguete, como aquellos que algunas veces me compraban mis padres metidos en una cajita de plástico, y a los que se les podían abrir las puertas. En el trayecto que iba del aeropuerto al hotel a punto estuvimos de colisionar en varias ocasiones.

Los tópicos del colectivo patrio que asumen que los gallegos conducen mal y los cántabros lento, adquieren sentido por estar sostenidos por una idea común sobre la conducción. Cualquier adjetivo que utilizase para calificar la conducción en la India no reflejaría la realidad. Cambios de dirección súbitos, adelantamientos por cualquiera de los lados, golpeteos de parachoques, el claxon para todo y de todos, y la ley del más grande como valor supremo, confieren a la experiencia un matiz entre atracción de feria ambulante y sensación inminente de desastre.

En los taxis del aeropuerto, con cada extranjero se monta un pícaro en el asiento de al lado del conductor, tratando de encontrar el modo de conseguir unas rupias extras, generalmente llevándole a un hotel en el que reciben comisión. Esa trampa la pude evitar, y llegué sano y salvo al hotel solicitado infinidad de veces, en el centro de la ciudad, por cierto, sin casi iluminación nocturna a pesar de su capitalidad.

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