A la mañana siguiente salí a la calle con la ilusión de patear la capital de la India, pero lo que no sospechaba es lo pronto que se tornaría en desilusión a causa del intenso acoso que recibiría por parte de niños mendigos, y toda una ralea de timadores. Además, mis zapatillas naranjas ejercían un magnetismo poderosísimo sobre aquellas gentes, en especial sobre los adolescentes, a quienes les resultaba imposible no acercarse para contemplarlas de cerca.

Regresé al hotel (uno para extranjeros, con las comodidades típicas de un hotel convencional) casi corriendo, cambiando aceras para despistar a la turba de mendigos, adolescentes y embaucadores que revoloteaba a mi alrededor. Tampoco resultaría muy diferente al día siguiente, a excepción de que entonces ya sabía lo que me esperaba al pisar la calle, de entre lo cual lo peor era la visión de los niños mendigos, muchos de ellos tullidos.

Pero entonces ocurrió el proverbial encuentro con uno de los conductores de rickshaws (taxis-bicicletas), sobre el que ya escribí un post con anterioridad. Seguí su consejo y me compré el típico atuendo indio, con la camisa larga casi a la altura de las rodillas.

A la mañna siguiente, al salir a la calle disfrazado de indio de la India, con algo de barba y con chanclas en lugar de refulgentes zapatillas, Delhi se transformó en otra ciudad. A partir de entonces podía caminar, tomarme un chai (té con leche hirviendo), abordar un rickshaw, callejear por la Vieja Delhi sorteando los escupitajos rojizos (unos preparados envueltos con hojas de betel con efectos estimulantes), y hasta disfrutar del océano de colores, olores y sabores únicos.

La India es intensa; la India es incomparable. Por fin me sentí con la capacidad de viajar, y no como un turista sino como un indio más, de peregrinar por los lugares donde Buda vivió dos mil quinientos años atrás.

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