El tren con destino a Benarés comenzó a moverse casi imperceptiblemente a lo largo del kilométrico andén de la estación de Delhi, con gente subiéndose y bajándose en todo momento hasta que la velocidad de crucero superó a la del último corredor. Los trenes son los mismos que circulaban en los tiempos del colonialismo británico, una sarta infinita de vagones metálicos.

Tomé asiento y observé a mis acompañantes con la misma curiosidad que yo despertaba en ellos. No obstante, con las horas de viaje, la curiosidad derivó en sesteos, lecturas y ensimismamientos.

De entre mis acompañantes, me llamó especialmente la atención una pareja de hermanos, chico y chica, que subió en una de las incontables estaciones. A través de los barrotes de mi ventana había contemplado la escena de despedida de sus padres. El padre y el hijo no paraban de reír y bromear, mientras la madre y la hija se abrazaban nerviosas, con lágrimas en los ojos.

Una vez instalados en el vagón, pude apreciar que la niña iba engalanada como una novia, con un elegante vestido rosa. Al contrario que su hermano, pronto adormilado, ella temblaba de nervios y rompía a llorar a menudo. Pronto lo comprendí: había sido “ofrecida en matrimonio” a cambio de su valor de tasación (más alto cuanto más guapa y blanca). Cómo imaginar su incetidumbre, su angustia, era solo una niña…

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