Mi amigo Artur me había aconsejado una pensión de Benarés (Varanasi la llaman en la India) en la que encontré alojamiento por unos pocos cientos de rupias. Lo que más me gustó de ella era la azotea desde la que se divisaba toda la ciudad, siempre cubierta de una especie de calima rosácea, mezcla de contaminación, incienso y humo de piras funerarias. Meditaba allí todos los amaneceres, antes de que la algarabía humana ocultase el canto de los pájaros más madrugadores.

A pesar del caos, las aglomeraciones, la miseria y el ejército de vendedores de hachís que asaltan a los extranjeros, Benarés bien vale la pena, en especial el paseo por los “ghats” a la orilla del sagradísimo río Ganges. Los ghats son plataformas y escaleras de cemento que descienden hasta introducirse en el río, cuyas aguas sirven tanto para purificar a la multitud de devotos hindús que se baña en sus orillas, como para arrastrar los restos de las piras funerarias donde los muertos son incinerados.

La visión de una pierna chamuscada desprendiéndose de un cadáver y rodando fuera de una pira, y el olor idéntico al de una barbacoa, me causaron una fuerte impresión. Benarés no es para melindrosos.

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