Era la tercera vez que un insistente joven se colocaba caminando durante minutos y minutos a mi altura tratando de venderme hachís. Observé que vestía con un inusual e inapropiado suéter de cuello alto, e intuí que lo hacía para ocultar algún problema de salud. Me aventuré a decirle: “Lo de tu cuello tiene muy mala pinta”. Titubeó como sintiéndose descubierto, y replicó ya sin el aplomo de vendedor: “Me escaldé con agua caliente”. Me paré y lo miré directamente a los ojos, vidriosos, sin luz, y dije con gesto serio: “Antes de acabar el año, tú estarás ahí”, señalando una de las piras ardiendo al borde del río. Su gesto le delató. Tras caminar unos pasos me giré; me conmovió comprobar que el muchacho seguía de pie e inmóvil en el mismo sitio donde lo había dejado. Creo que los dos sabíamos que podía ser cierto, y creo —o quiero pensar— que de alguna manera necesitaba ese mensaje, quizá una última oportunidad para cambiar.

Me senté a la orilla del Ganges para contemplar Benarés por última vez, la ciudad de la que Mark Twain escribió con su típico humor: “Benarés es más antigua que la historia, más antigua que la tradición, incluso más antigua que la leyenda, y parece dos veces más vieja que todo eso junto”. Contemplé también el caudaloso río y la blanquecina playa fluvial extendiéndose ad infinítum por la orilla de enfrente, y comprendí que Buda aludiese con frecuencia al número de granos de arena del río Ganges para referirse al concepto del infinito.

A la orilla del Ganges sentí, como nunca antes, cómo las demarcaciones del tiempo y el espacio, la muerte y la vida, lo mundano y lo espiritual se difuminaban y se relativizaban hasta convertirlo todo en nada, o nada en todo. En ese momento comprendí por qué aquellas tierras habían incitado a tantas personas a intensas búsquedas espirituales.

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