Abandoné Benarés —física que no anímicamente pues esto último era imposible— en dirección al cercano enclave de Sarnath, el bosque en el que Buda explicó por primera vez su descubrimiento al grupo de cinco ascetas que se convertirían en sus primeros discípulos.

El bosque de hace dos mil quinientos años es hoy en día un parque en el que campan a sus anchas numerosos ciervos. En el lugar exacto del encuentro mencionado hay erigida una enorme estupa cilíndrica, impresionante por su “gravitas”.

El museo local posee dos piezas que en mi opinión lo convierten en uno de los más interesantes de la India, a pesar de ser también uno de los más pequeños. La primera es el capitel que remataba un pilar mandado construir por el emperador Ashoka en el siglo III a. C., con cuatro leones proyectando sus rugidos hacia los cuatro puntos cardinales, y que se convertiría en el emblema nacional de la India, visible en su bandera.

Debido a vicisitudes históricas, el budismo desapareció casi por completo de la tierra que lo vio nacer, y hoy en día la India es un país predominantemente hinduista, por lo que no deja de ser llamativo que su emblema nacional sea una escultura budista de un animal foráneo, ejemplo formidable del poder que los símolos tienen para traspasar religiones y geografías.

La otra pieza es una escultura de Buda sentado en loto completo y con el mudra (gesto de las manos) del comienzo del giro de la rueda de ocho radios del Dharma en este planeta. La destreza del artista y la finura del material empleado convierten a esta escultura en una de las más delicadas que se han tallado de Buda, capaz de traspasar al personaje histórico para capturar al arquetipo de la perfección que todos llevamos dentro.

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