En Sarnath, gracias a mis conocimientos del idioma japonés, me alojé en un templo budista de la secta Nichiren, originaria de Japón, donde conviví con una joven pareja de aquel país y su perro. Vivían allí ayudados por un par de jóvenes indios, y todas las mañanas y anocheceres nos congregábamos en el templo principal para celebrar una ceremonia muy sencilla, consistente en tocar cada uno su propio tambor y recitar una y otra vez el mantra: “Nam myoho rengue kyo”, en alabanza al Sutra del Loto. Al cantar cada uno a su ritmo y volumen de voz la ceremonia se convierte en una suerte de pandemónium muy característico de dicha secta japonesa.

Al cabo de unos días de convivencia, decidí reanudar mi peregrinaje y viajar hasta Bodhigaya, donde el príncipe Gotama se convirtió en el Buda, en lo que hoy en día es el estado más pobre de la India: Bihar. Mis anfitriones me recomendaron tomar un rickshaw hasta la estación de tren. Sin embargo, el conductor no debió de entenderme porque me llevó justo en la dirección contraria. Al darme cuenta de la equivocación, le pagué desairado y monté en otro rickshaw que tuvo que desandar todo el trayecto anterior, y, para desesperación mía, llegar a la estación justo cuando mi tren ya había partido.

No me quedó más remedio que regresar al templo. Ya antes de llegar me empecé a sentir mal, muy débil y con fiebre. La pareja de jóvenes japoneses se sorprendió al verme de nuevo, y más aún ante lo precario de mi aspecto. Me acosté, y tomé unas medicinas que me suministró él. Pasé todo el día siguiente en cama, muy débil, mientras pensaba en qué hubiese sido de mí de haber caído enfermo en el tren, lo que habría ocurrido de no ser por “el despiste” del conductor de rickshaw. En los peregrinajes —y la vida no deja de ser toda ella un pregrinaje— hasta lo aparentemente negativo tiene su razón de ser. Recuperé la salud mientras escuchaba de fondo incesantemente: Nam myoho rengue kyo… Nam myoho rengue kyo…

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