El día que pasé por entero en un templo de Sarnath, convaleciente, el joven japonés hizo ayuno y se recluyó a tocar el tambor recitando el mantra “Nam Myoho Rengue Kyo” hora tras hora, pero no en ritual sanador hacia mí, sino porque se cumplían exactamente cuarenta y nueve días desde que el anciano monje fundador del templo hubiese fallecido (fecha con especial significación en ciertas tradiciones budistas). Me impresionó su sinceridad.

Cuando recuperé las fuerzas, la chica japonesa y su perro (de raza indeterminada y color canela) me acompañaron hasta la estación de tren. Era una joven esbelta de aire hippie y un atractivo que nacía desde su interior y realzaba todavía más su agraciado exterior. Mientras esperábamos por el tren, charlamos tranquilamente.

“La experiencia más transformativa de mi vida fue completar el peregrinaje de los ochenta y ocho templos alrededor de la isla de Shikoku”, me dijo, y sus palabras sonaron a música celestial en mis oídos.

“Fue entonces cuando me liberé del rol social de complaciente y modosita mujer japonesa y decidí venirme a la India”.

Toda su persona daba testimonio de ser alguien muy especial. Sus palabras finales fueron: “Libertad y felicidad son sinónimos”.

La última imagen que tengo de ella, ya desde la ventanilla del tren, fue dándole un puntapié a un mocetón indio que había osado incordiar a su perro. Todo un carácter.

Todavía tuvo tiempo de girarse y despedirse con la mano y, sobre todo, con su sonrisa.

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