Holi bonfire_photo of Thinkinfella

El día en el que había planeado abandonar Bodhigaya me encontré un país paralizado por la celebración más esperada e importante del año: el Holi, tres días de parranda callejera, de “folixia” que dirían por Asturias.

A la salida de la luna llena, la hoguera apilada en el barrio del mercadillo comenzó a arder y la muchedumbre allí congregada prorrumpió en gritos, caceroladas, danzas improvisadas y ambiente de fiesta pagana con patín sacro. La hoguera conmemora el fuego purificador en el que se consumió una diablesa llamada Holika, de cuyo nombre deriva el de la celebración.

Una vez consumida la hoguera, de regreso al monasterio en el que había alquilado un cuarto, comprobé que un pequeño local con acceso a Internet permanecía abierto y entré para consultar el correo electrónico. Cuando salía, me sorprendió ver que la única persona del local (aparte de mí y el dueño) estaba frente a un ordenador leyendo precisamente el mismo periódico de España que yo acababa de ojear. No pude resistirme a preguntarle:

—¿Español?

—De Madrid.

Pagamos y salimos a charlar afuera. Se trataba de un azafato de Iberia que estaba recorriendo la India en moto.

—Mañana salgo a visitar la cueva donde Buda vivió seis años, ¿te apetece venir?

Salimos a la mañana siguiente ignorando por completo la peculiar manera en que los indios celebran el segundo día del Holi. Lo descubrimos de sopetón, nunca mejor dicho, como cuento en La tomatina de la India.

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