India Holi Festival (photo by Kevin Frayes, AP)Salimos en moto de Bodhigaya a la mañana siguiente, ignorando por completo la peculiar manera en que los indios celebran el segundo día del Holi. Lo descubrimos de sopetón, tras un primer calderazo de agua teñida arrojado desde una ventana.

Los indios se dedican todo ese santo día a arrojarse aguas teñidas y a pintarrajearse las caras los unos a los otros. Dos españolitos en moto éramos el blanco soñado por todo aquel dotado de munición.

Calderazos,  bolazos de barro, moñigazos, sopapos y demás muestras de cordialidad entre gritos de algarabía de locales incrédulos ante su suerte, conformaron el motorizado rito iniciático con el que nos “purificamos” antes de alcanzar nuestro destino.

En recompensa al sacrificio, encontramos una laguna aparentemente limpia donde disfrutamos de un descolorizante baño. Antes de llegar a la cueva de Buda, nos desviamos para visitar otras cuevas, las de Barabar, las más antiguas excavadas en roca de la India, y eso son palabras mayores.

El reverbero del granito pulido invitaba a la introspección. Traté de imaginarme a todos los que en los más de dos mil años de su existencia habían entrado allí para desconectar de lo visible, el ruido, la existencia; para conectar con la oscuridad, el silencio, el vacío.

Al igual que en el célebre libro Un pasaje hacia la India del escritor Edgard Forster, las cuevas Barabar sirvieron de preámbulo perfecto para el siguiente capítulo.

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